Para conmemorar el 90º aniversario de la Guerra Civil, José Ángel Mañas recrea en Zenda, día por día en esta sección, lo que aconteció en 1936, quizá el año más trascendental de toda la historia reciente de España. En los dos primeros meses cuenta con la colaboración de Íñigo Palencia.
Sábado, 4 de enero de 1936: Tedio gubernamental
El tedio se iba adueñando de la voluntad de todos los ministros del Consejo. Parecía imposible imaginar una cita más intranscendente. Estaba claro que aquel Gobierno extraparlamentario nacía muerto y todos los presentes sabían que habían sido propuestos por su bajo perfil, a la espera de que la política nacional tomara un nuevo rumbo. Mientras tanto, alguien tenía que sujetar las riendas y no permitir que el aparato republicano se detuviese.
La situación política no parecía preocupar mucho ni a Portela ni a Alcalá-Zamora. Por lo menos, durante los Consejos. A las diez y media habían comenzado la reunión y Portela fue tajante:
—Aquí no se va a hablar de nada, señores. Este es un Consejo administrativo. No se tratarán cuestiones políticas. Es lo que hay que transmitir a la prensa cuando crucemos esa puerta. La posición del Gobierno frente a la reanudación de las sesiones de Cortes sigue siendo la misma y el decreto convocando elecciones será aprobado en breve. Nada nuevo bajo el sol.
El presidente Alcalá-Zamora pareció asentir y los demás miembros del Gobierno se vieron sin vela en aquel entierro. Tras las palabras iniciales, el Consejo comenzó a despachar nombramientos. Alcalá-Zamora firmó uno tras otro, contagiado del mismo tedio que aquejaba a los presentes. Solo cuando Urzaiz, diplomático avezado y titular de la cartera de Estado, tomó la palabra para informar del desarrollo de la guerra en Abisinia, don Niceto pareció salir de su letargo y abandonar sus maneras de autómata.
—Poco ha cambiado durante los últimos días el escenario en África oriental, presidente. El ejército italiano quiere hacer pagar a los etíopes la derrota de Auda y los africanos se muestran incapaces de detener la maquinaria de guerra fascista. Ninguna nación europea parece interesada en oponerse. Francia prefiere mantener sus relaciones con Mussolini. E Inglaterra, dueña de la mayor parte de las colonias del África oriental, no considera una amenaza, para sus intereses en la zona, la acción bélica. Ni siquiera ha intentado impedir el paso de barcos de suministros italianos por el canal de Suez. Y las sanciones impuestas por la Sociedad de Naciones no han surtido efecto, más allá de las amenazas del Duce de abandonarla. Francia incluso ha felicitado a Mussolini por la liberación de esclavos etíopes —Urzaiz hizo una pausa, consultó sus papeles—. Tras los contraataques etíopes en el norte del país a finales de año, los italianos han castigado con dureza al enemigo y siguen llegando despachos al ministerio denunciando el uso de gas mostaza.
La afirmación creó un gran revuelo entre los presentes, y cuando los ánimos se serenaron, el ministro de Estado prosiguió.
—También se intensifican los ataques aéreos. El último informe habla del bombardeo de un puesto sueco de la Cruz Roja, lo que ha indignado a Su Alteza Real el príncipe Carlos, quien preside la organización en el país escandinavo. Pero nadie parece interesado en detener a Mussolini. El Duce tiene vía libre y no cejará hasta conquistar Abisinia por completo y ampliar su imperio colonial. Y si algo está demostrando este conflicto es que las armas italianas tienen una capacidad devastadora. Se prevé una nueva ofensiva. En unos meses caerá Adis Abeba y Mussolini se anexionará toda Abisinia.
La preocupación de Alcalá-Zamora, al oír aquello, fue más que evidente.
—Ahora toca saber cuál será el próximo objetivo del Duce. Y nuestra República está próxima, tan solo al otro lado del Mediterráneo —musitó.


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