Los poemas de Martin Seymour-Smith son un regalo a la inteligencia y a los sentidos del lector. El púgil que fue Seymour-Smith (no en vano peleó durante sus años en el ejército en la categoría de Peso Gallo) reta a entrar en su mundo poético, un mundo que ya comenzó a la temprana edad de catorce años con poemas soberbios que contienen el germen filosófico y existencial de toda su obra literaria posterior.
En Zenda ofrecemos cinco poemas de Un rastro de sentido (El Desvelo), de Martin Seymour-Smith.
***
NIÑO TRAS LA TORMENTA
Sé que ante una tormenta mis manos
son asesinas: persiguen al tiempo
y crean un patrón de odio
a través de las flores, crean
las nubes reunidas que son mi crimen.
Es su furia, lo que tu corazón defiende,
consigue que este viento se eleve y profane.
La tormenta se descuelga de las Torres
y entonces te pegas a mí asustada:
por lo que mis temores de morir se desvanecen
como si nunca hubiese brillado el sol
porque habíamos construido nuestra historia en dicho sol,
vislumbrado nuestro futuro en aquellas horas-
nuestro niño fantasma hecho solo de tormenta:
No le despertaremos, duerme ahora.
Veo estiradas a través de las flores
telas de araña inmóviles;
y el sol resplandece sobre el tejado
de las altas torres húmedas golpeadas por la tormenta.
Pero no le despertemos: esas tormentas muestran
que su sueño a través de nuestros años será suficiente.
***
DESESPERACIÓN
La encontré revoloteando, bella
en el filo de mi desesperación,
que cual luz colgaba la noche entera
iluminándola.
Era un pájaro, desganado
como aquel instante, y mis ojos
anhelaban su implacable horizonte,
hacia el cual, piando como un ave
voló. ¿Me atrevería mañana
a mostrarle la luz hacia el mar?
Aunque contra el cielo que me abraza,
oscura huiría de mí.
***
EL INVIERNO PARA WILLIAM
El invierno para William, quien vive en una lejana
isla de cielos apacibles ligada al sol,
será más benigno que para nosotros:
desvaneciéndose mientras los tejados calientes desafían
a la escarcha que cae. Pero sus ojos se llenarán
cuando al partir de estos muelles donde el frío se alarga
la sirena del barco aúlla su último adiós;
Y también verá a los pájaros
huir veloces de la nieve amenazante.
Tales son las lágrimas que el horizonte
crea en los ojos de un niño; él siente el viento
y tira de la manga gritando:
¿Dejar la isla? ¡No, no!
La melancolía no abrirá sus puertos
para fijar el movimiento de su corazón.
Pero la nave y los pájaros partirán,
e Inglaterra se hace más lejana,
y él la siente tan fría como la piedra y la lluvia,
a través del siseo del mar y la neblina.
El mar está furioso, fuera de sí.
Nosotros, exiliados en nuestra patria,
recordando sus juguetes y juegos
en jardines más cálidos y verdes que estos,
nos asombraremos con el recuerdo del sol
por el bien de quien no tiene frío.
Pasearemos en un sueño que fue nuestro antes, en estas amargas temporadas
de pesada y envejecida nieve; pasando los inviernos
tan cálidos como los de William.
***
A MI ESPOSA EN EL HOSPITAL
Me preguntaste, “¿Aún me amas?”
Helado, solo pude decir, labios apretados
“por qué, por supuesto”.
Ojalá hubieses preguntado por el silencio en la casa
esta música desesperada
esta llovizna en el jardín.
Dos personas ancianas
una vez se amaron tanto
que un dios decretó
que deberían morir al mismo tiempo
y convertirse en árbol.
¿Por qué no podemos ser ese árbol,
aún vivos,
mirándonos en un pasado
que ni el mayor de los desastres borre:
aquel viejo árbol en el valle en Umbria
sobre el que el sol brilla
y el trueno agita?
Lo observamos largo tiempo.
¿Te acuerdas? Pero no hicimos
el largo y caluroso camino hasta él.
¿Seríamos alguna vez capaces de arrancarlo
al acercarnos? De todos modos estaba
demasiado lejos, de verdad,
confesamos.
***
RACHMANINOV
Horrorizado Raschmaninov se llevó las manos a la cabeza
al encontrar su primera sinfonía
insoportable
y al final del primer movimiento
huyó.
Pasó la noche en un tranvía
que se arrastraba ida y vuelta.
Era tan llamativo
que su mente colapsó
pero es bien conocido
cómo fue hipnotizado
y regresó triunfal
a componer el Segundo Concierto.
Ahora soy yo Raschmaninov:
he visto el brillo en la oscuridad
y la oscuridad en el brillo,
he arrastrado mi mente maltrecha entre los términos,
me he recobrado en la serenidad
de una obstinada mirada rusa,
he redescubierto vencedores caminos musicales.
Encogido en mis pieles amenazo
con dígitos silbantes
al auditorio extáticamente silencioso
educado en el espíritu de salones de té adúlteros.
¿Cómo discernir mi verdadera melodía?
Deja al hombre con el que te ibas a sentir culpable,
y ven a mi camerino.
Aunque sea un destierro melancólico
soy más de lo que prodigo en el lecho.
Jugaremos a la Isla de los muertos
y mientras sigues repitiendo la verdad perfecta
de lo infravalorados que son mis Preludios
me llevaré las manos a la cabeza horrorizado.
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Autor: Martin Seymour-Smith. Título: Un rastro de sentido. Traducción: Imanol Gómez Martín. Editorial: El Desvelo. Venta: Todos tus libros.
BIO
Martin Seymour-Smith (1928-1998) fue un polígrafo inglés que escribió más de 40 libros, conocido sobre todo por sus notables biografías de escritores de la talla de Rudyard Kipling o Thomas Hardy, entre otros, de quienes retrataba tanto su figura humana (a veces mostrando lo ridículo del retratado) como su grandeza literaria. Escribe Sarah Lyall en su obituario de Seymour-Smith en el New York Times que Martin fue un acérrimo defensor de sus biografiados, como es el caso de Hardy, al que defiende de los ataques de Henry James obsequiando al autor de Otra vuelta de tuerca o Retrato de una dama algunas de sus obras más aclamadas, con la siguiente frase literaria: “La biografía que consagró a Seymour-Smith en dicho género fue el magnífico trabajo sobre Robert Graves titulado “Robert Graves: His life and work”, que se convirtió en el libro definitivo y decisivo sobre el autor de obras reconocidas a nivel mundial como Los mitos griegos o Yo, Claudio entre otros”. Dicha biografía fue alabada enormemente por Stephen Spender, quien dijo de ella: “Es un libro tan extraordinariamente animado que casi puedo creer en otro milagro. Parece que va a aparecer Graves en la habitación”.
Seymour-Smith cooperó en la elaboración de La Diosa Blanca, y su esposa, Janet de Glanville, intelectual brillante e inestable al mismo tiempo, gran conocedora de la cultura grecorromana, fue de vital importancia en la compilación e interpretación de Los mitos griegos. Pero, a pesar de la larga amistad que mantuvieron con Robert Graves (y de la difícil relación con Laura Riding, la mujer que había cautivado a Graves), ese hecho no fue suficiente para que la poesía de Seymour-Smith se viese influida por la de Graves. Sí que admitió la influencia de Robert Browning, poeta del siglo XIX. Sin embargo, el tema de la Diosa Blanca fue relevante para el poeta, y es así que aparece reflejada en varios poemas a lo largo de sus más de 50 años de poesía, en las tres dimensiones de la Diosa: doncella, madre y bruja. En esa relación poética y vital debe darse una alianza ente el joven poeta y la diosa-musa. La musa no es una mujer normal. Esto queda recogido, según Miranda Seymour (escritora que no tiene ninguna relación con Martin Seymour-Smith, a pesar de que se llama igual que una de las hijas del escritor) en “Ten Poems More” de Robert Graves, donde la musa personal es fácilmente identificable por su integridad, su crueldad, su persuasión y condena. Paradójicamente, los mejores poemas, los verdaderos, no son dedicados a ella sino a mujeres normales, o si son destinados a la Musa es desde la mujer particular que es.

De izquierda a derecha, William Graves, Robert Graves, Martin y su esposa en los toros.


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