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5 poemas de José Manuel Lucía Megías

5 poemas de José Manuel Lucía Megías

José Manuel Lucía Megías nació en Ibiza (1967), aunque su vida ha estado ligada a Madrid, Segovia y Badajoz. Es un poeta que llega tarde a la poesía pública y notoria, pues fue en el año 2000 cuando se editó su primer poemario: Libro de horas.

Es un pluscuamperfecto poeta que nos ofrece en Aquí y ahora una poesía rica en la diversidad y en la diferencia: siempre o especialmente atenta a esas posibilidades expresivas que persigue todo creador en su quehacer literario. Aquí y ahora es poemario editado por el reconocido sello Huerga y Fierro, en la nueva colección Rayo azul, y en él el poeta plantea esa angustia vital del náufrago en el mar de la noche. Con la certeza de que es en las vidas más pobladas donde navegan los silencios con más calado.

2.

Algo se cayó aquella noche.
Sin romperse.
Algo sigue cayéndose desde aquella noche.
En silencio.

Y, de pronto,
la oscuridad es un estruendo…
o un sollozo,
o una lágrima
que se rompió aquella noche,
que sigue rompiéndose desde entonces,
que no ha dejado, desde entonces, de derramarse.

6.

Nadie volvió a pronunciar tu nombre.
Después de aquella noche.
Nadie.
Tu nombre se perdió en los labios
que susurraban a mis espaldas
y que se volvían silencio a mi paso.
Tu nombre se convirtió en un golpe en la espalda
y en una sonrisa cómplice, casi compañera.
Tu nombre fue un suspiro, y un Ay-virgen-santa,
y un abanico golpeándose enérgico sobre el pecho.
Tu nombre pasó a ser de letras impresas
en los documentos que mi madre firmaba
con el ritmo inconsciente de lo inevitable.
Tu nombre se volvió piedra angular
del nuevo edificio de silencio que construyeron
con mi altura para aislarme del dolor
y del hueco abismal y oscuro de la ausencia.
Tu nombre se volvió un talismán
que solo se pronunciaba casi sin aliento ni vocales
en aquellos momentos en que el amanecer se olvidaba
de huir de las sombras en las noches de insomnio.
Nadie volvió a pronunciar delante de mí tu nombre.
Antes que tu cuerpo, los gusanos del tiempo
devoraron tus sílabas, tus letras, tu aliento.
Solo me quedó tu apellido, estandarte
de un buen linaje, de una familia buena
que solo supo esconder el dolor tras el silencio.
Sin palabras. Sin sílabas. Sin letras. Sin sonidos.
Poco a poco, te fuiste convirtiendo en una fotografía.
Cada día más de perfil. Cada día más en blanco y negro.
Cada día más olvidado en el álbum familiar,
compartiendo paisaje con sonrisas que nunca conociste,
con nombres que ahora no nos dicen nada,
ni a ti, ni a mí. Silenciosos. Por fin, compartidos.

9.

Y ya pasaron cincuenta años.
Nuestros primeros cincuenta años.
Nadie nos alertó de la velocidad
con que las tartas se llenan de velas
ni de lo efímeras que serían las promesas
que un día nos haríamos solemnes
delante del espejo de nuestra soberbia.

Todo ha ido, todo, demasiado rápido.

Demasiados rápidos los minutos de la espera.
Demasiados rápidos los sueños traicionados
en la cuneta de los viajes cotidianos.
Demasiadas rápidas las palabras solemnes
en los discursos ya nunca pronunciados.
Da vértigo, en realidad, solo de pensarlo,
un vértigo de millones de segundos
en los que hemos compartido latidos de corazón
que nunca han dejado de ser nuestros latidos
por más que hace ya demasiados años
el tuyo se parara una noche. Para siempre.

Nadie nos alertó del vértigo de la vida,
de la necesidad de llenar de imágenes
la caja de plata de los años cumplidos,
de los papeles de regalo cada vez más grises,
más geométricos, más previsibles, más aburridos.
Ya pasaron nuestros primeros cincuenta años.
Ya he sido capaz de compartir tu edad,
de cumplir los mismos años de tu muerte.

Ya comenzaron los próximos cincuenta años,
esos que tú jamás has cumplido ni cumplirás,
esos que yo me dispongo a empezar a vivir
por encima del reflejo matemático de tu muerte.

22.

Delante del espejo cada día soy un poco más tú,
más me parezco a esa imagen detenida en las fotografías.
Con el paso marcial de los años, mi reflejo
se ha ido esculpiendo a tu imagen y semejanza
por las sombras indecisas y arrogantes de los flequillos
y los gramos indecentes de las comidas a deshoras
que se han instalado hace tiempo en nuestras básculas.
La sonrisa, en cambio, comparte alegrías y arrugas de mi madre
que está ahí, desde siempre, haciéndome compañía.
Las fotografías esconden tus gestos más íntimos y sociales,
pero ante el espejo siento reflejado en mil detalles
la arquitectura inevitable de la genética que compartimos,
que nos hace ser uno a pesar del paso de los años,
a pesar de tu muerte cerrada y de mi abierta melancolía.

Ante el espejo, compartiendo sombras, olores con tu cuerpo,
ese cuerpo que abandonó, demasiado pronto, la ley de la
gravedad,
vuelvo a ser yo ahora que he comprendido que soy tú.

Ante el espejo, ahora que compartimos la misma edad
y un reducido puñados de recuerdos atesorados y silenciosos,
he de comenzar a andar solo, a seguir solo el camino.

Ha llegado el momento de vivir los años que nunca
compartiremos.
Ha llegado el momento de lanzarme a la noche, a la tormenta,
a sentirme vivo mientras mis lágrimas se pierden en la lluvia.

26.

La casa no volvió a ser nunca la misma.
Quizás los silencios, sí.
Quizás las conversaciones que huían de las palabras
y se convertían en un rosario de adverbios mal encarados.
Pero nunca la casa fue la misma después de tu muerte.
Una casa de largos pasillos y de estrecha terraza.
Una casa de ventanas cerradas y de candados abiertos.
Una casa de olores pringosos con aceite de colza
y tortillas de patatas en medio del calor del verano.
Nunca el pasillo fue tan largo y tan innecesario.
Nunca la cocina estuvo tan callada y olorosa.
Nunca el salón más vacío y ausente de condolencias.
Nunca la máquina de coser más frenética y ansiosa
para llegar a fin de mes, para llenar de promesas la nevera.
Nunca mi madre envejeció más reproches impredecibles
ni se dejó llevar por sueños de riquezas en ciudades
milenarias.

Nada fue lo mismo desde aquella inevitable noche
aunque todos se empeñaban en simular que fuera lo mismo,
espejo idéntico de mentiras y de ficciones. Ayer y hoy.
El mismo colegio y los mismos libros de textos.
Las mismas carreras para no perder el último autobús.
La misma casa abandonada donde probar el primer
cigarrillo y el sabor dulce e inesperado del primer beso,
el primer escalofrío de sentir cerca otra piel, otro deseo.

Pero nada fue lo mismo. Nada podía ser lo mismo.
Te fuiste una fría noche de un febrero histórico.
Y al poco tiempo tan solo aquel pasillo largo, interminable
era lo único que te seguía recordando, que aún ansiaba
el certero paso de tu mirada multiplicada por las gafas.
Aprendimos demasiado pronto a vivir en silencio.
Incluso antes de que llegara aquel repetido febrero.
Incluso antes de que te murieras para siempre, para nunca.
Incluso antes del reflejo inesperado de los espejos.

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Autor: José Manuel Lucía Megías. Título: Aquí y ahora. Editorial: Huerga y Fierro. Venta: Todostuslibros y Amazon

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