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Juan Muñoz: arte de inteligencia y maestría de ilusionismo

Juan Muñoz: arte de inteligencia y maestría de ilusionismo

A las obras de Juan Muñoz uno llega tarde siempre. La función ya ha empezado, el autor ya se ha ido. Se ha esfumado, de hecho, como en truco de magia, de manera que uno llega a preguntarse, en el aturdimiento, si ha existido alguna vez, si los personajes no actúan en otra realidad o viven por su cuenta.

A decir verdad, no hay función, era sólo una forma de hablar, una imprecisión del lenguaje. Hay escenario, eso sí, y hay habitación de la escena. De hecho, esa habitación del espacio quizás sea una de sus características principales (como escultor), unida a su talento en la narración (como cuentista) y a su mirada grotesca (como lugar donde convergen la risa y la crueldad). El resultado de toda esta mezcla es una completa desfamiliarización, un extrañamiento.

"En sus piezas se pone en marcha el sentido de la observación a diferentes ritmos. Observamos a seres que observan, pero sin posibilidad de encuentro"

Ello explica la sensación inicial (hemos llegado tarde), la incomodidad (quizás no sea éste nuestro lugar), el desconcierto (¿qué hacen estas criaturas extrañas, ríen porque quieren reír o ríen porque no les queda otro remedio?). El estudio teatral, de raíz barroca, y la inquietud moderna crean estos pliegues que tan pronto nos hacen pensar en Borromini como en Velázquez, en Goya como en Conrad o en Schnittke. Las criaturas (enmascarados, funambulistas, enanos, chinos, personajes asomados al balcón, navajas, tentetiesos, ridículos dementes…) no nos necesitan, viven ajenas a nosotros, como lo hace un espejo. La comunicación es imposible y todo parece inestable.

"Tampoco las escalas son de fiar, pues una caja de madera puede contener un mundo y los humanos pueden ser más pequeños que los humanos, causando incomodidad"

En sus piezas se pone en marcha el sentido de la observación a diferentes ritmos. Observamos a seres que observan, pero sin posibilidad de encuentro. La ilusión, el trampantojo, afecta tanto a los suelos como a las paredes, a las cortinas, a los pliegues entre las cosas. Las voces que habitan las obras de Juan Muñoz no son inteligibles. La conversación es muda o en otra lengua, también está desplazada. Por eso la risa produce pavor y algunas situaciones terribles provocan risa. Tampoco las escalas son de fiar, pues una caja de madera puede contener un mundo y los humanos pueden ser más pequeños que los humanos, causando incomodidad. Es como llegar a casa y encontrar los muebles cambiados de sitio. De esta perplejidad moderna, de hoy y desde hace al menos cuatro siglos, nace la obra de Juan Muñoz. Creada por arte de inteligencia y maestría de ilusionismo.

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Nota con motivo de la exposición dedicada a Juan Muñoz en el Museo del Prado

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