Para conmemorar el 90º aniversario de la Guerra Civil, José Ángel Mañas recrea en Zenda, día por día en esta sección, lo que aconteció en 1936, quizá el año más trascendental de toda la historia reciente de España.
Martes, 6 de octubre de 1936: La ayuda soviética tiene un precio
Hasta los Consejos de ministros en Madrid cambiaban. A las soporíferas reuniones de la época de Alcalá-Zamora —y no digamos los gobiernos interinos de Portela— les sucedían otras donde la excitación y los nervios reinaban en la misma proporción en que se perdían las formas. Los trajes con chaleco dejaban paso a chaquetas americanas. Aunque la mayoría llevaba aún corbata, no era raro que Jesús Hernández, el ministro comunista de Instrucción Pública, apareciese con camisa de miliciano. Las pistolas se dejaban fuera. Pero todo estaba dominado por la guerra.
—Abrevia y dinos exactamente cuánto oro tenemos, ministro —dijo Largo Caballero.
—A fecha de hoy, presidente —contestó Negrín—, la República es dueña de setecientas siete toneladas en oro bruto acumuladas a lo largo de los siglos. Es el principal activo económico del Estado. Somos una de las reservas más importantes del mundo. De esa cantidad, como saben los ministros, seiscientas treinta y ocho toneladas en lingotes fueron transportadas el mes pasado, con el mayor secreto, hasta el puerto de Cartagena. Ahora mismo están almacenadas y bien protegidas en el polvorín de La Algameca.
—El motivo del traslado —se justificó el ministro de Gobernación— es evitar el peligro, que sabíamos inminente a causa de nuestros informadores, de un golpe de mano que preparaban los anarquistas catalanes de García Oliver. Los mismos que nos pedían el traslado a Barcelona proyectaban un asalto a mano armada. Se discutió en el Consejillo. Y en previsión de ello y vista la cercanía de las tropas de Franco y Mola, se decidió el traslado.
La alusión tenía su importancia. Todo el mundo era consciente de que desde hacía unas semanas —concretamente desde que el embajador ruso estaba en Madrid— Largo Caballero halagaba y hacía concesiones a la CNT, a la que pretendía utilizar para contrarrestar la influencia comunista.
Largo Caballero ignoró el comentario.
—¿Y el resto del oro?
—Hay un depósito como garantía de préstamo en el Banco de Francia, Mont de Marsan. Cincuenta y nueve toneladas. Con ello pudo negociarse, en un principio, la ayuda francesa. Y diez toneladas en manos de otros agentes. Eso sin contar quinientas veintidós toneladas de plata que se vendieron en París y las que fueron trasladadas a Nueva York, más de mil toneladas que hoy pertenecen a la Reserva Federal norteamericana.
—¿Y aun así no ha bastado? —preguntó Prieto, que callaba hasta aquí. Tenía las manos cruzadas sobre el vientre. Jugueteaba con sus pulgares.
—Lamentablemente, no —dijo Negrín, a quien se le notaba su filocomunismo—. En mis recurrentes contactos con el señor Rosenberg, que como saben es el embajador de la URSS —la mención provocó suspiros. Rosenberg tenía la costumbre de entrar en los ministerios sin avisar, esperando que se le rindiera cuentas de todo, y algún ministro se había quejado a Largo Caballero—, Rosenberg reitera que es la principal exigencia de Stalin. Si el oro sale para Moscú, la ayuda llegará a finales de mes en la cantidad de tanques, aviones e instructores pactados con el Ministerio de la Guerra. Si el oro no sale, no habrá ayuda. Me temo que no hay alternativa. O recibimos el armamento ruso, o los ejércitos de Franco y Mola, con el material alemán e italiano, acabarán con la República, señores.


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