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Parte de la existencia

También caído en combate

Lo dije al principio de la pandemia: enfermaré cuando todo haya ocurrido, o al menos esté bajo control, y contagiarse ya no sea noticia ni despierte la menor alarma en los alrededores cotidianos. De regreso tras un largo viaje en el que he tenido que pasar por cuatro aviones y otros tantos aeropuertos a lo largo de dos días —y que, imprevistos aparte, me ha procurado recuerdos nada despreciables: el skyline de Filadelfia recortándose sobre el cielo brumoso en los prolegómenos de un aterrizaje, la City londinense entrevista a lo lejos, tras una extensa llanura alzada ante los ventanales de Heathrow—, una larga cadena de correos electrónicos iniciada desde el otro lado del océano por nuestra anfitriona canadiense me obliga a rebuscar el test de antígenos que había metido en la maleta, por si advertía síntomas durante mi estancia transatlántica, y del que no había vuelto a acordarme. El positivo aparece de inmediato y, con él, la constatación de que la pandemia continúa aunque nos hayamos acostumbrado a hacer como que no existe. No es un lamento ni un reproche colectivo. Es, más bien, una constatación feliz: lo que hace sólo dos años se percibía como un riesgo severo y hasta letal, no es hoy más que una enfermedad molesta y más o menos duradera que, salvo en casos puntuales, sólo exige ser sobrellevada con paciencia. Las vacunas, mal que les pese a algunos, han hecho su trabajo, y también el virus ha tenido que adaptarse para poder expandirse sin sacrificar a unas víctimas a las que, al fin y al cabo, necesita vivas para garantizar él mismo su propia supervivencia. Ana Merino, que trabaja en Iowa y tiene amigos que investigan en los laboratorios donde se desmenuzan los entresijos covidianos, me cuenta que allí se considera que hemos llegado a ese punto, tan anhelado en 2020, en que podemos permitir que la cuestión se viralice porque ya nos hemos hecho con las defensas suficientes para contrarrestarla. Nos intercambiamos un par de mensajes el mismo día de mi positivo y me envía ánimos, que es justo lo que se necesita ahora —ya no salud, ya no fuerza, ya no suerte, por fortuna— para encarar unas jornadas de arresto domiciliario que van transcurriendo entre pequeños quebrantos laborales, algunos libros, ciertas películas intrascendentes y la minuciosa contemplación de determinadas rutinas —tomar la temperatura un par de veces al día, los consabidos medicamentos preventivos— que tienen como fin evitar males mayores. Creo que era en Sefarad donde Antonio Muñoz Molina hablaba del exilio de la enfermedad, esa extrañeza que asalta cuando nuestros organismos se alteran y parecen alejarnos de cuanto sucede alrededor, la constatación de que todo continúa transcurriendo sin interrupción y aquello que nos perturba no constituye más que menudencias para el continuo girar del mundo. De que antes o después todos caeremos mientras el combate siga y serán otros quienes nos tomen el testigo, porque también el hecho de dejar de existir forma parte de la existencia.

Borges, una ceguera

"A sus ochenta y cinco años, Borges se revela en ese texto como un hombre avergonzado por una ceguera que resultaba en este caso mucho peor que la puramente física"

Me dice José Luis Rodríguez Zapatero que, en su opinión, hubo dos razones básicas para que la academia sueca no concediera a Jorge Luis Borges los laureles del Nobel. La primera obedece a una cuestión estrictamente literaria: no escribió nunca el argentino una novela porque lo suyo eran las distancias cortas, convencido como estaba de que no vale la pena dilapidar quinientas páginas para decir algo que puedes expresar en cuatro o cinco folios. La segunda sigue los derroteros políticos y tiene que ver con el beneplácito que el escritor concedió a la dictadura militar argentina, y también a la pinochetista, en sus comienzos, como consecuencia de su antiperonismo recalcitrante y su querencia por el orden y el concierto. Por mucho que luego se desdijera y pusiera su firma en un manifiesto que exigía justicia y reparación para los miles de desaparecidos, esa primera reacción suya ante el golpe marcó de un modo irreversible no sólo la percepción de su figura pública, sino la acogida que su obra comenzó a tener en determinados ámbitos. Por eso me gusta recordar el que para mí es uno de los textos borgianos más conmovedores: un artículo terrible y hermoso que escribió tras asistir a la declaración que Víctor Melchor Basterra, un obrero gráfico que había sido secuestrado y torturado, hizo en el juicio que se celebró en 1985 contra las Juntas Militares. Lo difundió la agencia Efe y lo publicó en España el periódico El País. «He asistido, por primera y última vez, a un juicio oral. Un juicio oral a un hombre que había sufrido cuatro años de prisión, de azotes, de vejámenes y de continuada tortura», comenzaba. A sus ochenta y cinco años, Borges se revela en ese texto como un hombre avergonzado por una ceguera que resultaba en este caso mucho peor que la puramente física, con la que venía conviviendo desde años atrás: «De las muchas cosas que oí esa tarde y que espero olvidar, referiré la que más me marcó, para librarme de ella. Ocurrió un 24 de diciembre. Llevaron a todos los presos a una sala donde no habían estado nunca. No sin algún asombro vieron una larga mesa tendida. Vieron manteles, platos de porcelana, cubiertos y botellas de vino. Después llegaron los manjares (repito las palabras del huésped). Era la cena de Nochebuena. Habían sido torturados y no ignoraban que los torturarían al día siguiente. Apareció el Señor de ese Infierno y les deseó Feliz Navidad. No era una burla, no era una manifestación de cinismo, no era un remordimiento. Era, como ya dije, una suerte de inocencia del mal.» El artículo se cierra con un aldabonazo que tantas extrapolaciones a nuestro tiempo admite y cuyos ecos, contundentes, no aplaca la templanza de la retórica borgiana: «Es de curiosa observación que los militares, que abolieron el Código Civil y prefirieron el secuestro, la tortura y la ejecución clandestina al ejercicio público de la ley, quieran acogerse ahora a los beneficios de esa antigualla y busquen buenos defensores. No menos admirable es que haya abogados que, desinteresadamente sin duda, se dediquen a resguardar de todo peligro a sus negadores de ayer.» Borges no estuvo solo en el juicio. Lo acompañaba un periodista que contó que, mientras escuchaba hablar a Basterra, el escritor sólo fue capaz de pronunciar, casi en un susurro, dos palabras: «Qué horror.»

Una dolorosa lección

"No creo que deban repatriarse los restos de Azaña, como tampoco pienso que tengan que volver los de Antonio Machado"

No creo que deban repatriarse los restos de Azaña, como tampoco pienso que tengan que volver los de Antonio Machado —quien al fin y al cabo escribió aquello de que sólo nos pertenece verdaderamente la tierra donde morimos— ni los de los republicanos españoles a los que el exilio abocó a morir en otras tierras. Entiendo, sin embargo, los argumentos de quienes defienden la opción contraria. Igual que la sepultura machadiana en Collioure, la última morada de quien fuera presidente de la Segunda República en Montauban es un lugar sagrado —también los laicos tenemos de eso— que no deja de arrojar lecciones que resultan valiosas en el presente. Cipriano de Rivas Cherif, que fue su cuñado, escribió una biografía de Azaña modélica e imprescindible para conocer a la persona que había detrás del personaje, pero, como señala esta tarde acertadamente Adrián Barbón, no pudo recoger —porque los desconocía— todos los pormenores de su entierro. Azaña exhaló su último suspiro en un hotel de esa pequeña localidad próxima a Toulouse tras una agonía dificultosa que transcurrió bajo la protección de la Embajada de México, que se ocupó de evitar que la Gestapo lo secuestrara y lo entregase a las autoridades franquistas. Francia estaba ocupada por los nazis y las autoridades colaboracionistas no quisieron de ningún modo que su féretro se envolviera en la bandera republicana. Sólo aceptaban que lo arropara la enseña que acababa de adoptar la España franquista, en lo que no dejaba de constituir una macabra humillación póstuma. El embajador mexicano emitió entonces una respuesta al prefecto de Montauban que ha permanecido a lo largo de las décadas como una de las manifestaciones más sublimes de la dignidad: «Lo cubrirá con orgullo la bandera de México. Para nosotros será un privilegio; para los republicanos, una esperanza; y para ustedes, una dolorosa lección.» Tengo para mí que esa lección, que algunos siguen empecinados en no aprender, se perdería irremediablemente si emprendiesen el camino de vuelta esos restos que pertenecieron a un hombre cuya biografía se fue desenvolviendo empujada por el compromiso con su lugar y con su tiempo, y que fue tan coherente que no quiso detenerse cuando constató que los vendavales de la historia se lo terminarían llevando por delante.

 

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