Para conmemorar el 90º aniversario de la Guerra Civil, José Ángel Mañas recrea en Zenda, día por día en esta sección, lo que aconteció en 1936, quizá el año más trascendental de toda la historia reciente de España. En los dos primeros meses cuenta con la colaboración de Íñigo Palencia.
Lunes, 6 de enero de 1936: La muerte de Valle-Inclán
La tarde seguía negra en Santiago. Negro día de Reyes. Negro presagio. Sin embargo, la calle estaba llena de obreros. Utilizaban el festivo en que no tenían que acudir a los talleres para rendir su último homenaje a don Ramón. Las caras serias; las formas toscas, delatando su extracción humilde. Cuando el féretro surgió por la puerta de la clínica, se hizo el silencio. Un silencio respetuoso y sincero. Casi al mismo tiempo, empezó a llover. De entrada, los miembros de la comitiva agacharon la cabeza. Enfilaron el camino de Boisaca, con resignación gallega, ante la inclemencia meteorológica.
Ramón María del Valle-Inclán había muerto un día antes. Una clínica de Santiago fue su morada durante el último año de su vida.
Los sepultureros, sombríos, esperaban con botas enfangadas en el barrizal. Un hoyo abría sus negras fauces, esperando el ataúd. Ni un responso, ni un padrenuestro. Valle había sido tajante: «Ni cura humilde, ni fraile, ni jezuita zabiondo». En su lecho de muerte nunca llegó a aceptar el auxilio espiritual. Cuando le ofrecían llamar a un cura para ponerse a bien con Dios, siempre respondía: «Mañana». Y mañana llegó sin el menor arrepentimiento, con su insolencia intacta. Así se lo llevó la muerte. Los sepultureros rodearon con cuerdas el ataúd, las sujetaron por los extremos y lo suspendieron en el aire. Casi resbalando en el barro, hicieron descender el cajón. Poco a poco, la cruz que lo decoraba se adentró en la negrura de la tumba… Un momento, ¡una cruz!
—¡La cruz! —gritó un muchacho miembro de la CNT—. ¡Él no quería beaterías en su entierro!
Nadie se había dado cuenta del detalle, y no pudieron detener al chaval, que se abalanzó sobre la caja para arrancar el crucifijo. Los sepultureros procuraron sujetar las cuerdas que mantenían en vilo al ataúd. Fue en vano. Con el peso del chico, que forcejeaba con la cruz, las cuerdas resbalaron de las manos de los enterradores. Caja y jinete se precipitaron hasta el fondo del hoyo. Un estrépito que ni siquiera los truenos pudieron silenciar, coronó el descenso.
Crucifijo en mano, el chico remontó, triunfante, a la superficie.
—Quería un entierro civil, y un entierro civil tendrá. ¡Ni cruces, ni gaitas!
¡Cómo se hubiera divertido don Ramón con aquel último esperpento que se estaba representando a su costa! Entre las tinieblas, de profundis, empapados por el barro del hoyo, los tablones astillados de la caja, destrozada en su caída, dejaban entrever la larga barba blanca de don Ramón y una mano exangüe.


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