Para conmemorar el 90º aniversario de la Guerra Civil, José Ángel Mañas recrea en Zenda, día por día en esta sección, lo que aconteció en 1936, quizá el año más trascendental de toda la historia reciente de España. En los dos primeros meses cuenta con la colaboración de Íñigo Palencia.
Viernes, 3 de enero de 1936: La mala baba de Lerroux
Lo de menos es la legalidad del decreto de suspensión de sesiones y la puñetera carta de Gil-Robles. ¡Intrigas, Aurelio! O lo que es lo mismo: ¡pamplinas! ¡Todo pamplinas! —exclamó, cada vez más colérico, Alejandro Lerroux.
—¡Chanchullos preelectorales, Aurelio! ¡Igual que las jugarretas caciquiles de ese viejo zorro de don Niceto, que está utilizando todos y cada uno de los recursos a su alcance para mantenerse en el poder y expulsarnos a nosotros! Pero no acabará conmigo tan fácilmente.
«Don Niceto» era, por supuesto, Alcalá-Zamora.
—Bien cara que nos ha salido esa estupidez que me presentaste, la maldita ruleta del Strauss y del Perle, con su botoncito y los casinos de San Sebastián y su puta madre —siguió el avinagrado político, que tenía pocos pelos en la lengua, un carácter del demonio y un verbo afilado curtido en los panfletos demagógicos de principios de siglo en la revuelta Barcelona. A los periódicos catalanes de la época, como El Progreso, El Intransigente y El Radical, debía su estilo de polemista. De entonces databa media docena de sus frases antológicas, entre ellas la celebrada «hay que convertir en madres a las monjas», que con los incendios de la República y el ambiente anticlerical de los últimos años volvía a estar de actualidad. El recuerdo de aquella gracieta de juventud todavía coleaba en la conciencia de los hombres de derechas a los que, tras mil piruetas, este viejo zorro de la política se había acabado asociando—. Mira la que se ha montado. Pero ¿a quién le importarán cuatro pesetas en los tiempos que corren, me lo puedes decir?
—A nadie, tío.
—Sí, Aurelio, a una persona: ¡don Niceto! ¡Él fue el causante de nuestra ruina, no te equivoques! Fue quien movió el dosier para quitarnos de en medio. Todavía le estoy viendo, estando yo aún al frente del Gobierno, cómo entró en mi despacho y me enseñó la denuncia, en septiembre, preguntándome, como quien no quiere la cosa, qué me parecía. ¿Qué le iba yo a responder?
—No lo sé, tío.
—Pues bazofia, Aurelio. Por favor, espabila, muchacho.
El carácter de Lerroux no era fácil, y su sobrino estaba acostumbrado a tragar sapos y culebras. Entre otras cosas porque gracias a su tío podía facturar favores a un número creciente de empresarios como los famosos Strauss y Perle. De esos pagos, según cifras aireadas públicamente, una cuarta parte iba al bolsillo del jefe del Partido Radical, reservándose su sobrino e hijo adoptivo un cinco por ciento. «Son los gajes del oficio», solía decir cuando le preguntaban sus amigos cómo aguantaba a aquel viejo deslenguado y gruñón.
—Esto habría quedado en nada si no me hubiera presionado él, pasándole personalmente la denuncia al Gobierno. Y mira si se dio prisa, el Botas este de los c… El veintiocho de octubre ya estaba debatiéndose el asunto en las Cortes, y al día siguiente…
Lerroux hizo un aspaviento, espantándolo de su imaginación, y el sobrino juzgó prudente no hacer comentarios. Al día siguiente de aquella reunión Lerroux dimitió y el presidente de la República, Alcalá-Zamora, nombraba al primero de sus hombres de paja al frente del Gobierno: Chapaprieta, el antecesor de Portela.
—Y desde entonces, así van las cosas —concluyó el ex Emperador del Paralelo. Habían llegado a O’Donnell y pararon delante de la verja de su hotelito. Enseguida se les acercó una de las criadas. Era casi de noche y hacía frío.


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