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Y si mi mano se hunde en el féretro

Y si mi mano se hunde en el féretro

Se abre Incluso los muertos (XVI Premio Dionisia García de 2019, convocado por la Universidad de Murcia), de Pedro A. Cruz Sánchez (Murcia, 1972), con un deseo: detener la vida. Detenerla porque la vida es muerte, porque «cuanto se ama no debe vivir para no morir». Cambiar el latido por el mármol (pues esta primera parte se titula “Las estatuas no mueren”). A continuación, sobreviene en el segundo capítulo —”Muros y cipreses”— con el fallecimiento de un ser querido, que opera como un acto mágico: su desaparición precipita la continuidad de la muerte sobre el mundo de los vivos. Esta continuidad, esta senda mortuoria que brilla sobre las cosas de la vida, será cantada por el “yo” lírico a lo largo de la obra.

Son ya tan imprecisos los contornos entre ambas categorías, muerte y vida (”Me abro camino entre cuerpos que no están”), que el poeta reivindica lo que sí es, lo que sí emerge en la superficie del no-tiempo: los ojos. El llanto. La sangre. Lo trágico de la muerte es que la vida sobrevive a la mirada del muerto; por eso, los vivos somos ojos. En un balbuceo intelectual, el yo intenta desprenderse de la muerte diciéndose: «Estoy vivo porque sangre. Estoy vivo porque no-ataúd«.

Se observa, de otra parte, una bella reivindicación del llanto, como ya pincelara Cruz en una de sus anteriores obras, El oledor de pretzels (2019): «Tan desprestigiado está el dolor / que tampoco en la muerte / hay un lugar para las lágrimas». Asimismo, el llanto quiebra el hechizo de la vida, la vida indolente, que el yo performa porque está inevitablemente impregnado de muerte. Para ello, pinta el poeta en el tercer apartado (“Días después”) un paisaje urbano cotidiano, plagado de coches, transeúntes, colillas en el suelo… E incorpora la posibilidad de alguien que rompe a llorar: «por qué alguien / destroza la utopía de las calles con sus lágrimas». Las lágrimas son entonces un lenguaje insondable, primitivo, que hila nuestro dolor con el de los demás y teje un yo colectivo (recuerde el lector el hermoso verso de John Donne «No man is an island entire of itself»).

"En esta frágil suspensión de la vida, la cama deviene ataúd, y el sujeto deja de ser sujeto"

Otro tema que circunda el de la muerte es el de la imposibilidad de encontrar unas palabras de consuelo que vistan perfectamente el dolor. Hubiera de existir —se aventura la voz poética— palabras distintas para el duelo de cada sufriente, pues dos dolores no son iguales: «Las palabras de todos / Las comunes / no / son las suyas ni las mías».

El último texto propone, quizá sin querer, una salida a esta asfixiante tierra de nadie: performar no la vida entonces, sino la muerte. Apropiarse de la muerte, o más bien, ser muerte estando vivo, para no temerla más. Este estado de trance (de nuevo lo mágico) se alcanza cuando el cuerpo entra en comunión con la noche, logrando una suerte de «ensayo hiperreal de la ausencia». En esta frágil suspensión de la vida, la cama deviene ataúd, y el sujeto deja de ser sujeto.

El yo despliega sobre las líneas un tono deliberadamente patético, que acompaña con una versificación violenta, entrecortada. Los lectores somos su público, esto es, sus cómplices. Incluso los muertos es, además de lo anteriormente apuntado, todo un ejercicio de duelo embadurnado de belleza.

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Autor: Pedro Alberto Cruz Sánchez. Título: Incluso los muertos. Editorial: Edit. Um. Venta: Todostuslibros 

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