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9 de abril de 1936: El atentado contra Eduardo Ortega y Gasset

9 de abril de 1936: El atentado contra Eduardo Ortega y Gasset

Para conmemorar el 90º aniversario de la Guerra Civil, José Ángel Mañas recrea en Zenda, día por día en esta sección, lo que aconteció en 1936, quizá el año más trascendental de toda la historia reciente de España.

Jueves, 9 de abril de 1936: El atentado contra Eduardo Ortega y Gasset

¡Mire qué destrozo!

Un conserje y el dueño de la ferretería de la esquina lo comentaban en la calle. Estaban en Rafael Calvo, frente al domicilio de Eduardo Ortega y Gasset. Una bomba la víspera abrió un gran boquete en el suelo y los cascotes cayeron al piso inferior, unas oficinas. Todos los cristales de la casa, de la planta baja al último, volaron hechos añicos —los fragmentos se fueron recogiendo y barriendo, aunque aún sembraban las aceras— y en el domicilio tabiques y muebles quedaron destrozados. Los bomberos evacuaron el edificio entero. Había peligro de derrumbe, y hoy el número doce de la calle seguía desierto.

—¿Usted estaba cuando pasó?

—¡Y tanto! Por algo llevo desde ayer contestando a la prensa.

"El morbo con que se comentaba el suceso era el mismo con el que se rumiaba por doquier la destitución de Alcalá-Zamora. Estaba siendo un abril muy azaroso"

El morbo con que se comentaba el suceso era el mismo con el que se rumiaba por doquier la destitución de Alcalá-Zamora. Estaba siendo un abril muy azaroso.

—A las once menos cuarto llegó a la portería un muchacho de no más de diecisiete años. Traía una cesta con huevos y un pollo. Ya sabrá que don Eduardo recibe en su domicilio todo tipo de cartas y paquetes. A la criada que le abrió, el chico le dijo que venía de parte de un empresario amigo, subió y después se fue apresuradamente…

—¡Qué barbaridad!

—Como llovía tanto, a la portera no se le hizo raro verle salir corriendo del portal. En casa, la muchacha de servicio entregó la cesta a la señora. Al destaparla y sacar el pollo y los huevos, se dio cuenta de que había una capa de virutas de madera y no de paja. Siguió sacando virutas y descubrió una tartera de las que se emplean para conservar fiambres. Al lado había un bote para guardar el té. Entonces salió humo, un ruidito «shhh», olor a azufre. Y ya se asustó. Gritó a la sirvienta que sacara a los niños del piso. Mientras ellos la esperaban en la escalera, aún tuvo la valentía de coger el colchón de una cama y echarlo sobre la cesta. Y ya cogía un abrigo en el vestíbulo, cuando al llegar al descansillo estalló la bomba, derribando techos, destrozando los muebles y tirándola al suelo. Hasta le cayó encima la puerta. Es un milagro que no esté en el otro barrio.

—Tiene mucha entereza esa mujer.

—Es la esposa de don Eduardo Ortega y Gasset. Será por algo.

El día aclaraba. Escampaba y Madrid empezaba a parecer Madrid. Nadie parecía concederle demasiada importancia a la forma en que se había liquidado políticamente a un presidente de la República. En Inglaterra incluso lo aplaudían: «Cómo cambian de presidente en España», titulaba un diario la noticia del día.

En definitiva, la vida continuaba.

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