Para conmemorar el 90º aniversario de la Guerra Civil, José Ángel Mañas recrea en Zenda, día por día en esta sección, lo que aconteció en 1936, quizá el año más trascendental de toda la historia reciente de España. En los dos primeros meses cuenta con la colaboración de Íñigo Palencia.
Lunes, 3 de febrero de 1936: Las tribulaciones de Julián Besteiro
Besteiro no conseguía dormir. Mil doscientos sesenta y nueve, mil doscientos sesenta y nueve, mil doscientos sesenta y nueve de tres mil treinta y nueve. Solo mil doscientos sesenta y nueve. Habrían hecho falta mil quinientos diecinueve. No, mil quinientos veinte, la mitad más uno; mil quinientos veinte por dos son tres mil cuarenta. Le habían faltado doscientos cincuenta y un votos. ¿Dónde estaban esos doscientos cincuenta y un afiliados? ¿Dónde? ¿En qué se había equivocado? Mil setecientos setenta afiliados de la Agrupación Socialista Madrileña no lo querían en las listas al Congreso. A él. ¿Qué había hecho mal en el partido?
Angustiado, se incorporó en la cama. Procuró no despertar a su mujer, que dormía a su lado. Algo estaba pasando en el PSOE, reflexionó apoyándose en la oscuridad contra el cabecero de la cama, algo que no llegaba a entender. No comprendía el éxito del discurso combativo de Largo Caballero. No entendía qué veían los compañeros en ese radical que en poco se diferenciaba de los comunistas. Caballero y la gente como Negrín nos van a llevar al desastre, pensó. No se podía hablar de la revolución, de terminar con la República para traer la dictadura del proletariado. Tanto luchar por un régimen constitucional, ¡para acabar imponiendo la dictadura de los soviets!
Cierto que no todos pensaban así. Pero aunque tuviera mil doscientos sesenta y nueve votos, y por mucho que Negrín declarase ahora a la prensa que en la segunda vuelta era seguro que entraría en las listas por Madrid, estos primeros resultados eran una derrota. Él, Julián Besteiro, anterior presidente del PSOE, presidente de Cortes constituyentes republicanas, miembro de la Academia de las Ciencias Morales y Políticas, había sido derrotado. Eso eran sus mil doscientos sesenta y nueve votos: una derrota rotunda, sin paliativos…
La derrota de la razón y el triunfo del radicalismo. La derrota de la moderación y el temple. Los compadres de Largo Caballero no lograban disimular su júbilo tras el escrutinio. Se estaban equivocando. Y si no, solo había que ver la creación inminente de ese Frente juvenil de izquierdas que preconizaba Santiago Carrillo y que a Besteiro le ponía los pelos de punta. Todas las juventudes de izquierda reunidas y azuzadas por los radicales. Las Juventudes Socialistas iban a caer en manos de los comunistas. Y Largo Caballero andaría hoy por Valencia hablando en sus mítines de revolución y combate, mientras saboreaba su triunfo. Los afiliados le daban la razón.
Julián Besteiro, delgado y encorvado sesentón, procuró normalizar su respiración, armonizarla con la de su mujer, pero era imposible. El partido había hablado y quería la revolución. Tal vez si no hubiera sido por ese discurso en la Academia de las Ciencias Morales y Políticas… ¡Cuántas críticas le cayeron! Pero alguien debía decir las cosas claras.
En el fondo, lo que no le habían perdonado nunca era ser un intelectual en un partido obrero. ¿Qué culpa tenía él de haber recibido una educación? En la Institución Libre de Enseñanza les inculcaron la necesidad de estar formados, de cambiar el mundo a través de la cultura. Y Largo Caballero venía ahora con que había que acabar con el corrupto régimen burgués, tomar el poder por la fuerza y llevar la revolución a sus últimas consecuencias. Ese iba a ser su mensaje el día nueve en el mitin que se preparaba, el acto más importante del Frente Popular.
Y mientras, todos dirían que Besteiro se lo tenía merecido, que no se puede nadar entre dos aguas, que no se podía ser burgués y socialista al mismo tiempo. Y solo mil doscientos sesenta y nueve afiliados habían reiterado su confianza en él en Madrid. Mil doscientos sesenta y nueve.
Así reflexionaba, en su casa de la calle Grijalba, no muy lejos de la Residencia, el desvelado dirigente.


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