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7 de enero de 1936: El decreto de disolución de las Cortes

7 de enero de 1936: El decreto de disolución de las Cortes

Para conmemorar el 90º aniversario de la Guerra Civil, José Ángel Mañas recrea en Zenda, día por día en esta sección, lo que aconteció en 1936, quizá el año más trascendental de toda la historia reciente de España. En los dos primeros meses cuenta con la colaboración de Íñigo Palencia.

Martes, 7 de enero de 1936: El decreto de disolución de las Cortes

La Presidencia de la República llevaba un lustro instalada en el antiguo Palacio Real y ahora flamante Palacio Nacional, junto a la añeja Plaza de Oriente. Este apenas había cambiado desde que lo ocupó Alfonso XIII. Allí reinaba, en lo alto de las Vistillas, con su panorámica espectacular sobre la Casa de Campo, sobre la zona oeste de la capital y, por supuesto, sobre la sierra de Guadarrama. Su vista privilegiada sobre las montañas explicaba por qué ya los árabes, en el siglo IX, escogieron el promontorio para situar en él su alcázar: era la mejor atalaya para vigilar las posibles bajadas de los cristianos desde las tierras de allende la serranía.

El número de servidores y guardias seguía siendo el mismo (si acaso, había más alabarderos). Lo único que cambiaba, en realidad, era que en el patio ondeaba la bandera tricolor republicana en lugar de la bicolor monárquica. Todo cambia para que todo siga igual, como diría, décadas después, el protagonista de El gatopardo.

"Al mirar hacia abajo en el último momento atisbaron un grupo de niños jugando en la plaza, entre las estatuas de los reyes godos, y Ramón temió errar el tiro"

Unos años atrás, en las postrimerías de la dictadura de Primo de Rivera, la arbolada plaza fue sobrevolada por un avión de hélice proveniente del aeródromo de Cuatro Vientos. Lo pilotaba Ramón Franco, hermano anarquista de Francisco y héroe del Plus Ultra, el primer aeroplano en cruzar el Atlántico. Muy radicalizado a favor de la República, Ramón Franco sobrevoló el palacio con la intención de bombardearlo. Lo acompañaba su colega Ruiz de Alda, entonces también anarquista. No lo hicieron, porque al mirar hacia abajo en el último momento atisbaron un grupo de niños jugando en la plaza, entre las estatuas de los reyes godos, y Ramón temió errar el tiro. Al final, como ya contamos, solo lanzaron unas octavillas antialfonsinas, que cayeron en revuelo sobre los sorprendidos madrileños.

El caso es que este martes, primero del año, también había niños enseñándose los regalos que les traían los Reyes, y paseantes que desfilaban entre las blancas estatuas de monarcas visigodos y se agrupaban, aquí y allá, en corrillos. Ninguno se daba cuenta de que de una puerta lateral del palacio salía un sesentón canoso que, abrigado y bombín en mano, echó a andar por la explanada. Le seguía su escolta. Era Portela Valladares, quien acababa de obtener de don Niceto Alcalá-Zamora la firma del decreto de disolución de las Cortes, el único medio de desviar la ofensiva parlamentaria de las derechas contra su vacilante Gobierno y ganar un mes de tranquilidad. Volver a reunir un Parlamento tan adverso era ahora mismo un suicidio.

Su aspecto no era todavía el que mostraría unas semanas más tarde —derrotado, cabizbajo, hundido, incapacitado para mirar a la cara a nadie, «un fantasma», anotó Azaña en su diario— sino que caminaba con un pitillo sujeto entre el índice y el pulgar al que daba pequeñas caladas con una sonrisa maliciosa a medida que recreaba en su imaginación las reacciones de sus enemigos. Llevaba abrigo largo encima del traje, y una bufanda enrollada al cuello le caía hasta la cintura. Su pelo revuelto y cano quedaba al aire, pues de tan absorto en sus pensamientos se había olvidado de ponerse el bombín.

"Portela estaba convencido de que una formación de centro era la única alternativa entre el futuro Frente Popular, que agrupaba a unas izquierdas muy desprestigiadas, y las derechas igualmente tocadas"

—Se van a enterar de quién soy yo… Se van a enterar de quién es Portela —repitió para sí. Sabía que las expectativas de todas las personas de centro, que el sistema electoral no reconocía, estaban ahora en sus manos—. Y ya veremos si tras las elecciones siguen igual de prepotentes, si ríen igual…

Y es que Portela estaba convencido de que una formación de centro era la única alternativa entre el futuro Frente Popular, que agrupaba a unas izquierdas muy desprestigiadas, y las derechas igualmente tocadas. Intuía que, si sacaban los buenos sesenta diputados a los que aspiraba, se erigirían en árbitro del futuro Parlamento. Y mientras tanto correspondía probar la eficacia de una política centrista: «No se lo tome como un paréntesis, sino como una tarjeta de visita cara a los votantes —había insistido don Niceto—. Y ahora, aproveche el tiempo y trabaje».

Sintiéndose seguro de sí mismo, Portela dio una última calada al pitillo, lo tiró, lo pisó, se puso el bombín y antes de encaminarse hacia la calle del Arenal, le dio un puntapié a la pelota de unos niños que le caía cerca.

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