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5 poemas de Kevin Prufer

A Kevin Prufer le duele EE.UU. Su lamento se debe al estado de denuncia y expectativas de reparación de los males que percibe de una nación en la que se mira todo Occidente. Para ello recurre a un escenario postapocalíptico y a las circunstancias que han conducido a dicha realidad, un escenario que encaja con el entramado del mundo de hoy, apremiado por profundas transformaciones en un breve espacio de tiempo. Prufer integra esa pléyade de nuevos poetas norteamericanos que apuestan por el compromiso con el riesgo literario, ya sea debido a su gusto por caminar en el alambre exponiéndose en los motivos, como por su apego a las formas más complejas de la creación poética. Este Himno nacional consigue resonar para todos y suscitar preguntas acerca de nuestro destino personal y comunitario.

Kevin Prufer (Cleveland,1969) es poeta, académico, editor y ensayista. Ha publicado, entre otros, los libros de poesía How He Loved Them (2018), libro finalista en Pulitzer en 2019, Churches (2014), In A Beautiful Country (2011) y National Anthem/Himno nacional (2008). Con su primer poemario, Strange Wood (1998), obtuvo el premio Lena-Miles Wever Todd e Himno Nacional fue elegido por la revista Publishers Weekly’s entre los cinco mejores libros del año 2008 además de “Best book of the Year” por la Virginia Quarterly Review. En la actualidad trabaja como profesor de escritura creativa en la Universidad de Houston.

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QUERÍAMOS ENCONTRAR AMÉRICA

Queríamos encontrar América en los jadeos de la nieve que caía como ángeles del siglo pasado,
y en los caballos famélicos, con las espinillas quebradizas por el hielo que las cubría,
y en la luna en lo alto de su brillante grúa Derrick, y en los pobres que ardían de maravilla en los yacimientos petrolíferos.
Sus gritos gimientes iluminaban el viento mientras conducíamos
y dijiste en la cabina a oscuras del camión: «Esto no es América», y subiste el volumen de la radio.

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Super 8, Waffle House, Motel 6, los aparcamientos en penumbra tras la salida que tomamos con el camión y dijimos que dormiríamos
pese al hombre de rostro gris inmóvil junto al teléfono público, pese al niño dormido en la máquina de hielo
y cerré los ojos para que las luces del teatro se atenuaran y mi cráneo se transformó en una pantalla
en la que tú salías, rica y feliz, y me decías que me querías.

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Y durante la noche entera la nación se rehacía
así que al alba la luz recorrió el salpicadero con sus dedos enjoyados y dijo:
«Despertad,
compatriotas, despertad y ved lo que os he fabricado»,
Texaco, BP, Mobil, y la carretera se cubrió con un polvo de gemas y nieve. Estabas tan fría
y hermosa, aún no te habías peinado, así que condujimos sin parar. Dije que veríamos América:
la tarde larga como un velo nupcial, los caballos caían en los yacimientos petrolíferos.

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Al acercarnos a Wichita la nieve arreció y empezó a cuajar en el parabrisas, el aguanieve caía como pilotos congelados
cuyas piernas se les hacían añicos en las calles abarrotadas de gente. Nieve hipodérmica, farmacéutica y esterilizada
y los rascacielos se elevaban sobre nosotros, sus luces parpadeaban como células sobreexcitadas y dijiste:
«Cariño, aparca», y dijiste: «Vamos a caminar», y: «Mira las luces, mira qué bonitas son»
mientras me cogías la mano frente al Dillard’s, la inmensa araña que cubría el vestíbulo con esquirlas,
que cubría la calle con cuchillas, la araña como una mente perfecta

***

y los rascacielos se inclinaban ante nosotros como si nos fueran a sostener entre sus manos ahuecadas para darnos calor,
como si nos fueran a recoger de la calle antes de que nos congeláramos.

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HIMNO NACIONAL

Y el centro comercial dijo: «Dame, dame».
Y la luna, que giraba en el mástil, dijo: «Te quiero, a ti que tanto puedes ofrecerme».
Y tú dijiste: «Querido, haz el favor de esperarme en el coche diez minutos, enseguida salgo…»,
y las puertas automáticas se abrieron como un abrigo ante ti.
El coche hacía tic… tic… tic… en la nieve catatónica como los clientes satisfechos,
y en la parada unos chicos negros resguardados en sus capuchas reían, hasta que un autobús los arrastró muy lejos a través de la noche…
y una mujer andaba de arriba para abajo frente a la tienda.
A veces oigo hablar a la nación entre la opulencia de los barrios residenciales:
Olive Garden y Exxon; Bed, Bath & Beyond, las estrellas que lanzan unas monedas a nuestro alrededor
hasta que los ojos dicen: «Amor», y las calles dicen: «¡Sí!», y el aparcamiento se llena de ángeles que revolotean entre las hileras de
coches congelados.
Estuviste allí dentro más tiempo del acordado. Cuando reapareciste
me acerqué a ayudarte con las bolsas. «Perdón, lo siento –exhalaste en el
aire gélido–, pero no he podido evitar…».

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HISTORIAS MILITARES

El chico que se ahogó en la ciénaga, el chico atrapado en el rotor, el chico que se carcajeaba…
El chico que se tragó la abeja que le había picado en la garganta…
La cuerda de apertura funcionó, pero el paracaídas ondeó ligeramente por encima de él, sin llegar a abrirse…
Posó el pie en aquella hierba extranjera y oyó un clic, como el del metal al golpear otro metal. Cuando levantó el pie…
A veces el día está frío y una lluvia tóxica cae sobre los chicos de la base… A veces no saben que les están observando, apoyados en sus mochilas,
dormidos en esa posición…
«Una más, una más», dijo. «Queremos oír una más», y los allí reunidos aplaudieron, y siguieron aplaudiendo, él puso el dinero en el suelo y sonrió sabiéndose querido…
A veces un chico piensa que nadie le quiere y se repliega hasta una oscura tienda de campaña donde nadie le moleste…
Es entonces cuando los móviles parpadean como las luces de un rascacielos en una ciudad ignota al anochecer…
Sus amigos coincidían en que aquel fue un día triste, muy triste. Pensaron que bromeaba, le dijeron que no se riera de aquel modo…
Tiras de la cuerda y se abre…
¿Y qué hacía fuera de la base de noche, tan tarde? ¿Qué hacía en el agua, en el avión, conduciendo a toda velocidad por carreteras que no conocía? Su madre…
Alguien se lo diría. Alguien le escribiría una carta, gracias a Dios. Hay una plantilla para esos casos…
Alguien introduce tu nombre en el disco duro, en una oficina lejana, con un programa sencillo y una impresora…
Tecleas el nombre y la carta se imprime.

***

NO HAY PÚBLICO PARA LA POESÍA

Querían que dejase de dar tantas patadas:
los ojos les giraban en espiral, taladraban el sol en el cielo y la luz brotaba como la sangre por un escape.
Se negaba a morir el chico que llevaban en el maletero.

Siguieron conduciendo y él abolló la tapa bien cerrada, les insultó, aporreó el hueco de la rueda de repuesto con una llave para llantas. El sol les inundaba
el cráneo, se encontraban medio enfermos

y el cuerpo del maletero les ignoraba. Cualquiera pensaría que estaría abrasado de calor, que se habría desmayado
o tranquilizado, pero no. El chico del maletero no paraba de dar golpes

hasta que el ruido se hizo insoportable pordiosbendito y no les quedó otra que desviarse hacia una arboleda, salir del coche, hacer autostop con alguien
que estuviera callado, alguien que supiera

escuchar sin interrumpir. Había sido un día caluroso. La carretera hervía bajo un cielo sobrecalentado.
Pero incluso desde lejos seguían oyéndolo, al chico
en el maletero, su hueco llanto.

***

MANZANOS Y CALLE

La pequeña muerte en el corazón de la manzana dice: «Querida», dice: «Cariño», mientras envuelve y recubre sus jugos.
Una brisa marrullera balancea el árbol, despega las hojas.
Multa tú a las picaps con hojas de manzano sobre sus parabrisas, besa a los chicos en sus camionetas con clorofila y venas.

El mundo se desmorona, se desmorona como ramas pegajosas.
Las abejas, en una rama alta, devoran las flores
o las aguijonean hasta pudrirlas, la pequeña muerte
en el corazón de la manzana dice: «Guapa», dice: «Tócame y caeré». Por todas partes, chicos flacos en sus camionetas

esperan en los semáforos o impasibles miran los árboles. Cúbreles los coches con hojas y manzanas maduras, salpícalos con podredumbre y semillas y carne.
Los chicos se adormecen. Los motores gruñen
y la muerte revienta los corazones de las manzanas.

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Autor: Kevin Prufer. Traducción: Luis Ingelmo. Título: Himno nacional. Editorial: Bartleby. Venta: Todos tus libros, Amazon, Fnac y Casa del Libro.

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