Para conmemorar el 90º aniversario de la Guerra Civil, José Ángel Mañas recrea en Zenda, día por día en esta sección, lo que aconteció en 1936, quizá el año más trascendental de toda la historia reciente de España. En los dos primeros meses cuenta con la colaboración de Íñigo Palencia.
Miércoles, 8 de enero de 1936: Con ustedes, Gonzalo Queipo de Llano
Pues ya hemos llegado. Vamos.
—¡Cómo se siente que esto ya es ciudad de verdad! Qué pequeña parece Madrid en comparación, y no digamos Sevilla. ¿No ha estado nunca en París? Pues estos gabachos son unos cabronazos, pero tienen dos cosas buenas: el ejército de África y la ciudad más hermosa del mundo…
La mañana era brumosa, aunque ninguno sentía el frío. Tras dejar a los mozos cargar con sus bultos, echaron a andar con el aplomo que da la experiencia de mando y saberse hombres importantes. A su alrededor, viajeros apresurados subían y bajaban de los vagones. Otros esperaban con las maletas. Había un ajetreo constante y el vocerío de los andenes se entremezcló con el chirrido de los frenos de tren. Por encima de sus cabezas coleaba el humo negro de la locomotora, cansada del viaje nocturno desde Irún. Muy envarado, Queipo no llevaba uniforme pero todo en su porte delataba su condición militar. Por lo demás, sus ojos brillantes de malicia no perdían de vista a las mujeres con que se cruzaban.
—¡Y las hembras! —se extasió—. París ha inventado a la mujer. No hay ninguna en el mundo que se le acerque a la parisina. Ahora bien, para casarse, la española, y que perdure la raza… Si hay ánimos, esta noche misma le llevo al Moulin Rouge. ¡Pero no se lo vaya usted a chivar a su esposa ni a la mía!
El ayudante se sintió obligado a reírle la gracia, pese a que no le gustó el tono paternalista. Para entonces, estaban saliendo a la calle. Por aquella parte de la estación había caído, tras atravesar el cerramiento, un tren descarrilado, a finales del siglo pasado. Hay una fotografía del suceso que muchos años más tarde será recreado por Scorsese en la película La invención de Hugo. Queipo de Llano miró su reloj.
—Hemos quedado aquí. No debería de tardar.
Y en efecto, un hombre bien trajeado, con bastón, acababa de salir de un Hispano Suiza cubierto.
—Buenos días, general. Soy Francisco de Moreno y Zuleta, conde de los Andes. Hemos debido coincidir en alguna ocasión, siendo yo ministro con Primo de Rivera, supongo que se acuerda…
—Por supuesto que me acuerdo. Pero ¿dónde está don Alfonso? Le advierto de que no tengo tiempo que perder. Vengo en calidad de inspector de Carabineros, aunque de incógnito. Debo investigar la desaparición de un vagón lleno de armas en Clermont Ferrand que luego ha aparecido en Cerbère, un caso de contrabando claro, y no puedo demorarme…
—Su majestad don Alfonso ha pensado que, en las circunstancias actuales, lo mejor, para guardar la discreción, es que den ambos un paseo en coche. Lo tengo aparcado enfrente —señaló su vehículo. El chófer, un gigante irlandés, esperaba de pie junto a la puerta—. Si es tan amable de acompañarme…, a solas.
—Espéreme aquí, muchacho. Vuelvo enseguida.
Queipo de Llano acompañó al aristócrata, reprimiendo malamente una antipatía que en realidad era mutua. El conde de los Andes conocía el republicanismo de Queipo, a quien nunca hicieron gracia los cortesanos. No obstante, las circunstancias habían cambiado desde que Queipo fue destituido de su cargo por el primer Gobierno de Azaña; y él mismo había hecho hincapié en concertar esta cita para procurar acercar posiciones, en aras de un hipotético levantamiento en el que, si querían que no fuera una nueva sanjurjada, republicanos descontentos y alfonsinos debían darse la mano… o por lo menos respetarse dentro de las diferencias inevitables.
—¿Qué le parece París?, ¿ha venido en otras ocasiones? —preguntó el conde, ya mientras se acomodaban los dos en el asiento trasero del vehículo.


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