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7 de abril de 1936: La destitución de Alcalá-Zamora

7 de abril de 1936: La destitución de Alcalá-Zamora

Para conmemorar el 90º aniversario de la Guerra Civil, José Ángel Mañas recrea en Zenda, día por día en esta sección, lo que aconteció en 1936, quizá el año más trascendental de toda la historia reciente de España.

Martes, 7 de abril de 1936: La destitución de Alcalá-Zamora

El señor presidente tiene la obligación de recibirnos. Traemos la grave misión de darle cuenta de la voluntad de la Cámara, contraria a que siga al frente del Estado. Es urgentísimo hacerle esta notificación. La Cámara espera y es absolutamente necesario, imprescindible, que don Niceto Alcalá-Zamora baje y nos reciba.

—Usted sabe perfectamente, por su alta competencia jurídica, señor Jiménez de Asúa, que las notificaciones, y más de esta trascendencia, no precisan ser recibidas personalmente.

"¿Por qué no había disuelto esas Cortes, como le instaban a hacer Calvo Sotelo y las derechas? Don Niceto Alcalá-Zamora respiró nerviosamente"

Las voces de Jiménez de Asúa y del hijo de don Niceto subieron hasta el ofuscado presidente de la República. Encastillado en su despacho, Alcalá-Zamora tenía decidido no bajar. Ya cuando empezaron a acumularse periodistas y fotógrafos delante de aquel hotelito particular del antiguo paseo de Martínez Campos —desde el 31, de Giner de los Ríos— se acercó a los ventanales para apartar discretamente las cortinas: la prensa seguía esperando bajo la lluvia. Pero no pensaba bajar, no. No se prestaría a semejante afrenta, reflexionó con amargura. Y se dejó caer en su sillón. Respiró con dificultad.

—¡Cáscaras!

¿Cómo había podido ocurrir? Le costaba contener la irritación. ¿Por qué no lo había previsto? ¿Por qué no había disuelto esas Cortes, como le instaban a hacer Calvo Sotelo y las derechas? Don Niceto Alcalá-Zamora respiró nerviosamente…

Esa misma tarde, con unas tribunas rebosantes de público, el Congreso había arrancado la sesión en que se trataba la destitución, con Martínez Barrio invocando decoro y cediendo la palabra al diputado de la Lliga, Juan Ventosa. Ventosa procuró convencer a todos de aplazar el asunto, dejarlo en manos de una comisión. Pero Indalecio Prieto replicó que solo las Cortes al completo y en sesión pública podían determinar semejante cuestión, y únicamente trece diputados de derechas votaron por el aplazamiento.

El propio don Inda presentó a continuación la acusación, con su estilo chispeante y coloquial. Retomando ideas desarrolladas por Calvo Sotelo durante el otoño, acusó al presidente de inmiscuirse en el trabajo de las Cortes y del Gobierno, de no acatar las limitaciones que imponía la Constitución. Y, sin el menor rubor, leyó fragmentos de mítines de Gil-Robles en los que este abundaba en los mismos cargos y prometía inculpar al presidente de la República en caso de victoria electoral.

Al terminar, fue aplaudido por republicanos y socialistas. Lo hizo en medio del silencio extraño de los miembros de la CEDA, ya de vuelta en sus escaños («Os dije que volverían», se burló Prieto). El estruendo de aplausos logró que, desde su asiento, don Inda saludara con la mano. Hubo de levantarse a dar las gracias con una reverencia. La mitad de la cámara, con la Pasionaria y Largo Caballero al frente, se levantó con él.

Aunque el partido de Gil-Robles había decidido no participar en la discusión, al final don José María, tremendamente incomodado, quiso replicar.

Hablando con nerviosismo, trató de explicar su cambio de posición. Explicó que él había propuesto que se encausara al presidente Alcalá-Zamora por la disolución inadecuada de las Cortes, pero que desde el momento en que las elecciones evidenciaron un cambio en los sentimientos del pueblo, la disolución parecía finalmente justificada y etcétera…

A don Niceto ya le había llegado noticia de todo por sus espías en la Cámara. ¡Había sido lamentable! Y su odiado don Manuel Azaña, en el banco azul, escuchando con su actitud de siempre: la cabeza inclinada en el respaldo, mirando hacia el techo, el codo izquierdo sobre el brazo del escaño, aparentando indiferencia.

Para rematar la faena, Calvo Sotelo, muy en su línea, se mofó de la Constitución. Ridiculizó las limitaciones del presidente y declaró que lo que necesitaba el país, más que a un don Niceto, era un dictador.

Por fin Portela, erguido, pálido, contraído, la expresión torva, la blanca cabellera encrespada, salió en defensa del presidente con cierto tono dramático y elevado que se desinfló en cuanto su enemigo Miguel Maura le interrumpió. Entonces no se le ocurrió otra salida sino el insulto. ¡Qué lamentable, aquel anciano desquiciado amenazando con el puño cerrado y a gritos, para defender a aquel otro anciano que ahora se escondía!

"Mientras abajo continuaban las voces de Jiménez de Asúa y su hijo, Alcalá-Zamora se hundió, medroso y derrotado, en el sillón de su despacho"

Pero la humillación ya era absoluta.

De doscientos cuarenta y tres votos, solo cinco habían ido a su favor: los amigos de Portela. Gil-Robles y los monárquicos se abstuvieron. Y ahora estaban afuera los periodistas. Mientras abajo continuaban las voces de Jiménez de Asúa y su hijo, Alcalá-Zamora se hundió, medroso y derrotado, en el sillón de su despacho.

—Señores, esto es inútil —dijo Jiménez de Asúa, que por algo era constitucionalista—. Haremos la notificación en el domicilio oficial del presidente de la República. ¡Vayamos a palacio!

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