Para conmemorar el 90º aniversario de la Guerra Civil, José Ángel Mañas recrea en Zenda, día por día en esta sección, lo que aconteció en 1936, quizá el año más trascendental de toda la historia reciente de España.
Miércoles, 7 de octubre de 1936: Bajo el árbol de Guernica
Ante Dios humillado, en pie sobre la tierra vasca, con el recuerdo de los antepasados, bajo el árbol de Guernica, juro cumplir fielmente mi mandato —dijo José Antonio Aguirre, jefe del PNV. Aquel abogado de treinta y dos años y expresión adusta, cráneo grande y rasgos vascos, había pasado de ser un diputado más en Madrid a primer presidente del gobierno autonómico. ¡Cuánto había costado!, consideró mientras miraba a los representantes que lo acompañaban en un día gris, a la sombra del roble centenario de Guernica.
Tras aspirar con fuerza, Aguirre consideró lo mucho que debió transformarse el PNV —ausente del pacto de San Sebastián y hacía nada aliado de los carlistas— para que hoy pudiera estar al frente del primer eusko jaurlaritza. Entre él y Manuel Irujo habían tomado un partido decimonónico, fuerista y católico, para ponerlo en sintonía con las circunstancias. Tras sufrir el aplazamiento indefinido del Estatuto durante el bienio cedista, llegaron a la conclusión de que su proyecto tendría más dificultades cuanto más se fortaleciera el auge derechista. Lo escribió el propio Aguirre: «Esta es nuestra tragedia. De nuevo, luchamos solos contra dos bloques: uno de izquierdas, que volverá lleno de sectarismos, otro de derechas, pletórico de suicida incomprensión». El PNV no podría esperar nunca nada de la derecha monárquica española.
Eso los llevó a comprender que sus deseos de autonomía solo prosperarían en el marco de una República dirigida por partidos de izquierdas. Era una reflexión dolorosa para una formación que tenía horror al anticlericalismo y a las huelgas y desórdenes revolucionarios que llegaban de las provincias donde los sindicatos obreros tenían más peso.
Irujo, Aguirre y sus seguidores tuvieron que luchar mucho para, ya iniciada la guerra, vencer los prejuicios de sus compañeros de partido. Luis de Arana, hermano de Sabino, todavía creía que el PNV debía mantenerse neutral en esta «guerra de españoles». Incluso había nacionalistas vascos dispuestos a abrazar el golpe de Estado. Ellos mismos conocían los planes de los rebeldes desde bastante antes de que se llevasen a cabo y dudaron antes de rechazar la oferta de Mola de unirse a ellos o, por lo menos, permanecer neutrales.
Pero aquí estaba la recompensa.
De la mano de Indalecio Prieto, que pese a su antipatía por el nacionalismo vasco había entendido la importancia de atraerlos, por fin tenían su estatuto. A Aguirre, primer lehendakari de la historia, tocado con su boina, se le veía pletórico.
—¡Viva Euskadi! —gritaron todos.
—Gora Euskadi! —contestó Aguirre, estrenando la cooficialidad del vascuence en el nuevo territorio autonómico.


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