Para conmemorar el 90º aniversario de la Guerra Civil, José Ángel Mañas recrea en Zenda, día por día en esta sección, lo que aconteció en 1936, quizá el año más trascendental de toda la historia reciente de España.
Domingo, 8 de noviembre de 1936: Llegan las Brigadas Internacionales
ARISE YE WORKERS FROM YOUR SLUMBERS, ARISE YE PRISONERS OF WANT… FOR REASON IN REVOLT NOW THUNDERS…
Resultaba impresionante ver a los brigadistas con una enorme bandera roja a la cabeza, cada compañía precedida por su pendón bermejo. Quienes cantaban con voz más potente eran los alemanes. Habían sacado elegantes uniformes caquis, nadie sabía de dónde. Desfilaban por delante de los británicos entonando las canciones de Hans Eisler que acompañaban las manifestaciones en su país. Sus voces eran graves, armoniosas. La voz de la Alemania libre. Querían que todos la oyesen.
Los británicos tenían facha menos marcial. Eran menos enérgicos en el canto, pese a que Cornford y Bernard Knox, que entonaban bien, procuraban que no decayera el ánimo. Con todo, parecían más disciplinados y profesionales que los franceses, la nacionalidad más abundante en las brigadas. Los tres cabecillas se empeñaron en que todos estuvieran presentables y procuraban causar la mejor impresión mientras desfilaban cantando la Internacional en su idioma.
—SO COMRADES, COME RALLY AND THE LAST FIGHT LET US FACE. THE INTERNATIONAL UNITES THE HUMAN RACE…
Los ingleses estaban decepcionados con las ametralladoras francesas, unas Saint Étienne que se les entregó en la estación. Las habían sacado de sus cajas. Al ver el trípode y el complicado mecanismo de elevación, se preocuparon. Cuando comprobaron que el arma en sí era aún más pesada que el trípode, al pensar en que habían de transportarlas en campo abierto, entonces ya alternaron bromas y caras largas.
—Las famosas Saint Étienne —dijo un veterano francés—. Un regimiento de mi país las probó en agosto de 1914. Las abandonaron al cabo de un mes. Se atascan siempre. Dejan de funcionar cuando entra la más mínima suciedad en su sistema de cierre. Os digo que, de no ser por el Comité de No Intervención, tendríamos ametralladoras decentes… Tantas ruedas dentadas y correderas ¿sabéis qué me hacen pensar? Un reloj antiguo, de esos cuyos mecanismos indican los días del mes y los eclipses…
Inmediatamente fueron a protestar a un tipo con insignias de general. Dijeron que necesitaban Lewis americanas, de cargador circular. Entre los británicos había especialistas. Aquel hombre grandote, con actitud despreocupada y ojos divertidos, les prometió con buen inglés que haría lo posible. Más tarde supieron que era el general Kléber, agente de la Komintern en las Brigadas Internacionales.
Pese a todo probaron las ametralladoras esa misma mañana y, tras dormir un rato, a las dos hicieron los petates, distribuyeron cajas de munición, desmontaron las Saint Étienne. Como Sommerfield era el más alto, le cargaron con el cuerpo central de una: cincuenta kilos que arrastraba desde que salieron de la fantasmagórica estación de Atocha, con muchos trenes estacionados sin luces. Allí formaron junto con artilleros del Quinto Regimiento, bajo una suave llovizna. El cielo estaba gris. El patio de la estación se llenó de hombres con cara cansada, sin afeitar. Enfrente había un gran hotel con un retrato de Stalin colgado de la fachada.
—Se sabe ya que los fascistas se abren paso. Están luchando en otra parte de la ciudad. Hoy mismo, después del desfile, nos incorporarán al frente —dijo John Cornford.
Ahora la llovizna había parado. Ellos desfilaban. Como era todavía temprano, no había mucha gente viéndolos. Los madrileños, desde las ventanas, los jalearon.
—¡Vivan los rusos!
Pero no parecían convencidos. Nadie se creía que, tras tanta derrota, cambiase el signo de la guerra. Mientras pasaban por calles azotados por el viento, fatigados, mal equipados y hambrientos, entre tiendas con persianas bajadas, Sommerfield, Cornford y Bernard Knox tuvieron la impresión de que la gente en las aceras los miraba como si llegasen demasiado tarde.
—¡Seguid cantando! —gritó Cornford, que desfilaba envuelto en su abrigo raído.
A Sommerfield la Saint Étienne le machacaba el hombro. Sus piezas de metal se le clavaban con sus cincuenta kilos. Además llevaba macuto, manta, cantimplora, cartuchos, bayoneta y botas pesadas. Menos mal que Bernard le sostenía el fusil, pensó. Después de veinte minutos de desfile, quienes cargaban con las ametralladoras estaban ya empapados en sudor, y temblaban con el cansancio.


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