Este es un libro de fantasmas; unos amados y otros espectrales; unos temibles y otros aleccionadores; todos ellos convocados a la casa de la memoria con la certeza de que recordar puede producir consuelo o dolor, pero es la única forma de plantarle cara al olvido.
En Zenda reproducimos cinco poemas de La edad de los fantasmas (Visor), de Benjamín Prado.
***
EL LIBRO MILAGROSO
Esta historia la sabe todo el mundo,
se ha contado mil veces:
alguien encuentra un libro milagroso
que obliga a quien lo abre
a vivir
línea a línea
lo que dicen sus páginas,
como si lo que lee fuese una maldición
escrita
en la palma
de su mano.
Su tinta es un veneno en la mirada,
sus hojas,
el tarot de una hechicera,
las alas de una tribu de demonios,
los pétalos
de las flores del mal.
Cualquier cosa que ocurra en él, va a sucederte
—peligros,
aventuras,
conspiraciones,
guerras—
y sólo
quien supere
cada una
de sus trampas
—imaginad espectros,
momias
o un dragón—,
podrá volver a la realidad.
Se me ocurre otra idea: una autobiografía
de la que se pudiera
suprimir
lo que duele
y hacer que nunca haya sucedido.
¿Sabrías responder,
si alguien te preguntara,
qué planes tienes para tu pasado?
Sé que mejorarían mis recuerdos
si borrase
mis huellas
del camino
a la boca del lobo
—ya lo dice Adrienne Rich: no hay nada más sencillo
que despertar al lado de un extraño—
y cambiar, por ejemplo, el haber compartido
todo lo que tenía
con quien después usó su mitad contra mí.
Cuando acabé esa guerra,
parecía
uno de esos soldados que vuelven a sus casas
rotos,
como esculturas
griegas
a un museo;
pero haber caído me hizo ponerme en pie:
no hay
revolución
que no comience
a las puertas de una panadería sin pan.
Ojalá se pudiese
hacer con la memoria lo que con un poema:
corregirla,
quitar las palabras que sobran,
igual que quien devuelve un pez al agua,
como quien rompe en dos una fotografía…
Un verso que se tacha
es lo mismo que un mal recuerdo que se olvida.
***
LOS DOS JOAN MARGARIT
De una noche con él se regresaba a casa
como quien llega a puerto después de un largo viaje
a una isla
donde ha sido feliz
y sin estar seguro de quién de los dos era
ese hombre: ¿El de la risa alegre
o el de los ojos tristes como un bosque quemado?
¿El que odiaba a Neruda o el que amaba sus versos?
La respuesta no está en su poesía,
porque en ella hay lugar para el rencor
—esa nieve que nunca olvida una pisada—,
se siente la amargura de quien perdió una hija
y se escucha la voz de la derrota,
el ruido
de cristales rotos
que hacen
los sueños al caer;
pero no hay sitio para la venganza
ni la ira.
En eso eran iguales
el autor y sus obras: de repente,
en la mitad de un drama se volvía optimista,
encontraba un motivo para seguir viviendo
y el dolor se volaba con alas de Esfinge,
era una niebla que se lleva el viento,
era un lobo que vuelve a su guarida.
Le conocí a la edad en la que, como él dice,
ya se lleva el tiempo en la mirada,
pero aún conservaba una ambición tímida
de arquitecto que aspira a la literatura.
Llamaba a los poemas
que escribió la casa de la misericordia,
y allí vuelvo a menudo a recordarle.
Los creyentes
temen a lo que rezan,
pero el lector confía en sus maestros:
aunque tenga sus dioses, en una biblioteca
nadie se debe de arrodillar.
Muy pocos días antes de irse con las tinieblas,
me llamó,
sin decir
que era una despedida,
y fingimos los dos
que no estaba
al borde de la muerte,
que no se la escuchaba ya en su voz.
Si es que eso es verdad,
porque hace un instante,
Joan Margarit estaba aquí mismo, a mi espalda,
se han oído unos pasos
como los que él daba al recitar, frente al público,
con la vista en el suelo,
igual que si buscase una idea perdida,
y me ha dicho,
en voz muy baja: —Són
menys cada vegada els qui ens recorden.
Son menos cada día los que aún nos recuerdan.
He abierto un volumen de sus obras completas
y había dentro algo misterioso,
una especie
de calor en el aire,
un halo de energía
parecido al que queda suspendido
en la oscuridad
tras el paso de un tren que se aleja en la noche,
como si al notar que alguien llegaba
acabase de huir el refugiado
que vive
ahí
escondido.
***
DEDICATORIAS
Me da pena mirar los libros dedicados,
porque llevan
las firmas
de las mujeres y hombres que me hicieron quien soy:
si yo creyese en santos,
les rezaría a ellos.
Recuerdo bien el día que les pedí el autógrafo:
me parecían seres caídos de una nube,
inclinados sobre el papel,
tan dignos,
como si ya posaran para este poema;
y que al escribir mi nombre junto al suyo
eran el capitán que me alistaba
en la tripulación
de su barco hacia Ítaca.
Si he llegado a algún sitio fue siguiendo sus huellas.
Bien mirados,
no parecían héroes,
criaturas románticas, ni personajes épicos
—Byron sólo quería buscar una belleza
que le hiciera erigir y arrasar otra Troya—
sino gente normal que tenía sus dudas
—no hay peor jeroglífico que la página en blanco—,
más que magia hacía artesanía
y a veces fracasaba —aunque ya saben: sólo
puede ser derrotado quien trata de vencer.
En muchos casos eran figuras literarias,
nombres cuyo pasado
tal vez
les condenase
a pelear contra sus propias obras
sabiendo que esa guerra la tenían perdida:
en la era del vértigo,
nadie mira atrás.
Me he dejado los ojos en su prosa y sus versos
y a unos cuantos les quise
cuando el azar
los puso en mi camino,
como la noche ofrece a quien va a la deriva
y con la tempestad dentro del corazón,
el faro de la luna.
Vuelvo a mirar sus letras —parece que se mueven
como ríos de tinta— y les veo las manos,
con sus venas azules, sus anillos de oro,
el tiempo que avanzaba
despacio y a la vez deprisa en su reloj.
Y mientras me pregunto
qué va a ser de estos libros,
dónde irán a parar, quién eres tú y qué buscas,
me ha perecido oír en la corriente
dos voces que decían: oh muerte, pan de todos,
quién vive aquí y quién es el que ya no está.
***
EL MÉDICO
—Tenía que ocurrir, tarde o temprano.
Era cuestión de tiempo que cambiara tu suerte,
se apagase tu estrella —me dijo—. Y esta vez
no va a poder salvarte la campana.
Sus ojos eran los de las serpientes.
Sus palabras, veneno.
—Ha llegado tu hora
de saber que la vida lo es porque se acaba,
como la arena
sólo
es tiempo
cuando cae.
Hablaba y a su espalda ardía el fuego.
—Prepárate y que Dios te pille confesado:
de este valle de lágrimas
nadie se marcha sin pagar sus culpas.
Todo lo que respira
tiene principio y fin.
Qué te habías creído.
Y movía
las manos
en el aire
igual que si tejiese una tela de araña.
Yo intentaba gritar,
pero él me había
arrancado la voz.
Pensé en tantas mañanas de sol desperdiciadas,
pensé en la vanidad,
la soberbia,
la envidia,
la droga del dinero, las guerras familiares,
los egos literarios, las batallas domésticas,
las luchas del orgullo,
los verbos de la ira…
—No volverá a salir la luna para ti.
Te llorarán tus hijos, pero a los pocos meses
malvenderán tus obras a libreros de saldo;
todo lo que quisiste se marchará con otro;
caerás en el olvido.
Y entonces volví en mí:
no había ningún monstruo, sólo un médico.
Pero algo había visto en mis radiografías…
Me fui de la consulta
como quien al salir de un lugar oscuro
parece hecho de las mismas sombras.
Recordé a Mary Oliver, esos versos que dicen
que los pájaros no poseen nada
y es por eso que pueden volar. Yo, sin embargo,
no tengo mucho, pero sí mucho que perder.
Cuando el poema inventa otro lenguaje,
todo lo conocido da un paso atrás:
igual que ocurre a veces cuando habla el doctor.
***
HOMBRE-LOBO
El hombre-lobo busca alguien a quien cazar;
no se esconde en las sombras de las calles más tristes,
donde el tiempo no pasa
y el silencio está vivo;
ni persigue a la gente por bosques solitarios,
a la luz de la luna;
no duerme en cementerios
ni teme al cazador
de las balas de plata;
y si alguien descubre su verdadero rostro,
le hace creer que sueña:
—Si me has visto —le dice— es que no estás despierto.
El hombre-lobo actúa
a cara descubierta y a plena luz del día;
viste trajes azules,
viaja en primera clase,
en su agenda hay políticos y hay hombres de negocios
con los que mira el mundo desde los rascacielos;
su trabajo es hacer que en esta vida
de igual quien gane, mientras siempre pierdan los mismos.
El hombre-lobo aúlla por las noches
en los pisos de las familias desahuciadas,
roba las medicinas de los ambulatorios,
baña en oro la fruta de los hipermercados
y en épocas de crisis declara a los periódicos
que todo lo que crece lo hace hacia su caída:
«¿Cómo se les ocurre intentar ser felices?».
«¿Cómo se han atrevido a tener esperanzas?».
No le sigas,
no creas en él,
no le defiendas:
se beberá tu sangre, derribará tu casa;
no le escuches,
no seas su soldado;
no es tu salvador, es tu enemigo.
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Autor: Benjamín Prado. Título: La edad de los fantasmas. Editorial: Visor. Venta: Todos tus libros.
BIO
Benjamín Prado (Madrid, 1961) ha publicado trece novelas, entre otras las siete de su serie protagonizada por el detective Juan Urbano —Mala gente que camina (2006), Operación Gladio (2011), Ajuste de cuentas (2013), Los treinta apellidos (2018), Todo lo carga el diablo (2020), Los dos reyes (2022) y El anillo del general (2024)—, libros de relatos, ensayos y tomos de aforismos. Su obra poética está reunida en el volumen Acuerdo verbal (2018), al que siguió Paradero desconocido (2023).


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