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6 de abril de 1936: El vecino de la calle Serrano 48

6 de abril de 1936: El vecino de la calle Serrano 48

Para conmemorar el 90º aniversario de la Guerra Civil, José Ángel Mañas recrea en Zenda, día por día en esta sección, lo que aconteció en 1936, quizá el año más trascendental de toda la historia reciente de España.

Lunes, 6 de abril de 1936: El vecino de la calle Serrano 48

Las palabras de Indalecio Prieto habían calado en la conciencia de Azaña, quien por segundo día consecutivo no pudo dormir. Habían apagado la luz. Oía la respiración apacible de Lola, a su lado. Pero él, tumbado bocarriba en la oscuridad, pensaba. En realidad, llevaba sopesando el tema desde la victoria electoral…

El odio que se tenían Azaña y Alcalá-Zamora, el actual presidente de la República, databa del primer Gobierno de la misma. Entonces se sucedieron roces con la susceptibilidad y la vanidad insufrible de alguien a quien en el fondo Azaña despreciaba profundamente. No soportaba ver a Alcalá-Zamora metiéndose caramelitos en el bolsillo durante los Consejos. Ni esa manera de hinchar las velas retóricas con divagaciones infinitas. Su mero acento. El timbre de su voz. Su falta de buen gusto. ¿Y qué decir de ese prurito de austeridad tan tonto, el empeño en devolver cada mes una parte de la provisión para la Casa Presidencial, como alardeando de no despilfarrar el dinero público?

"Azaña claro que soñaba con acceder a la presidencia de la República. Pero no se atrevía a manifestarlo. Ni siquiera a su mujer"

A Azaña, el que en palacio encargaran las comidas oficiales al Hotel Florida por no encender las costosas cocinas le parecía pura roñosería. A un presidente no se le podían imponer restricciones de representación. La primera magistratura de la República lo que debía hacer era mostrar la elegancia y buen gusto que faltaron siempre a los Borbones.

Azaña claro que soñaba con acceder a la presidencia de la República. Pero no se atrevía a manifestarlo. Ni siquiera a su mujer —pensó, volviéndose hacia ella en la cama—, con quien también mantenía hipócritas remilgos. No sabía si Lola los tragaba o no. Poco importaba. Era casi superstición. No quería que se le fuera la fuerza por la boca o que se debilitara su postura. En Madrid todo se acaba sabiendo. Y de habérselo dicho a alguien —a su cuñado Cipriano, en sus cartas, a su mujer…, a quien fuera— la noticia habría corrido, habría sido manoseada malévolamente en las tertulias y la prensa, y seguramente don Niceto habría podido maniobrar con mayor margen.

No había que perder de vista que el viejo don Botas (el mote más conocido de Alcalá-Zamora) todavía tenía en su mano la capacidad de disolver las Cortes y arrebatarle el Gobierno, como había indicado Indalecio Prieto durante la cena de la víspera.

Por eso se andaba Azaña con tanto tiento.

Se le había enfrentado, sí, durante sus primeros encuentros en el palacio Nacional, pero siempre con cuidado de no rebasar ciertas líneas. Sus declaraciones institucionales, tan prudentes, tan aplaudidas —eso lo aprendió, no era un primerizo— habían cohibido a don Niceto, con quien desde el primer momento hubo esa irremediable frialdad, amortiguada por la cortesía pero acrecentada con las malas mañas adquiridas por don Botas durante el último bienio.

—Yo no vengo aquí a que el señor presidente de la República pronuncie discursos de oposición —le había dicho recientemente Azaña—. Como el señor presidente ha tenido una larga serie de presidentes de Consejo y de ministros ineptos, se ha habituado a dirigir el Gobierno, pero los que yo presido no se dejan dirigir más que por mí.

—Tengo el derecho de hacer observaciones al Gobierno, y las haré siempre que mi deber me lo aconseje —replicó Alcalá-Zamora.

"La cuestión que se le presentaba ahora era tan elemental como crucial: ¿debía dejar que su mayor enemigo siguiera en la presidencia de la República?"

—Las hará usted mientras haya aquí alguien que se crea en el deber de escucharlas. En otro caso, se las hará usted a los muebles.

Eso fue uno de los primeros Consejos. Tras el encontronazo, Azaña se levantó, afirmando que no volvería a palacio. Pero se habían asustado los dos —el temor era mutuo— y don Niceto, consciente de que se le había ido la mano, lo había invitado a despachar en su domicilio, adonde Azaña fue a verle.
Pero la cuestión que se le presentaba ahora era tan elemental como crucial: ¿debía dejar que su mayor enemigo siguiera en la presidencia de la República? ¿Podía cargar con la responsabilidad y, de la misma manera que todos se arrepentían de haber votado a Alcalá-Zamora en el 31, iba él a arrepentirse ahora de desperdiciar una ocasión como la que se presentaba?

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