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3 de abril de 1936: Última cena entre Cambó y Pla

3 de abril de 1936: Última cena entre Cambó y Pla

Para conmemorar el 90º aniversario de la Guerra Civil, José Ángel Mañas recrea en Zenda, día por día en esta sección, lo que aconteció en 1936, quizá el año más trascendental de toda la historia reciente de España.

Viernes, 3 de abril de 1936: Última cena entre Cambó y Pla

Esta es nuestra última cena juntos, señor Pla. Una cena de despedida. Al no sacar yo acta de diputado, resulta absurdo permanecer por más tiempo en Madrid. No obstante, no quería irme sin una última conversación con usted. Estos encuentros nuestros han sido de las pocas cosas agradables de la pasada legislatura y, en general, del sombrío periodo republicano.

—¿Dónde piensa ir, señor Cambó?

—Viajaré, mi querido amigo. Me ocuparé de mis negocios. Eso hacen los empresarios cuando dejan la política.

"Si la CEDA de Gil-Robles, que al final volverá al hemiciclo, lo abandonase definitivamente, no le quedaría a las derechas otro camino que el alzamiento"

Estaban de nuevo en el pequeño salón japonés, en la parte trasera de Lhardy, que hoy Francesc Cambó había reservado entero para ellos dos. A Josep Pla nunca le gustó ese exotismo de principios de siglo —el papel estampado, los espejos de bambú, la lamparita china, más que japonesa— pero, con todo, aquellas paredes guardaban ecos de muchos murmullos y conspiraciones pasadas. Para alguien sensible a la historia, era difícil no recordar que allí cenó el general Prim antes de que lo asesinaran, que allí citaba Isabel II a sus amantes, o que se había fraguado entre aquellos muros el acuerdo que llevó a Alcalá-Zamora a la presidencia de la República.

—Usted, por supuesto, Pla, seguirá siendo el periodista estrella de La Veu. Pero lamentablemente voy a tener que prescindir de sus restantes servicios… al menos por el momento. Pienso desconectar una temporada de la fatigosa política madrileña, supongo que lo entenderá.

—Desde luego.

Josep Pla hoy iba trajeado de negro, bastante elegante, aunque era consciente de que los zapatos —su pareja, Adi, le había regañado por ello esa mañana— tenían un agujero en la suela. Él nunca prestaba atención a ciertos detalles. Sacando el tabaco, empezó a liarlo con parsimonia. Se oía a los camareros, en el salón vecino, al otro lado del pasillo. Nadie se acercaba a servirles. Pla estaba pensando en que Cambó nunca debió aliarse en Barcelona con un hombre de tan marcada estirpe españolista como Gil-Robles. Era Gil-Robles quien lo había traído abajo.

—Es más que comprensible —añadió.

—No hace falta que le diga que veo negro el futuro de la República, querido Pla. Toda esta arbitraria impugnación de actas es un despropósito más. Un abuso sin sentido de unos partidos que ya tienen mayoría para gobernar. Pretenden echar como sea a Calvo Sotelo, a Goicoechea y a Gil-Robles. Lo intentaron en Orense, Granada y, lo más inesperado, Salamanca. Y no digo yo que todas las actas de las derechas sean irreprochables. Pero ahora mismo la Comisión hurga donde más creen que les interesa. No se da cuenta, esta gente inexperta, de que tiran piedras contra su propio tejado. Deslegitimar el Parlamento que ellos controlan, y con él la acción del Gobierno, es todo menos inteligente. Lo dice un proverbio castellano: a enemigo que huye, puente de plata. Si la CEDA de Gil-Robles, que al final volverá al hemiciclo, ya lo verá, lo abandonase definitivamente, no le quedaría a las derechas otro camino que el alzamiento.

"No puedo dejar de indicarle que su estancia en esta ciudad corre el riesgo de complicarse"

—Se ha impuesto la lógica revolucionaria —asintió Josep Pla—. La Pasionaria no deja de repetirlo: con acta o sin acta, todos a la cárcel. Es su objetivo. Ya nadie respeta la legalidad.

—En cuanto a lo del hipotético alzamiento, ya que hablamos de ello —continuó Cambó—, le reitero que usted es libre de permanecer en Madrid, si lo desea, y La Veu seguirá disfrutando de sus oportunas crónicas, ello por descontado. Como amigo, sin embargo, no puedo dejar de indicarle que su estancia en esta ciudad corre el riesgo de complicarse y, por lo tanto, tampoco le obligo a usted a quedarse…

Y no siguió, porque entraba por fin el maître.

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