Foto de portada: Jeff Wall (Adrian Walker, Artist, Drawing from a Specimen in a Laboratory in the Dept. of Anatomy at the University of British Columbia, Vancouver [1992])
[1- 14 diciembre]
Comienzas la semana en el fisio. Los antebrazos y los hombros. No hay manera. Has probado ya todos los remedios. Infiltraciones de corticoides, plaquetas… te falta ya algún chamán. También te ayudaría con el resfriado. La congestión, las toses y el malestar. Lo llevas todo encima.
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Entre clase y clase, terminas de preparar la conferencia del jueves para el congreso Estéticas de la lentitud. «Mirar despacio: atención, experiencia, memoria». Cuanto más la lees más inseguro te sientes. Llevas un tiempo fuera del juego del arte. Y, además, esta charla te ha pillado a desmano. Tienes la cabeza en otro sitio. Ya es tarde para cancelar. Pero lo sigues pensando.
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El miércoles, mesa redonda en La Cárcel Vieja. Con Vega Cerezo y Antonio Garber. Habláis de los desafíos de la literatura para el presente y, como siempre, aparece la cuestión de la inteligencia artificial. Tú dices que no tienes miedo. Todo lo contrario. Además, continúas, hace tiempo que aprovechamos las máquinas para escribir. El auto-corrector, los sinónimos, las búsquedas de Google…, cortar y pegar. Hemos incorporado la técnica a la escritura y lo hemos naturalizado como si siempre hubiera estado allí.
Otra cosa, claro, es la escritura de las máquinas. Esa no te interesa nada. ¿Harán buenas novelas? Las harán correctas, sin duda. Más incluso que eso. Mucho mejor escritas que la mayoría de las que se publican. Para la literatura de entrenamiento puro, de fórmula y cliché, la IA gana por goleada. Porque ese es su terreno: lo predecible, lo ya hecho, lo recalentado.
Para la otra literatura, la que imagina, la que inventa, la que incluye el fracaso, la duda, lo inesperado… para esa aún falta. Mientras no vivan, sueñen y lloren porque han perdido a quienes aman, a las máquinas les falta todavía mucho por recorrer. O eso al menos quieres pensar.
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El jueves viajas a Madrid con dolor de cabeza y el resfriado en todo lo suyo. Llegas directamente a la universidad sin tiempo siquiera para dejar las cosas en el hotel y echarte algo de agua en la cara. Notas la fiebre y la congestión durante las ponencias que preceden a la tuya.
Cuando te llega el turno ya estás cansado. Clausuras el congreso y es todo un honor. Pero no estás en tu mejor momento. Lo notas mientras hablas y sientes que te falta precisión en el lenguaje, en los argumentos. No llegas a enunciarlos como habías preparado. También ocurre que has traído más de la cuenta y, al saltar varios párrafos, pierdes la conexión. Acabas frustrado y un poco avergonzado.
Sin embargo, al terminar, varios asistentes parecen entusiasmados por la conferencia. Te lo hacen saber con comentarios y preguntas. Casi una hora de debate. Te sientes como en una tesis doctoral, respondiendo a preguntas cada vez más complejas y articuladas. No tienes la cabeza para mucho, con la congestión y el cansancio. Pero lo contestas todo. Y al final, acabas con la sensación que lo que has dicho realmente importa en ese contexto y ha merecido la pena.
De camino a la cena continúa la conversación. Nunca has sentido una diferencia tan grande entre tu percepción de lo que has hecho y lo que dicen los demás. Tanto, que hay un momento en el que incluso comienzas a dudar de que el entusiasmo sea cierto y te da por pensar que, en realidad, todos te están haciendo creer que ha sido un éxito para aliviarte del fracaso. No puedes quitarte esa idea de la cabeza. Porque tú estás convencido de que lo ha sido un desastre.
Tras la cena buscáis un sitio para una copa. Cuando parece que todo está perdido os llaman desde un bar extraño. Cabéis allí. Una coctelería esotérica.
Se abre una puerta secreta y bajáis a un sótano. En las vitrinas, un Necronomicón, una ouija, amuletos y libros de conjuros. La chica que os atiende os explica que los cuadros son de Margaret Modlin. Y entonces caes: calle Pez. El libro de Paco Gómez. Es la casa de los Modlin. Y de repente, todo cambia. Días después, Paco Gómez te sacará del equívoco. La casa estaba en esa calle, pero en otro número. Pero eso no lo sabes aún. Así que esta noche crees estar en el sótano de aquella casa misteriosa. Y en tu cabeza no cesan de formarse historias.
Por alguna razón, todo te recuerda a la serie Archivo 81. El sótano del edificio, el culto esotérico, los secretos del edificio… Tú estás ya tan cansado —aún no has hecho el check-in en el hotel— que todo comienza a hacerse más irreal. Ayuda el olor a incienso, que también se te mete en el cuerpo. Y sobre todo el cóctel que tomas, Poder Psíquico. Que más que darte poder, te da un sueño tremendo y llegas al hotel ya prácticamente dormido.
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En el tren Madrid-Murcia lees Y eso fue lo que pasó, de Natalia Ginzburg. Es el que más te ha gustado hasta ahora de la autora italiana. Aunque la idea de justificar un crimen pasional —la bala en el pecho que la protagonista dispara a su marido en la primera frase— hoy se aguanta con cierta dificultad. La propia Ginzburg lo reconoce en una nota escrita dos décadas después de su publicación. Te interesa la reflexión ética que propone ahí. Y también la idea de que a veces la escritura saca también lo peor de nosotros. No siempre es un consuelo. A veces, todo lo contrario. Subrayas una idea que parece hablar directamente sobre la novela que estás escribiendo:
«A veces nos vemos inclinados a escribir no sólo libros que nos gustan mucho, sino también otros que no nos gustan en absoluto. Son ésos los que acaban llevándonos por calles oscuras, los que nos hacen tocar acordes secretos, colmándonos de lágrimas y conmociones innobles y a veces vulgares, pero esas conmociones y esas lágrimas, que surgen de nosotros a pesar de que nuestra mente es hostil a ellas, son las que nos dan el impulso de la escritura.»
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Por la noche, concierto de Mind Enterprises. Llevas todo el año viendo sus vídeos de tecno retro en Instagram y te hace ilusión verlos en directo. Raquel y tú os vestís con un chándal retro que habéis comprado por internet. El tuyo se parece mucho al que llevaste durante tu adolescencia. Negro, verde y violeta. Recuerdas dónde estaba en el armario, cómo se adaptaba a tu cuerpo. Muchas de las escenas de aquel tiempo —las felices, pero también las más oscuras— las viviste con un chándal similar. Sin embargo, esta noche te sientes disfrazado. Te viene a la mente la frase de Marx: «primero como tragedia, después como farsa».
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Todo el puente lo pasas en casa, leyendo y viendo series. Por fin un momento de descanso.
Ves Terra Alta, inspirada en la novela de Cercas. La serie no puede ser peor. Aunque lo que ves después lo supera: Silencio, la miniserie de Eduardo Casanova sobre vampiros queer y el estigma del VIH. Delirante en todos los sentidos. Al fondo, hay una idea interesante. Pero un resultado terrible. Como suele ocurrir: las buenas intenciones suelen dar los peores resultados creativos. El panfleto no funciona como arte.
Lees Vivir en zapatillas: Sobre la renuncia al mundo en la actualidad, de Pascal Bruckner. Te resulta facilón y lleno de ideas comunes. Y además, contraviene lo que habías pensado que te ibas a encontrar. Creías que ibas a leer un elogio de la horizontalidad y la renuncia a la productividad, y te has encontrado todo lo contrario: una reflexión sobre los peligros de quedarse en casa y perder la sociabilidad real. Te interesa algo de esa postura, porque se enfrenta a la idea de la casa como refugio frente a todo (que defiende Byung-Chul Han, entre otros). Porque es cierto que la vida sucede en la relación, en las calles, en el encuentro. Quedarse en casa puede acabar en la desactivación política absoluta. Pero el ensayo de Bruckner no da demasiadas claves más allá de la lógica de un tertuliano. Últimamente, estás leyendo varios ensayos de este calado: pura superficialidad. Filosofía kitsch.
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El martes, por fin, tu agente te llama por teléfono. Ha leído la novela. Veredicto general: le ha encantado. Respiras. Y ahora: comentarios. Cosas que le gustan más. Cosas que le gustan menos. Y cosas que no funcionan. En general, estás de acuerdo en todo. De hecho, la mayoría ya las intuías, pero necesitabas una lectura exterior.
Otras, las que más temías, sin embargo, funcionan: la voz de mujer, el punto de vista, el tema espinoso. El corazón de la novela. Eso parece pasar bien el filtro. Con eso ya te valdría.
Y luego hay algo estructural. Los fragmentos de voces que atraviesan la novela. Eso es lo que no funciona. Es donde más dudas tenías. Y al mirar con otros ojos lo comprendes: no funcionan así. Varias semanas de escritura, a la basura. Pero está claro: no funcionan.
Cuando cuelga, tras casi una hora de conversación, tienes el cuaderno lleno de notas. Las repasas todas. Hay cortes y reescrituras que puedes hacer fácilmente. Es solo cuestión de tiempo y paciencia.
Y luego está la cuestión estructural. No sabes aún cómo la vas a solucionar. Esto tienes que pensarlo. Pero también es cuestión de tiempo. Acabará llegando. Lo acabarás solucionando. Aunque ahora no tienes la menor idea de cómo lo harás
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Por la tarde, en Alicante, presentas El intervalo, la primera novela de Aurelio Serrano. Escribiste un blurb elogioso para el libro porque te gustó y te interpeló desde el principio. La valentía con la que se adentra en los cuidados y el duelo, la prosa cruda y punzante. Una primera novela madura que estás convencido de que dará mucho que hablar. Todo lo bueno que le pase se lo merece. A la novela y, sobre todo, a su autor. Amigo querido y ahora también admirado.
La presentación sale bien y vuelves a casa temprano. Tienes reuniones al día siguiente, pero sobre todo, tienes la cabeza en tu novela. No logras quitarte de la cabeza esa falla estructural. El trayecto en coche te sirve para pensar. También dormir. Sueñas con qué harías.
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Pasas dos días dándole vueltas al problema. Lo tienes ahí presente en la clase del taller de literatura, cuando lees, cuando ves la televisión, cuando sales a caminar, cuando vas al fisio y te ponen las corrientes. No descansas un minuto. Sientes cómo poco a poco algo parece intuirse. Apuntas ideas. Estás cada vez más cerca. Hasta que en un momento determinado, de repente aparece la solución. Al menos la idea para llevarla a cabo. Te levantas de la silla y cierras los puños, como si tu equipo hubiera marcado un gol. Aún no sabes si vas a poder llevarla a cabo; te falta escribirla y probar si funciona. Pero si puedes hacer lo que has imaginado, la novela va a funcionar mucho mejor que antes. De hecho, esa modificación estructural puede ser ahora la verdadera clave de todo lo que has escrito.
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El viernes, en Dénia, conversación con Javier López Alós dentro del ciclo Koinós. Sigues algo resfriado, aunque bastante menos que la semana anterior. Os quedáis hablando hasta tarde de precariedad, mundo universitario y políticas editoriales. Agradable conversación y también noche tranquila en el hotel.
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Desayunas temprano y regresas a casa en el coche. Sigues con la novela en la cabeza. Ahora más tranquilo, sabiendo que la solución ya está ahí. Al llegar, encuentras a Raquel con fiebre. Cada vez más alta. El resfriado —la gripe o lo que sea esto— se ha pasado ahora a ella. Entre eso, la lluvia y que para entrar al centro de salud te pones la mascarilla, de repente recuerdas los tiempos del Covid. Qué rápido lo hemos olvidado todo y qué lejos parece estar.
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Lees Refugio, de Olga Tokarczuk, el cuento surgido de la iniciativa «Escribir el Prado». Es el mejor de los cuatro publicados hasta ahora. Mejor que Coetzee, que Aridjis y que Banville. Una especie de falsa entrevista situada en un futuro distópico en el que el arte se ha convertido en algo así como un refugio, una plataforma de escape. Pura imaginación. El arte como lugar para pensar: la crisis climática, la escalada bélica, la inteligencia artificial, el futuro de la humanidad. Es una pequeña obra maestra. De lo mejor que has leído este año.
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El domingo terminas de leer de nuevo el último borrador. Has señalado en rojo párrafos reiterativos, capítulos excesivamente teóricos, pasajes que ralentizan el avance de la narración. Todo lo que tienes que corregir. Has leído con ojos de editor.
Ahora debe regresar el escritor. El que tratará de solucionar todo eso. También el que debe trabajar a conciencia en esa solución estructural. Cambiar las voces individuales por una especie de nosotros institucional. Aún no sabes si funcionará. Para eso tienes que escribirlo. Pero algo te dice que sí. En cualquier caso, es cuestión de tiempo. Tiempo, paciencia y también «inspiración» —es decir, concentración y trabajo de precisión—. Esas serán tus navidades. Las vas a vivir dentro de la novela. Pero ahora sabes ya claramente lo que tienes que hacer. Escribir. Otra vez. Más cerca del centro. Intentando rozarlo esta vez.


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