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7 poemas de Diego Vaya

Diego Vaya es un poeta nacido en Sevilla en 1980. Licenciado en Filología Hispánica y profesor de Lengua y Literatura, su último poemario es Pulso solar (accésit del XXXI Premio Jaime Gil de Biedma, Visor, 2021). Ha publicado los libros de poesía Las sombras del agua (2005), Un canto a ras de tierra (2006), El libro del viento (accésit del XLI Premio Adonáis, 2008), Circuito cerrado (La isla de Siltolá, 2014) y Game Over (XIV Premio Vicente Núñez, Renacimiento, 2015). Su obra poética ha sido antologada en Esto no acaba aquí. 2005-2015 (Maclein y Parker, 2020). También es autor, entre otras obras, de la novela Medea en los infiernos (Premio Universidad de Sevilla, Punto de Lectura, 2013), del libro de relatos Arde hasta el fin, Babel (Maclein y Parker, 2018) y del ensayo Luis Gordillo [insularidad e inconformismo] (La isla de Siltolá, 2016). Presentamos una selección de textos preparada por Abraham Guerrero Tenorio.

***

Otra creación

Estás comiendo fruta. Se ilumina
un poco más el corazón con cada
bocado. Si la vida fuese solo
lo que se ama, su imagen esta tarde sería
tu mano, hijo, y la mía, separadas
por la edad, y de pronto unidas en la fruta.

Coges el trozo y me hablas: tu edad levanta el vuelo
en la boca, tu limpia vocecita.
La mía es esperar mientras tú comes
y ser consciente de que en este instante
me respiras por dentro y te abres paso
hasta un lugar en donde siempre seremos uno.

La piel pelada cae: el tiempo no se oye.
Sé que te queda mucho por vivir
porque la muerte aún es para ti un juego
con una sola regla: quien se muera,
que se levante rápido para seguir jugando.

Tú comes fruta. Pienso: si tu abuela te viese.
Pero no digo nada. Escribo estas palabras
que tal vez leas cuando contemples a tu hijo,
y entenderás entonces que ya no estoy seguro,
mientras se acercan nuestras manos,
quién de los dos recibe o da la vida.

***

El nombre de la fábula

Mi hijo escribe su nombre. Cada letra
es mayúscula. Aprieta fuerte el trazo,
crece la claridad por un momento.
Es la primera vez, lo escribe solo.
Lo recuerdo apretando el lápiz, letra
lenta. Un nombre subiendo por la mano
extasiada al papel. No quiero que esto
acabe. Está sentado ante su mesa
roja, repite trazos, recordando,
sonriendo, y es un juego, la emoción
de un regalo que debe adivinar
antes de abrirlo. Dentro todavía
lleva la confusión de un alfabeto.
Pero es cuestión de tiempo. Escribirá
su nombre. Y yo no quiero que esto acabe.
El trazo entusiasmado por la mano
subiendo en el papel, para llegar
hasta la última letra, donde empieza
la hermosa fábula de creernos únicos:
lo lee y se levanta y ya es su nombre.

***

Otra vez

Si nombramos de nuevo cada cosa
le damos otra vida. Hasta la tierra
más seca guarda el paraíso. Así,
tu voz me pone en pie contra el dolor
y contra tantos días esperando
el mundo hecho sentido. Y si morir
fuera volver a un sitio en que la muerte
ya no importase, entonces regresemos
al corazón de las palabras que arden
y nunca son ceniza ni humo: te amo.

***

La imagen

A esa hora en la que todos los recuerdos
vuelven con su marea hasta mi cama,
cuando la noche adentro es agua ciega
y la respiración la campanada
con la que se hunde el sueño hasta pudrirse,
abro los ojos y por dentro flota
la imagen de mi madre, todavía
joven, guapa, conmigo entre los brazos
y tan viva que vuelvo a ser en ella
su hijo.

***

Oda a la última frontera

Todo comienza cuando escuchas una voz
por la megafonía del aeropuerto.

Y te levantas y andas
y la voz te persigue
y empuja tu reflejo
a través de pasillos y de anuncios.

Aún te sientes parte de ese horror
al que te acostumbraste demasiado
pronto,
amaste cada cosa de este mundo,
su oferta sin descanso, su generosidad,
el don de hacer que todo te pareciera hermoso.
Y cuanto más lo amabas, más te dolía el mundo
porque siempre era poco y siempre había algo que faltaba.
Te dejaste llevar y eso te hizo feliz durante un tiempo.
Pero nada bastó para aplacar
la sensación de haber llegado tarde a todo,
este sentirte siempre en ningún sitio
con un interminable jet lag en el espíritu.

No mires atrás, aún te sientes parte del horror:
tus nervios son tejido digital,
tu vida está sacada de catálogos
que reparten por todas las ciudades,
tu mente es un diseño hecho a imagen y semejanza
de la publicidad, y tu futuro
ya huele a despedida
y no te pertenece.

Las cámaras controlan movimientos,
maletas gestos pasos manos en los bolsillos,
pero nunca el dolor de desaparecer
inyectado en tus ojos mientras buscas tu vuelo.

Y la voz te persigue
como un remordimiento.

A través de los grandes ventanales
las nubes se retuercen en el cielo.
Su sombra es un borrón
donde despegan y aterrizan aviones
y un disparo en tu sien
cuando su eco retumba en los cristales.
Nubes que son aquello que tiraste y vuelve reciclado
en modo pausa-dolor,
hinchadas como bolsas de basura,
tus ojos no reflejan ya otra cosa.
Mirándolas comprendes que tu vida
ha sido siempre huir
y este aeropuerto hoy
es la última frontera.

De pronto se propaga dentro de ti la voz
como un vertido tóxico en la costa.

Escuchas:
Acuérdate de Macbeth:
soñaba con un mundo
donde todos sus crímenes le fuesen perdonados.
Deseaba ser otro, y para serlo,
la realidad también
tenía que ser otra; nadie puede
ser distinto en la misma realidad.

Un policía vuelca tu equipaje de mano
y sientes que eres solo cada cosa que cae,
su golpe, su desorden, su violencia,
la confusión que iguala tantos días.
He aquí las obsesiones que lepran tu cerebro.

Al verte reflejada en el cristal
te da miedo la niebla que eres.

Escuchas:
No importa lo que hagas, renuncia a ti, desnúdate,
rómpete, pégate
cada pedazo
según las instrucciones de montaje.
Ya nunca volverás a ser la misma.

Por todo el aeropuerto parpadean pantallas
con números de vuelo y avisos de retraso.
Y se cruzan las vidas
como estrellas que estallan en silencio.

Escuchas:
Huye de este lugar.

Suena una alarma. Nadie
sabe qué está pasando.

Aquí termina todo
te repite esa voz deshabitada,

esa voz sacudiéndote
como unos cables de alta tensión en la tormenta.

***

Domingo americano

Imagina un domingo americano:
casitas de madera en las afueras,
sus tejados ardiendo con los campos de trigo;
padre e hijo quitándole la herrumbre
a un par bicicletas; al otro lado de la calle,
alguien, desde su porche, les hace una señal,
y durante un momento
este mundo se vuelve del tamaño del hombre.
El aire es un incendio.
Mira: en cada cristal revienta un sol.
Y por si fuera poco están las sobras
de los restos del día con que hacer la comida
y un garaje de latas y de tablas con clavos,
y un seto y el motor del cortacésped,
y la hierba creciéndome en la mente
y echando sus raíces en cada pensamiento,
todo mi tedio, toda mi desesperación:
¿quién soy en esta tarde americana,
en la que ni siquiera
me puedo despedir de quien más amo?

Un coche se detiene delante de la casa.
Hay algo, de repente,
que nos hace felices o infelices:
puertas perfectamente alineadas en la verde avenida
y voces que se escapan como el polvo
de una demolición.
El aire es un goteo de gasolina.
Alguien a quien amaba
ha muerto para siempre:
¿así es como funciona?

***

I

Templa el mundo su forma cristalina

en este día nuevo,

repetido y constante.

Y así, con el cuidado de quien trabaja el vidrio,

todo ha sido creado en esa transparencia.

Y nosotros, en cambio,

somos fragilidad.

Basta que el viento sople

para que cobren forma nuestros miedos

al calor de esta dicha tan precaria.

 

Siempre he estado detrás de una ventana

mirando el mundo, y sólo ahora veo

la eternidad que dura un día.

Mientras,

con qué facilidad

uno y otro se siguen, siempre ajenos

a nuestra condición:

vaho que solo empaña,

despeñado en su empeño de quedarse,

un momento el cristal del cielo y de los días.

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