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5 poemas de Pablo López Carballo

Pablo López Carballo es un poeta nacido en Cacabelos, León, en 1983. Ha publicado los libros Sobre unas ruinas encontradas (La Garúa, 2010), Quien manda uno (Colección Transatlántica, 2012), Crea mundos y te sacarán los ojos (El Gaviero, 2012), La dictadura de la perspectiva (Trea, 2017), Perder naturaleza (Trea, 2021). Presentamos una muestra de textos de su próximo libro, beso político de cada amor que tengo (Bala perdida, 2022).

***

CAVAR

Cavar hoyos para reconstruir ciudades. Cavar hoyos por el placer de hacerlo y también para sembrar cráteres. Cavar por cavar, cavar por amor un hoyo y esconderse del mundo dentro. Cavar como imagino que harían los que no tenían dientes y cavaban para buscar alguno y masticar así la salazón. Cavar porque las cosas se cavan o se olvidan, se centran en puntos de contacto o se dejan pasar. Cavar para doblegar las dobles negaciones. Cavar a la manera de los antiguos, toscos y desamparados —tocados por la dulzura sin apariencia—, que dirigían la caída del sudor para atildar aperos. Cavar como nadie. Cavar, como escribir, para no hacer que desaparezcan todos. Cavar silencios. Cavar por no escribir, por dejar que las cosas vivan o mueran sin interferencias.

***

MATAS ALTAS

Inundaciones de Kale y Colza, el paisaje
se desatornilla con los cultivos, centros
de diagnóstico y diálisis, basílicas
abiertas veinticuatro sobre veinticuatro,
pregunto por el dios de los tomates.
Me gustaría plantearle algunas cuestiones,
porque el futuro pasa por el tomate
pero no he encontrado todavía a nadie
que pueda responder a las preguntas
que acumulo para proponerle, finalmente,
a alguien que sepa de esto. Pregunto
al revisor del tren, ellos siempre saben
lo suyo y lo que llevan los demás, tal vez
si ha visto a alguien con tomates,
de norte a sur, quizás, si esa es la trayectoria,
acaso sea a quien estoy buscando.
Me preguntan todo el tiempo:
¿qué le regalarías a tu amor?
A mi amor yo le regalaría las mejores
plantas de tomate para que las ponga
al sol. En otros lugares le dicen tomateras
o tomate, la parte por el todo, el fruto
por la planta, como si fuera el dueño
de los pájaros o el que ordena los árboles.
Le regalaría las mejores plantas, cada una
diferente, pero de cada una la mejor.
Ella regresaría del mar —donde duerme—
y dejaría caer sobre la mesa un gran pez,
un atún, una manta o un bacalao.
Seríamos felices viendo crecer las plantas
en el salón y pondríamos agua en una esquina
para que el gran pez beba y engendre.
Si el gran pez es un atún, de su unión
con el tomate saldrán calabacines,
si es un bacalao o una manta llenaremos
la casa de berenjenas y alcachofas.

***

DONDE SOLO HABÍA VIENTO

En el proceso de andar juntos,
de estar cerca, nos retiramos,
mutuamente, el peso de encima.
En el proceso de no alejarnos,
de no caer dentro de nosotros,
acalorados, a la deriva,
con la confusión, con el desmayo,
nos acomodamos, el uno al otro,
propias y ajenas, las desgracias.

En este proceso en el que andamos
perdimos antes de comenzar:
lo grande se comió a lo pequeño,
lo útil ha desplazado a lo inútil,
lo breve se impuso y, por eso,
este proceso nuestro de hacer
perdurar todo lo que no encaja,
resiste como las rosas frías,
tirantes, altas y adelantadas,
como las ramas imprevistas,
como los cauces que, buscando
su espacio, avanzan y retroceden.

En este proceso del nunca
encontrarnos del todo se fundan
lo notorio y feliz del descalabro,
la saludable insistencia
de la enfermedad y el desinterés
por aquello que podría salvarnos.
En este proceso, cada mañana,
atravesamos ríos, dislocamos
astros, alzamos muros que la noche
derrumba, abrimos puertas donde antes
solo había viento.

***

AGRESTE

Sin tu cuerpo la casa no tiene esquinas,
solo unos ojos que restan utilidad
a la persistencia de los objetos.

La casa es un aplauso constante
en el que buscar un silencio, un oráculo
que traduce clichés entre épocas,
mundos que se ordenan
y encuentran su inexistencia.

Así es la casa sin ti, un precipicio
en el lavabo, una insistente foresta
y el tiempo en dirección contraria.

Nada se piensa, nada se cultiva,
exceso y gracia del secreto vegetal.

***

LECCIÓN DE PINTURA

Se extrañó de que los animales
no tuvieran nada para comer
dentro de los cuadros. ¿Quién
los torturaría así? Ni siquiera
les han dejado la posibilidad
de buscar alimentos. El caballo
—con la fuerza de la tempestad—
se muestra sediento, condenado
a llevar consigo a un jinete
asimétrico, sin interés
en el agua o en el peso del arreo.
Es un rey sanguinario, acerté
a señalarle mientras buscaba
la forma —metafórica— de acercar
un cuenco con agua a la pintura.
Como todos —se apresuró a decir—.
En los cuadros no se ven los cadáveres,
—repliqué— pero me corrigió enseguida:
estaban en la espuela, en la forma
de sujetar la guía y en esos trazos
que remarcaban su desarrollada
vocación por provocar sufrimiento.

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