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6 de mayo de 1936: Santiago Carrillo y Chon

6 de mayo de 1936: Santiago Carrillo y Chon

Para conmemorar el 90º aniversario de la Guerra Civil, José Ángel Mañas recrea en Zenda, día por día en esta sección, lo que aconteció en 1936, quizá el año más trascendental de toda la historia reciente de España.

Miércoles, 6 de mayo de 1936: Santiago Carrillo y Chon

Dime la verdad. ¿Qué es lo que más te gustó de Rusia, Santiago? —preguntó Chon, mientras leía las notas para el mitin de Chamberí que preparaba Carrillo.

Se había echado en la cama bocabajo, los codos hincados en el colchón, la cabeza algo gacha, inclinada sobre los folios. Las sábanas cubrían su cuerpo desnudo dejando la espalda al descubierto. Leía con atención, parpadeando cada poco, relajado el cuerpo.

Santiago Carrillo, a su lado, en camiseta y calzoncillos, la contempló.

Los dos aprovechaban el mediodía para verse en un piso clandestino cerca de la Casa del Pueblo. La ventana entreabierta de la alcoba daba al patio interior. Tras pensarlo, Santiago reconoció que quien más le impresionaba era Dimitrov, secretario general de la Internacional. El hombre que había sido acusado injustamente por Hitler de quemar el Reichstag y que se había defendido en persona ante un tribunal alemán. Ya entonces las Juventudes Socialistas se manifestaron reclamando su libertad.

—Es un gigante cordial, sin afectación. Habló mucho de la hediondez del hitlerismo, de la urgencia de un frente único para cerrar el paso al fascismo. Es de los que más empuja para abrir el Partido Comunista. Hizo autocrítica del sectarismo de la Internacional Comunista, y nos anima en nuestro proyecto de unificación.

"Se enteró de que tenían un soplón entre los socialistas que llevaba meses pasando informes a la Dirección General de Seguridad y supo que ingresaba en prisión un pistolero anarquista famoso por sus asesinatos"

—¿Te importaría rascarme la espalda, Santiago, querido?

Tenían un rato antes de volver a la Casa del Pueblo y Santiago le acarició la espalda desnuda. Palpó cada vértebra y recorrió centímetro a centímetro la piel que tanto echó de menos en prisión. Era uno de esos raros momentos en que se relajaba. Le gustaba pasar la mano por una geografía tan variada, con sus recovecos, sus regiones altas. La baja espalda, justo encima de las nalgas, era su zona preferida. Como un improvisado masajista, permitió que sus dedos reconocieran el cuerpo de Chon. Había pocas cosas más agradables que explorar un cuerpo de mujer.

Chon emitía un ronroneo agradecido. La mano se acercó al cuello, haciéndole cosquillas bajo la melena. Pero no dejaba de leer y ninguno habló. No hacía falta. Estaban. Existían. Por un momento, fue como si la política no importara. Entonces sonó el timbre y Santiago le dijo, espera. Se puso el pantalón. En la puerta miró por la mirilla. No descorrió el cerrojo. Al otro lado estaba el rostro del pistolero anarquista de la Cárcel Modelo al que por alguna razón apodaban el Lenin.

—¿Qué haces aquí y qué es lo que quieres?

—Solo hablar contigo un momento, compañero…

—Tú y yo no somos compañeros. Y creo que las cuentas están saldadas. Además, ¿cómo has llegado hasta aquí? ¿Me has estado siguiendo?

—Es solo un momento. Ábreme, compañero.

—No hay nada que hablar. Todo lo que se habló está cumplido.

Carrillo se refería a la cárcel Modelo. A cuando se enteró de que tenían un soplón entre los socialistas que llevaba meses pasando informes a la Dirección General de Seguridad y supo que ingresaba en prisión un pistolero anarquista famoso por sus asesinatos. Al final, el soplón desapareció el día mismo que los liberaron, y por la noche se le pagó, mediando un socialista, lo acordado, al tal Lenin.

—Necesito más dinero, compañero. Abre, por favor —rogó el anarquista.

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