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5 poemas de Manolo García

5 poemas de Manolo García

Reconocido como uno de los grandes compositores de la música española, García regresa a la literatura con un libro de poesía muy personal, El principio del fin. Un cable a tierra, un discurso de vida, de amor y de posicionamiento ante la sociedad. Zenda reproduce el prólogo al libro firmado por Luisa Castro y 5 poemas de Manolo García.

EL GRANO SIN LA PAJA

Detrás de las canciones de Manolo García una podía imaginar un bosque de palabras donde perderse y hallarse, como en un templo. Un templo descarriado, donde él daría mandobles a diestro y siniestro para expulsar a los mercaderes y convocar allí una asamblea de niños y niñas perdidos. Él, cantor de los caminos, de las calles, de una estirpe tan vieja que parece imposible que todavía queden. Manolo García es de esos. De los viejos juglares que acarrean sacos de palabras como un molinero de las grandes urbes, de los viajes trasatlánticos. Es fácil imaginarlo después de sus conciertos, paseando por Chile, por Argentina, o por Barcelona, su ciudad, recogiendo el grano que hay detrás de la paja, acariciándolo con sus manos, vertiéndolo en sus piedras de moler

y triturándolo, y con ese grano salvaje hacer harina de la buena. Para comer y dar de comer.

El fin del principio está dentro de una colección llamada Verso & cuento. Y este nombre es acertado porque Manolo García a través de sus versos siempre nos cuenta algo, sus palabras bailan al ritmo de los caminos y se dejan penetrar por los cuentos que los caminos le cuentan. Este libro de poemas funciona a la perfección como el mapa de sus días, de su imaginación inquieta, que no se basta a sí misma con las canciones, que necesita expandirse como la luz y que busca en el lector la mirada de la sorpresa, la misma que le sorprendió a él haciendo versos un día, la misma mirada que nos aferra al pasar y al pensar, algo que se perpetúe en el taller de las sombras donde se forja el mundo.

Antes y después de existir todos estos poemas tienen esta cualidad: se acercan a nosotros hospitalarios, como viejos amigos, y saben de complicidad. En eso se parecen a sus canciones. Sentimos que nos pertenecen y que estamos en sus manos, en las mejores manos. Nos acercan a él como al orfebre que en su obrador empasta oro y plata, vertido en su oficio. Y nosotros, los lectores, lo observamos asombrados viendo como a través del cristal él coloca la piedra preciosa que habíamos perdido. Hay en ellos reflexión y juego, libertad y aliento. Hay en sus poemas ese gusto por las palabras, manejándolas a su manera, maleándolas y aquilatándolas a la manera “Manolo García”, su marca. ¿Y en qué consiste esa marca? Algo tiene que ver con un quehacer donde se dan tantas dosis de asombro como de sobriedad, como un niño que juega y sabe que el juego tiene unas reglas, y que a través del juego se acerca uno a la vida. Y al gusto por la vida, que es lo extraordinario.

Lo que más se agradece de esta imaginación siempre fértil de Manolo García es su capacidad para tirar del carro de las palabras, que son pesadas, y él las sabe volver ligeras, como al mundo. A veces me parece que él es un cantor de los antiguos, un poeta de los viejos, que no se detienen en llorar porque hay demasiadas joyas que arreglar en el barrio y demasiadas palabras a las que devolverles las alas. Como un artesano él no deja ningún elemento sin pulir, la música, el brillo, el equilibrio de las historias. Y todo lo atrapa y de todo saca punta. Fogonazos de luz y de intensidad que se arraciman entre las piezas desmembradas. Él entra en ese mecanismo estropeado que es la vida y lo compone, con el cariño de un orfebre que siempre buscará la parte sana, la faceta que salva la pieza, el engarce necesario. Y con la magia inesperada de sus palabras lo vuelve todo armónico y querible.

Leer los poemas de Manolo García es aprender a caminar de frente, con los ojos bien abiertos, son su lección particular de vitalismo que también es una estética, un motor que mueve el mundo y nos invita a formar parte de esa cofradía que aún confía en la poesía como un arma cargada de futuro, un arma que no se cansa de cantar ni de escribir, y nos invita a su manera, a la manera hospitalaria y andariega de Manolo García, a compartirlo. Entrar con él, de la mano de sus poemas, en el mundo donde aún se pueden nombrar las cosas, con una mirada benevolente tan extraña en nuestros tiempos como necesaria, nos da por un momento el respiro necesario, la confianza anhelada de los ratos en los que somos lúcidos, y nos devuelve con su energía las ganas de vivir. No es poca cosa para un poeta que lleva una vida entera subido a un escenario, y que aún se enfrenta al folio en blanco como si acabara de nacer. Bienvenidos a

Manolo García. Bienvenidos a su más privado concierto.

(Luisa Castro)

5 POEMAS DE MANOLO GARCÍA

UNA VEZ ESTUVE EN VALPARAÍSO 
Una vez estuve en Valparaíso
y no sé por qué arrobo del pensamiento
me sentí byroniano con Mary Shelley
en el Lago di Como. Aquel océano gris,
mientras comíamos extraños moluscos
sacados de rocas con místicos contornos.
Tan lejos de mi mar sereno,
tuve un recuerdo para tu piel.
Rizos nacarados
en oleadas de viruta blanca
mojaron, acero susurrante, mis pies.
Pedí ostras, que una camarera mapuche
me trajo sobre arena
sembrada de piedras de plata.
En sus cabellos,
fuiste tú. Tan lejos.

STROMBOLI

Cené con una mujer
que pretendió llevarme a Stromboli.
Un volcán dormido, me explicó,
era ella en su pequeña isla.
Qué mejor destino, pensé
en aquel día de invierno,
mientras sus oscuros ojos etruscos
me observaban.
Por la ventana medieval del restaurante,
rondándonos, la luna mora.
Y sobre la mesa, las viandas:
sonetos adherentes y pastel de mariachi
empedrado sobre pedestal corintio,
mientras los cuates mejicanos
con sus vistosos trajes de charro
hacían su trabajo, guitarrones y violines en ristre
y mi confusión y los vehementes mensajes de las rancheras
me llevaban a pensar que era eso.
Era eso. Una tentación cualquiera.
Un veneno natural. Un básico mecanismo de perduración.
Cangrejos soleándose en las rocas
y sus pies morenos, púnicos,
caminando por la orilla de aquel mundo antiguo
que busco con encono en los libros.
Cené con una mujer
que pretendió llevarme a Stromboli.
Me contó que por sus venas corría sangre siciliana.
Me contó que quería morir en la Sicilia
que defendió Amílcar Barca,
el que se tuvo que tragar su orgullo
contra los hijos de la loba codiciosa.

BASTARÁ UNA CERVEZA 
Te seguiré a una isla pequeña.
Será bueno reducir la vida
a un perímetro concreto
y despojarme de los avíos del viaje.
Tantas posibilidades abruman.
Tantas cosas por hacer que no hacemos.
Tantos lugares a los que ir, a los que nunca iremos.
Tantas llamadas interiores sin atender.
Vámonos a la isla de Tabarca.
Vayamos al principio del mundo.
Bastará una cerveza rodeados de mar.

UNA CENA DE SEPARADOS 
Es una cena de separados.
Un encuentro mensual
de recalcitrantes solteros,
desparejados, divorciados;
hombres solos.
Es una velada friki
que empieza temprano
en locales con neones
floridos de daiquiris
y frías gotas.
Una noche más de tragos,
de desencajadas risas
y sus espejos.
Un derrape agrio
hacia camas angostas
revestidas de flores de plástico
y sólido pachuli rechinante.
Una noche de lunas
sin ojos ni bocas.
Es un encuentro de desahuciados
de la ciega pasión
que verán amanecer
entre nubes aterrizando tormentosas
hacia sus domingos de lluvia.
Las manos, en este irrepetible día,
estarán desmañadas al volante
camino de las casas vacías de presentes.

MI CENTRO 
Crece un árbol en mi centro.
Ya sé que las almas no se dimensionan
pero crece frondoso y verde.
Cruzan ciervos de suave pelaje,
inocentes hacia el claro de mi interior bosque.
Gráciles y cautelosos, cruzan.
Fugaces, caminando a rachas,
me atraviesan con todo lo que porto.
Y siguen, ellos saben, una senda
invisible por donde su instinto les lleva.

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Autor: Manolo García. Título: El fin del principio. Editorial: Aguilar. Venta: Todostulibros y Amazon

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