Hay oficios que parecían normales, sencillos, hasta que llegaron los tontos a complicarlos. El camarero atiende el bar, el taxista conduce, el soldado dispara, el dentista procura no perforarte el cerebro cuando implanta una muela y el periodista averigua. Para esto último no parece necesaria una revelación divina: basta con preguntar, escuchar y, si un entrevistado intenta largarse por la alcantarilla de la retórica, agarrarlo por el pescuezo y volver a preguntar. Pero eso era antes, me temo. Ahora demasiados periodistas sienten. Y de qué manera, oigan. Algunos sienten tanto que las emociones no les caben en el corazón, y tienen que llevarlas al telediario para compartirlas con el entrevistado y con el espectador.
Cada vez se recurre más a ese fácil recurso: convertir la pregunta en sermón, el micrófono en púlpito y la entrevista, incluso el simple canutazo rápido, en lección moral. Vivimos una época extraordinaria en la que todo cristo considera necesario contarnos cómo se siente. El actor siente, el cantante siente, el futbolista siente y el político siente por siente, cuarenta y siente. Sólo falta el periodista de la alcachofa para completar la mermelada emocional. Hasta en las guerras y las catástrofes pasa: en las últimas hemos visto a enviados especiales de ambos sexos llorando conmovidos por el dolor ajeno, en plan «en vez de informar del número de muertos, que no sé cuántos son, quiero compartir lo mal que me hace sentir todo esto».
La misión profesional de un reportero, tal como siempre se entendió el oficio, no consiste en ser empático, comprometido ni sensible, sino en averiguar cosas, comprobarlas y contarlas con fría honradez y eficacia para que lector o espectador saque sus propias conclusiones. Lo que pasa es que las tertulias de la radio y la tele despistan a la peña. Gracias a ellas hay quienes creen, fuera y dentro del oficio, que lo importante no es contar lo que pasa, sino opinar sobre ello: éste es bueno, éste es malo, esto debe indignarte, esto debe emocionarte, ahora llora, ahora aplaude y ahora compra yogur desnatado. Un periodista de información tiene opiniones como tiene hipoteca, equipo de fútbol y probablemente un cuñado insoportable; pero eso es asunto suyo. Para opinar existe lo que precisamente se llama periodismo de opinión, propio de quien con su prestigio y solvencia profesional puede haberse ganado el derecho a ejercerlo. Ahí, el lector sabe dónde entra y nadie le da gato por liebre. Pero cuando un periodista normal, un reportero de infantería, se sitúa ante un político, un empresario, un obrero de la construcción, su trabajo es preguntar, escuchar y repreguntar: si el otro miente, demostrarlo; si huye, perseguirlo con datos; si se contradice, poner la contradicción sobre la mesa. Ése es el arte admirable de un digno oficio. Decir «a mí me duele» lo hace cualquiera.
Nunca quise dirigir un medio informativo. Pero si lo hubiera hecho o si lo hiciese ahora, cada vez que uno de mis reporteros dicharacheros empezara una pregunta diciendo «yo pienso», «yo creo» o «a mí me duele», lo mandaría a cubrir concursos de ganado y entrevistar a pandilleros urbanos a las tres de la madrugada, para que les contara a ellos cuánto y dónde le dolía. Y si después aún le quedase una opinión atravesada en el gaznate, que hiciera lo que hace todo el mundo: ir al bar, pedir una cerveza y contárselo al paciente camarero.
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Publicado el 24 de julio de 2026 en XL Semanal.


Llegará lejos ese chico, sobre todo si hace horas extra en el despacho de la jefa.
Espero que le esté doliendo mucho Ceuta a este chico tan sentido.
Todavía me estoy descojonando con lo de buenos días cabrón…
Yo lo diría muchas veces, hoy en trabajo, sin ir más lejos…
Saludos amigo.
Ése era el propósito. Si no riéramos, qué dolor!
O del jefe.
Lo que más me ha gustado de esta Patente de Corso es que no necesita disfrazar de tesis académica lo que es pura llamada a la cordura. Aquí el acierto de don Arturo ha sido rescatar esa verdad incómoda, donde la credibilidad no nace de lo que sentimos, sino de lo que podemos demostrar. En esta era de lágrimas en directo y opinólogos de sofá (y sí, yo misma estoy opinando desde la tranquilidad y el sosiego de mi rincón veraniego mientras escribo esto, lo sé), reivindicar la distancia profesional, el rigor y la disciplina del oficio no es solo una digna lección de periodismo; es un acto de resistencia.
Pero ya se sabe, quienes proporcionan datos se arriesgan a que los refuten; quienes dan sentimientos, en cambio, se vuelven intocables. Lo que debería importar no es lo que uno siente, sino lo que es capaz de acreditar. Sentir lo puede hacer cualquiera, pero preguntar bien es todo un arte.
Ojalá el reportero sensible hubiera recordado aquello que dijo Groucho Marx, «estos son mis principios, si no le gustan tengo otros».
Y es que un buen dato vale más que un buen sentimiento.
Buenas tardes Vera. Aplaudo y comparto tu elección y definición del periodismo, el bueno, como acto de resistencia. Otro.
Resistencia al relato partidista y partidario y a la mentira fraudulenta (o fraudurápida) de la verdad no desmentida; y resistencia al engaño partidista y ciudadano de derechas y de izquierdas, para mantenerse en el poder inmerecido y abotargado
Por que sigamos resistiendo muchos años y un abrazo de este verano “socarrat” que estamos viviendo, con oposición ante ese estío con menos hidroaviones de los necesarios, al contrario que los políticos que aparecen discutiendo debajo de las piedras.
Y deseando, sobre todo, no te turben esa tranquilidad y sosiego de tu rincón veraniego. Yo por mi parte me tomo un mes de vacaciones con esta canción como himno: “Tranquilo majete en tu sillón…”
Ángel, qué bonito detalle recoger mis propias palabras y devolvérmelas con esa calidez. Es muy cierto eso de «resistencia al relato partidista y partidario», porque ahí está todo el hueso del asunto. Vivimos tiempos donde la verdad se negocia, se maquilla o se desmiente según convenga, y parece que hacer periodismo de verdad es casi un acto de fe en la cordura.
Y lo del verano “socarrat” me ha hecho mucha gracia, porque describe perfectamente lo que estamos viviendo y va más allá del «caloret». ¡Cuánta razón tienes con los hidroaviones y los políticos discutiendo bajo las piedras! Y es que da la certera impresión de que el único incendio que les preocupa es el de su propia poltrona. Lamentable no, lo siguiente.
Disfruta de ese mes de vacaciones con tu himno, que el «tranquilo, majete en tu sillón» es toda una declaración de intenciones. Y no temas, que mi rincón veraniego sigue intacto, a salvo de debates incendiarios.
Un abrazote y feliz verano. Ojalá nos crucemos de nuevo pronto en esta magnífica ágora virtual.
Yo no quiero prescriptores
Si hablamos de información
Yo no quiero prescriptores
Que ejercen la profesión
Manipulando lectores.
A lectores u oyentes
De radio y televisión,
Pacientes televidentes
Del toreo de salón.
Las páginas de opinión,
Las líneas editoriales…
Esas son otra cuestión,
Hay cretinos integrales,
O expertos de quita y pon,
Pero uno ya lo sabe
Y toma su precaución,
Haciendo lo que le sale
De uno y otro cojón,
A la hora de escoger
Al sujeto informador
A quién ver, oír, leer…
Pero lo de informar,
Eso ya es algo sagrado,
No se puede confirmar
Sin antes tener los datos.
Y me temo, don Arturo,
Que ahí es donde fallamos
Porque confunden el duro
Con perras chicas y ochavos.
Si dato mata relato,
Como presumen algunos,
Por lo menos que ese dato
Sea real y oportuno.
La opinión o sentimientos
De quien tiene que informar
Pese a que los lleve puestos
Nunca son para enseñar,
Cual bragas o calzoncillos,
Que se supone que están,
Tus preferencias, membrillo,
No las debes de mostrar.
Sí me permite ponerme detrás de usted, lo digo con esta letrilla:
Enseñáronme no es educación
decir lo que uno siente,
que todo hay que pasarlo
por el filtro de la razón.
Pues de otro modo diríamos a uno, por “Buenos días”, “Cabrón”;
y a otro, en vez de darle la mano, serviríamos un bofetón.
Andaríamos en estado de guerra, ora robando al vecino su trigo, ora llamándole “hijo de perra”
y viendo en todos un enemigo.
La razón impuso una autoridad, y la autoridad la ley escribió
de, entre otras, al prójimo amar.
Con las normas vino la paz:
a eso le llamamos civilización.
Un individuo “sintiente”
que no conoce su oficio,
pues no lee ni sabe razonar seguramente,
es hacer de la Prehistoria el presente,
cuando al prójimo se le podía decir, enseñando los dientes:
“Siento que es usted me molesta”, y acto siguiente,
te clavaba la azagaya
en un periquete.
Cojonudo.
Siempre algo de la subjetividad de quien escribe, periodista o no, se cuela entre los párrafos; aunque sólo sea en los epítetos escogidos en el texto, o en la cadencia de la narrativa, o en la extensión entre comas y puntos. Y también, desde luego, en las emociones de quien escribe según el tema tratado y su estado de ánimo. El anhelo de objetividad lo da el tiempo, el oficio e, incluso, el plazo disponible para escribir la crónica y el reportaje, o el espacio con que se cuenta en el medio escrito para verter la información. Y ahí está, en mi opinión, la madre del cordero, en la información.
El periodismo es contar a los demás datos, realidades, pruebas y conclusiones tras investigarlas y acreditarlas con hechos y pasados salvados del olvido, con trabajo de hemeroteca, entrevista y búsqueda de la verdad en los medios accesibles de todo tipo.
La opinión es otra cosa, quizás algo más creativa y deductiva, con algo de márgen para la filosofía personal y la confrontación con éticas y corrientes de pensamiento.
Pero lo que desde luego no es periodismo es el recurso a la moralina, el incitar al lector a pensar de una determinada manera y a compartir los sentimientos, prejuicios y convicciones de quien escribe. A elegir bando y enemigo. Eso ya es otra cosa; casi es política interesada y la mayoría de las veces deleznable. Aunque se disfrace. Y todos, algunas veces, hemos metido el pie en ese tiesto. Bienaventurados los limpios y objetivos en la narración pues ellos alcanzarán la satisfacción del deber cumplido.
«Bienaventurados los limpios y objetivos en la narración», qué cierre tan bonito, y qué difícil es alcanzar esa bendición.
Tienes inmensa razón en que la subjetividad se cuela siempre, aunque sea en la elección de un adjetivo o en la respiración de una coma. El oficio no consiste en negarla, sino en aprender a domesticarla. Y ahí está tu gran acierto al mencionar el tiempo, la experiencia y el espacio disponible como los verdaderos artífices de la objetividad. No la ausencia de emoción, sino la disciplina para ponerla al servicio del relato y no al revés. ¡Chapeau, Ángel!
Comparto plenamente tu distinción entre informar y opinar. La opinión puede ser brillante, necesaria y hasta conmovedora, pero cuando se disfraza de información se convierte en otra cosa, siempre mezquina. Lo peor no es que el periodista tenga sentimientos; lo peor es que los use como excusa para no hacer bien su trabajo.
Y sí, todos hemos metido el pie en ese tiesto alguna vez. Lo importante es reconocerlo, aprender y volver al camino.
Gracias por esta reflexión tan magnífica; ha sido un placer leerla y compartirla.
La viabilidad económica de la mayoría de los medios de comunicación, se ha ido por la misma alcantarilla que se ha ido su independencia, y claro, el periodista sensible da menos quebraderos de cabeza que el incisivo, o el independiente.
Cuando tus ingresos dependen de la publicidad institucional de gobiernos locales, autonómicos, y del gobierno central, o de grandes contratos publicitarios con según quien, la sensiblería hace acto de presencia; como hacen acto de presencia, la parcialidad, la subjetividad, el juliganismo, la precariedad laboral y el silencio de determinados temas. Todo esto lleva a lo descrito por usted en su artículo.
Tras los políticos, los periodistas son los seres más “amados” por la opinión pública de este país. A menudo, incluso cuesta diferenciar a políticos de periodistas. Por supuesto, siempre hay excepciones honrosas.
En fin, que le voy a contar que usted no sepa.
Saludos.
P.D.:
Por cierto; enhorabuena por el monumento del Capitán Alatriste en su Cartagena.
Decididamente el oficio de camarero está mal pagado e infravalorado, digo camarero atento y profesional no los que contratan para los meses de verano especialmente en chiringuitos
¡Chapeau!
Los padecí en Cuba, donde los afectos del “periodista informativo” (sic) eran oportunistas o miedosos; en México donde el mercenarismo afectivo tiene cotos maya-chontales; y ahora en Miami, donde los canales hispanos exhiben a llorones analfabetos funcionales. Como decíamos en La Habana: “Aplaude y mueve la banderita”. Felicitaciones al autor, calificable, con frase caribeña: “Suelto y sin vacunar”.
Cada vez más intolerante, más en el “deber ser” que en el “ser”.
Esta semana sacaron a la quironesa con un chalequito personalizado de guarda forestal para hacerse la foto de trabajo de campo cuando ya había delegado la responsabilidad. Alguien llegaría a pensar en coger disfraz de bombero y subirse a un camión.
Cuando empezó a salir información sobre presupuestos, competencias, gestión,… le prepararon un reportaje sobre la ceniza llorando como un cocodrilo entre una ovación de manos ardientes. Esas manos quemaban más que las brasas, no tiene desperdicio buscar los vídeos, ni a Pavarotti le aplaudían así.
Después vino el tercer ático, y colosal, como las pirámides: 500m2 al lotro lado de la calle de la casa de su mamá pero nadie sabía nada. Otra vez al borde de la lágrima. En el mismo día iba a ser oficina, se iba a reformar, después despacho para recibir, luego no es oficina,… y ahora está en venta. Pero atención al remate, ojo, responsables que gestionan presupuestos salen a decir que van a venderlo en un acto de generosidad y a donarlo a los incendios, sin despeinarse oye. ¡Qué sensibilidad! Otra vez aplausos y alabanzas. Viva el tercer ático.
Nadie ha preguntado para qué tiene que donar nada una administración si tiene un presupuesto. Sienta bien limpiarse la suciedad con las víctimas.
Me gustaría saber donde está, para algunos o algunas, el límite de las barbaridades, traiciones, escarnios y desgracias a los pobladores y a la Patria, para dejar de disculpar las acciones del ciudadano Castejón y tratar de justificarlas con las perpetradas por la también abyecta e inoperante oposición.
Me cisco en el cainísmo y en la navajada goyesca peremne y permanente que no llega a atisbar la situación real del país y el daño que está haciendo a las generaciones venideras tan exquisito, en maldad, personaje y su séquito de enchufados, lameculos, periodistas vendidos, delincuentes y maleantes y maleantas de todo tipo y género. ¿Tiende a infinito?
Ya no hay periodistas. Hace tiempo que no. Son activistas. La mayoría, woke o como se diga en español. El problema reside en quienes los soportan, toleran, admiten, alimentan. Si algo tan efectivo como el boicot, activo y pasivo, se sacara a pasear con frecuencia para asuntos importantes y no sólo para el circo del balompié, otro gallo cantaría. Pero ca, para eso es necesaria una societad culta o por lo menos educada, civilizada. Y ya no la hay. Alguien dijo que cuando los de arriba pierden la vergüenza, los de abajo pierden el respeto. Y esto ya es la jungla. Escopeta del 12 y al monte.
Don Arturo, dos «todo cristo» tan próximos son casi una procesión. Parece mentira en usted, que suele llevar las repeticiones más vigiladas que Alatriste la espalda. Dicho esto, coincido en lo sustancial: el problema no es que el periodista tenga sentimientos —sería inquietante que no los tuviera—, sino que los convierta en noticia y, peor aún, en sustituto del trabajo que no ha hecho.
Un reportero puede conmoverse, indignarse o salir de una entrevista con ganas de morder la alcachofa; pero su obligación profesional no consiste en exhibirnos su temperatura moral, sino en haber estudiado el asunto, formular la pregunta exacta y no permitir que el entrevistado escape envuelto en tres consignas y una nube de humo. La empatía puede ayudar a comprender; el sentimentalismo, en cambio, suele servir para no averiguar. No se le pide al periodista un corazón de mármol, sino que no lo presente como fuente documental.
También convendría recordar que una pregunta no es mejor porque quien la formula parezca más virtuoso. «A mí me duele» puede ser sincero, pero no obliga al político a responder nada: le regala, por el contrario, la posibilidad de discutir emociones, posar de incomprendido y marcharse sin haber explicado una sola cifra. El dato se contrasta; el argumento se desmonta; la contradicción se señala. El dolor del entrevistador únicamente se contempla con expresión compungida hasta que llegue la publicidad.
La confusión entre información y opinión ha producido una curiosa fauna mediática: periodistas que entrevistan como fiscales, tertulianos que sentencian como jueces y opinadores que se comportan como si cada ocurrencia les hubiera sido entregada en el Sinaí. Y alrededor, naturalmente, el coro de celebrantes, dispuesto a encontrar «magistral», «imprescindible» y «valiente» hasta la lista de la compra del articulista admirado. Algo de distancia crítica tampoco le vendría mal al público: la independencia no consiste sólo en no adular al político, sino también en no sacarle brillo compulsivamente a los zapatos del escritor.
Así que sí: menos confesionario, menos púlpito y más oficio. Que el periodista sienta cuanto quiera, pero después pregunte. Y que, si necesita contarnos dónde le duele, haga exactamente lo que usted propone: se lo explique al camarero. Aunque, viendo la cantidad de periodistas, políticos, tertulianos y lectores inspirados que descargamos sobre él nuestras certezas, quizá haya llegado el momento de pagarle también como psicólogo.
-¿Quién escuchó la llamada
Para así montar el cisco
En Ceuta de madrugada?
-Todo cristo, todo cristo.
Verá por allí la gente
al pícaro informador
que excusó con su dolor
el no hacer sus deberes?
En otra playa estará
con una cerveza en mano,
y, a micrófono cerrado,
rie que ha errado el lugar.
En serio, una fabulosa lista de la compra.
Hace ya unos cuantos años, comencé a leer (pero no terminé) un reportaje de una periodista local sobre un nuevo restaurante de carnes situado en un cerro por aquí cerca|. Y comienza la individua diciendo que lo hará con objetividad y ecuanimidad, pero que no probará la comida porque ella es vegana y eso de matar animales para comérselos le parece de salvajes. Y yo pensé, “se lo hubieras dicho antes al director del semanario, animala, para que enviara a otro a cubrir el evento”. Porque si me mandan a hacer una crónica social de una venta de esclavos, me niego de entrada, pero no hago el papelón a la salida. Otra: hace más años todavía, una periodista (y disculpen que los dos ejemplos sean de féminas, porque los fenómenos vienen en ambos sexos) nada menos que del canal internacional de RTVE entrevista a un empresario, creo que vasco, que dirigía una empresa de fabricación de armas y le pregunta de cifras, de mercados y lo usual, hasta que, al cierre, le agradece su presencia y le dice, solo que no puedo desearle todos los éxitos a su empresa, porque a mí, las armas me parece…. y le suelta el sermón de la montaña que el caballero tiene que escuchar con una sonrisa educada, aunque por dentro se esté vomitando de furia. A pesar de los años pasados, no se me quita la dispepsia, y se me agrava al recordar la primera “nota” que entregué en clase de redacción periodística, sobre un mercado de frutas y verduras que funcionaba a un borde de calle y que no llegó ni al catedrático, porque su asistente me dijo, cada vez que me entregues un papelito de estos que tenga un adjetivo, te lo devuelvo para que te limpies el culo. Esto es periodismo, no un curso de poesía.
Un adjetivo y es basura. Una lección genial, parece el entrenamiento de las legiones romanas.
El ser humano no es racional, sino emocional, racionalizador o intuitivo. Nuestras decisiones nacen primero de los sentimientos y los atajos mentales, y solo después usamos la razón para justificarlas. O al menos eso nos muestra la ciencia y la psicología moderna.
El recurso al sentimiento decanta la balanza. En una entrevista, después eso sí de una batería de preguntas fundadas en datos… y zasca, llega la preguntita: ¿Qué le diría Vd. a los damnificados (por los incendios)? O las familias de las víctimas (del accidente de tren). O a los catalanes que se “sienten” de tal o cual manera.
Sí importa qué siente el entrevistado al que se interpela. A veces incluso destapa cinismos. Lo que sienta el entrevistador, efectivamente, nos importa un carajo, si nos describe fidedignamente la situación, la noticia.
Siendo racionales, ¿cómo sería una crónica deportiva o de festejos? Hete miles de individuos celebrando nimiedades que en nada alivian su precariedad…
El periodismo está en crisis, como lo están el conjunto de las profesiones liberales, y quizás aún más. La consabida “independencia editorial” es una entelequia que casa mal con la realidad. Saldar cuentas informativas o cuentas financietas, esa es la cuestión. Y con el internete, pasamos de un puñado de cabeceras potentes a una miríada de cuentas con personajillos sensacionalistas los más.
Admito que me fascinaría un programa televisivo dedicado a destripar anuncios publicitarios, a desenmascarar medias verdades y mentiruscas sibilinas. Cómo es que etiquetan “leche sin lactosa” si se trata de “leche con lactasa”. En fin, cosas mías. ; )
Sin embargo, el periodismo sería absolutamente necesario. Si hiciese su labor, la ciudadanía no debería estar ingorante, confundida y engañada sobre los retos que se nos plantean. Esos retos que los datos científicos llevan decadas apuntalando con probabilidades cada vez más elevadas de escenarios futuros catastróficos.
Si el periodismo funcionase, todos sabríamos que seguimos una tendencia de extinción acelerada (en décadas, no en siglos) si no revertimos el modelo moderno de sociedad depredadora de recursos.
Lo que llamamos problemas, no son más que sus síntomas (contaminación, deriva climática…).
Lo que llamamos conflictos, no son sino manifestaciones del acaparamiento en un panorama menguante (fin de legislación internacional, guerras e invasiones por los recursos…).
Lo que llaman soluciones de futuro, acaban siendo ecoblanqueamiento y burbujas sin recorrido (aviones de hidrógeno, electrificación de todos los coches, energía nuclear per secula seculorum, robots que nos asistan con IA y 6G…).
Si el periodismo funcionase, con datos, todos nosotros tendríamos un objetivo compartido: planificar un porvenir seguro y apetecible en nuestra preciosa y maltratada casa común.
Ya lo siento.
Gracias.
Ahora en serio. 57 muertos en la invasión, crisis o chapuzón de Ceuta, como cada uno lo “sienta”. No he visto a ningún ser “sintiente” sintiendo nada con un micro en mano. Ninguna imagen de los cadáveres. Privilegios de la mafia, o de Marruecos, valga la redundancia. Tampoco he leído nada, absolutamente nada, que merezca el tiempo empleado en leerlo. Si eso es periodismo, entiendo a los jóvenes que sólo se informan por redes sociales de lo que ocurre en el mundo. De las reacciones políticas, mejor no hablar. Basura.
Lo bueno de la democracia es que puedes echar a un gobierno con el voto, siempre que haya Estado de Derecho, porsu. Lo malo es que el votante no siempre entiende lo que se le viene encima, gracias, entre otras cosas, a que los políticos están prevaricando, los periodistas también y suma y sigue. Al mal periodista lo echas a la p. calle dejando de comprar o cambiando de canal. Con el político es más complicado, sólo se pueden elegir marcas baratas que, en este caso, están todas caducadas.
Nada, chicos, que una mala noticia no nos estrope… Lo que sea. Que no decaiga.
Por cierto, echad un vistazo a “Richard Jewell” si queréis una toma de realidad sobre la prostitución de un oficio que fue diferente (con todo mi respeto a las que venden su cuerpo, que siempre será más disculpable que los que venden su alma, su patria, y a su madre si hace falta).
Y nada, aquí lo dejo. Los currelas trabajamos y muchos no tendremos vacaciones. Hay que currar mucho para poder pagárselas a quien sí se va de vacaciones, aunque haya 57 muertos y una invasión. No pasa nada. A seguir chutándonos horchata, majos. Lo importante, lo verdaderamente importante es la lista de canciones que nos ha dejado Antonio.
Sólo un matiz, estimado John, las prostitutas no venden su cuerpo, lo alquilan. Pero nada comparado con los precios abusivos que se cobran por los alquileres de viviendas propiedad de los putos fondos buitre. Siempre hay clases.
Tienes razón en lo de las prostitutas o prostitutos, oficio muy digno y honorable en otras culturas.
En cuanto a los precios del alquiler, ya sabes lo que pienso. A más oferta, menor precio. Es la única vía, aunque puedo estar equivocado.
Nada comparado con quién hasta cobra por irse treinta días en un palacete con cargo a los que curramos. Vacaciones en medio de una guerra no declarada y con 57 muertos, de los que nadie pide responsabilidades, simplemente porque los muertos sólo son útiles para lanzarlos al adversario. En efectivo, hay clases y clases, artistas y artistos.
Hola, Ángel. Llevo un par de días pensando en tu mensaje y tal vez te has sentido aludido por el mío. Cuando me refiero a los que se van de vacaciones con cargo a otros, me refiero a los que tienen responsabilidades de gobierno, no a los funcionarios (como recordé que tú serías por una vez que comentaste sobre tus oposiciones). Estaba cabreado, muy cabreado, y sigo estándolo, por los ya 88 muertos del ensayo de Ceuta. No me detengo ni a señalar a los culpables en este momento. Son 88 vidas segadas, y no pasa nada!
Lo dicho, ignoro si te has dado por aludido, que muy bien podrías hacerlo porque en un mensaje anterior hablabas de irte de vacaciones. Sí es así, te pido disculpas por mi imprudencia y agresividad, pero que sepas que no iba por ti. Tengo un don para ofender sin pretenderlo. Espero que no haya sido el caso.
Lo de los fondos buitre… Yo también puedo ser considerado un buitre, pero eso para otro día.
No preocuparse, sabía que te referías a un presidente del desgobierno que aloja a sus guadaespaldas -guardaculos, más bien, los pobres- en hoteles de 4 estrellas, tal y como merecen para tal figura abyecta.
Pregunto, y con perdón de parecer lo que en mi país -Venezuela- llaman “jalabola”, cómo se escribe algo para que suene a una sonora y larga OVACIÓN!!!
Me explico: Nací hace 63 años y viví lo que era los noticieros de los 70’s. Guerras de todo tipo, conflictos varios, golpes de estados -en Latinoamérica- cual enamorados deshojando margaritas. Espacios de opinión que, aun ahora, son cátedra y…
Ahora veo que el chisme es lo que impera e informar es un bien escaso, minio, anecdótico, banal y varios etcéteras.
“La misión profesional de un reportero, tal como siempre se entendió el oficio, no consiste en ser empático, comprometido ni sensible, sino en averiguar cosas, comprobarlas y contarlas con fría honradez y eficacia para que lector o espectador saque sus propias conclusiones.”
Bravo, bravo, bravo…