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Guillem López lleva a Lovecraft al norte de Alicante en una novela ambientada en 2052

Guillem López lleva a Lovecraft al norte de Alicante en una novela ambientada en 2052

Entre la ficción especulativa y una literatura poco convencional se mueve el escritor castellonense Guillem López, referente del género fantástico español, en su última novela, Ardiente sol de la infancia, que recrea «un mundo Lovecraft llevado a un territorio cercano, el norte de Alicante, en un futuro próximo».

En una entrevista con Efe, Guillem López (Castellón, 1975) señala que Ardiente sol de la infancia está ambientada en el mismo universo de su anterior novela, Lago negro de tus ojos, ambas publicadas por la editorial Runas, y que «básicamente se basa en los mitos de Lovecraft, pero llevados a pueblos del sur de Valencia y el norte alicantino».

En la novela, Gales huye con su hija al único lugar en que no podrán encontrarla, con el objetivo de ganar tiempo para ella, que siga adelante entre las ruinas de un mundo roto y la semilla de algo que está por venir, algo indefinible y terrorífico. Ese viaje, que en realidad es un retorno, la llevará a enfrentarse con su madre después de décadas sin hablarse, a viejas amistades perdidas, y a un pueblo que la odia y teme a partes iguales, mientras es perseguida por asesinas profesionales, sectarios, matones armados y una agencia secreta encargada de la protección del planeta frente a poderosos entes alienígenas.

Confiesa el escritor que es su «novela más comercial», que define como «un drama lovecraftiano que retrata básicamente un conflicto intergeneracional, pues se trata de un retorno a casa en busca de redención, con una madre y una hija que arrastra todos los problemas y los pecados del pasado y que se traen a un presente fronterizo, ambientado en 2052, en un momento en el que no se sabe exactamente adónde va a ir el mundo». Sin embargo, advierte Guillem López, «no se trata de un mundo postapocalíptico, sino que es un apocalipsis suave, con un sistema que ya ha dejado de existir como tal, y los personajes se mueven en un mundo que no saben exactamente hacia dónde irá, igual que ellos mismos están en un momento en el que no saben qué harán».

El autor considera que «tampoco es distópica» porque retrata «un mundo fronterizo, que se encuentra en un momento en el que puede caer en una distopía, pero también podría ser que las cosas salieran bien, y lo que es imposible es volver al pasado». En ese empeño de alejarse de la distopía, López encabeza cada capítulo con fragmentos de canciones de gótico sureño, western, country, «una música que también confiere ese aire fronterizo». Su objetivo era «provocar incomodidad en el lector», que es, apunta, lo que hace con todos sus libros, género weird o literatura inusual, que busca incomodar «sea por los temas o por la estructura del libro, o por lo mismo que te está transmitiendo al dejar finales abiertos, cosas que no puedes llegar a entender».

Ardiente sol de la infancia se divide en capítulos muy cortos, algo deliberado: «Siempre trabajo bastante las estructuras de mis libros, porque no deja de ser también una forma narrativa. No solo importan las historias que te cuentan, sino también cómo te las están contando». Fijar la historia en 2052 se explica porque su anterior novela estaba ambientada en 2030, cuando en la superficie del planeta habían aparecido unas lagunas extrañas sin profundidad que permitían ver otra parte del sistema solar, y ese año «marcaba el reloj de inicio» de la nueva novela, si bien no es una continuación, porque la nueva está ambientada en ese universo veinticinco años después, después de una transición económica y social.

Recuerda López un concepto de la teoría del terror, the worst to come (lo peor por llegar), y en la novela ese gran reto que viene es el cambio climático: «En el libro ya se retratan problemas con el agua». Para documentarse, López tomó todas las previsiones climáticas que había para el 2050, que le parecían bastante altas, y por ello rebajó un poco cuestiones relacionadas con la temperatura, la subida del nivel del mar, las sequías o el cambio de estaciones, pero cuando ya tenía el libro escrito y entregado a la editorial «salieron unas nuevas previsiones todavía más extremas». «Aunque no se menciona expresamente, el cambio climático se convierte en el monstruo indefinido, en el horror cósmico del que hablaba Lovecraft, un horror que no comprendes pero que sabes que trasciende a nuestra propia existencia».

En esta novela, el escritor castellonense asumió el reto de escribir ficción especulativa a corto plazo: «Situar la acción en el siglo XXII es mucho más fácil, porque te puedes imaginar un mundo futuro como quieras, que no ubicarla en 2052, que es más arriesgado». De todos modos, añade, «todas las novelas de ficción especulativa no dejan de ser proyecciones de nuestro momento presente, con nuestras esperanzas y también nuestros miedos de lo que pueda pasar».

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