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3 cuentos imprescindibles de Anton Chéjov

3 cuentos imprescindibles de Anton Chéjov

Un objeto parpadea en el horizonte; las vidas de los personajes se transforman en un instante. Anton Chéjov dotó a la palabra de un cuerpo físico palpitante, de una concreción limítrofe: sus cuentos contienen la fuerza de un viento huracanado.

Hoy, en Zenda, seleccionamos cuatro de sus cuentos más emblemáticos. En medio del frío, una pequeña hoguera de literatura.

La muerte de un funcionario

Un alguacil estornuda, mientras asiste a la ópera, en dirección a la nuca de un anciano consejero de Estado. Sus vanos intentos por transmitirle sus disculpas lo sumen en un hondo estado de preocupación. En torno a este enredo absurdo teje su fantasía el maravilloso Anton Chéjov en La muerte de un funcionario.

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El gallardo alguacil Iván Dmitrievitch Tcherviakof se hallaba en la segunda fila de butacas y veía a través de los gemelos Las campanas de Corneville. Miraba y se sentía del todo feliz… cuando, de repente… —en los cuentos ocurre muy a menudo el «de repente»; los autores tienen razón: la vida está llena de imprevistos— de repente su cara se contrajo, guiñó los ojos, su respiración se detuvo… apartó los gemelos de los ojos, bajó la cabeza y… ¡pchi!, estornudó. Como usted sabe, todo esto no está vedado a nadie en ningún lugar.

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La tristeza

La infelicidad todavía parece más grande cuando se sufre en una ciudad rusa invadida por la blanca y fría nieve.

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La capital está envuelta en las penumbras vespertinas. La nieve cae lentamente en gruesos copos, gira alrededor de los faroles encendidos, se extiende, en fina, blanda capa, sobre los tejados, sobre los lomos de los caballos, sobre los hombros humanos, sobre los sombreros.

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La dama del perrito

Este relato, uno de los más populares de la literatura universal, nos cuenta cómo surge el amor entre dos personas, Anna y Gúrov, y su pasión los transforma.

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Un nuevo personaje había aparecido en la localidad: una señora con un perrito. Dmitri Dmitrich Gurov, que por entonces pasaba una temporada en Yalta, empezó a tomar algún interés en los acontecimientos que ocurrían. Sentado en el pabellón de Verney, vio pasearse junto al mar a una señora joven, de pelo rubio y mediana estatura, que llevaba una boina; un perrito blanco de Pomerania corría delante de ella.

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