Para conmemorar el 90º aniversario de la Guerra Civil, José Ángel Mañas recrea en Zenda, día por día en esta sección, lo que aconteció en 1936, quizá el año más trascendental de toda la historia reciente de España.
Lunes, 9 de noviembre de 1936: Camino a Paracuellos
¿Por qué nos detenemos?
El autobús había salido media hora antes de la cárcel Modelo. Transportaba de madrugada a varias docenas de presos maniatados. Echó a rodar por la carretera de Barcelona. La noche estaba clara. Nada más salir de Madrid, cuatro bombarderos italianos los sobrevolaron. Hicieron un ruido ronco, amenazante. Los Fiat C-32 se reconocían por las luces. Algunos presos era la primera vez que los veían. Se murmuró que los aviones eran los suyos. En algún momento se oyó a lo lejos un estruendo de bombas. Se alzaron columnas de humo. Alguna explotó no lejos. Eso los alteró.
—¡A callar todos! —exclamó un guardia en primera fila, detrás del conductor. Y agitó su fusil.
Se hizo el silencio. Por la carretera los seguía una fila de camiones y autobuses de dos pisos, del servicio urbano. La orden del traslado provenía de la Consejería de Orden Público, la Junta de Defensa. En cada vehículo viajaban sesenta presos y una docena de milicianos.
Los presos no estaban tranquilos. Sabían que los trasladaban a otra cárcel para alejarlos del frente. Sabían que hacía varios días que llegaban a las prisiones madrileñas milicianos a los que llamaban vigilantes de la retaguardia, enviados, se decía, por los rusos. Eran comisarios políticos que repasaban fichas y hacían listas en las que incluían a militares profesionales, hombres de carrera, y en general a todo aquel capaz de incorporarse a la quinta columna, la obsesión de la Consejería de Orden Público. Se rumoreaba que había habido varias llamadas telefónicas del ministro de Gobernación, el cual, de camino a Valencia, ordenó la evacuación definitiva de reclusos hacia Alcalá de Henares. Y Paracuellos del Jarama, adonde llegaban, quedaba en el camino.
—A lo mejor hay aquí algún tipo de instalación. De todas formas, no me gusta que no nos dejen traer objetos personales —murmuró un preso.
Desde que el anarquista García Oliver se hacía cargo de la cartera del ministerio de Justicia, y sobre todo desde que volvió a Madrid, se notaba el cambio. La principal preocupación del líder faísta eran los ocho mil presos de las cárceles que, de caer Madrid, pasarían a formar parte del ejército sublevado. «¿Ocho mil? —le dijo a su secretario—. Pues dentro de una semana quiero que queden quinientos». La anécdota corrió por todo Madrid. Los guardias de las cárceles estaban al tanto y, a través de ellos, algunos reclusos.
—¡Si es verdad que nos quieren trasladar a Alcalá, habrá que dar gracias a Dios cuando lleguemos… Todo es muy raro… Y por lo que cuentan de Santiago Carrillo…
Nadie dijo más. Desde que estaba al frente de la Consejería de Orden Público, Santiago Carrillo tenía como objetivo acabar con cualquier resistencia interna. La evacuación de cárceles formaba parte de su estrategia. El partido comunista se ocupaba del mantenimiento del orden público, y Carrillo tomaba un protagonismo incuestionable.
El autobús que les seguía frenó. No estaban lejos de la mesa sobre la que se alzaba Paracuellos del Jarama. Los prisioneros se removían, como animales que van al matadero.
—¡He dicho que a callar! —gritó el mismo miliciano.


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