Mi nueva librería favorita se llama Todocoleccion.net. Créanme cuando digo que, en parte, lo lamento. Soy un ser analógico que prefiere, y de largo, las librerías de barrio —viva Amapolas en Octubre, el templo literario de Laura Riñón Sirera—, pero sucede que sólo en la citada web he encontrado títulos descatalogados, animales extintos que hoy sólo se pueden adquirir agujereando los bolsillos y perforando los riñones, a un precio bastante asumible.
La descatalogada Chicos prodigiosos rondaba los 100 euros en IberLibro —hoy, una librería la vende por 167,33, más 23,78 de gastos de envío—; en Todocoleccion.net la pillé por 25.
Mi última adquisición ha sido Rabia, de Stephen King. 50 lereles contantes y sonantes solté hace un par de semanas por una edición correcta, sin más, parida en 1997 por Plaza y Janés y perteneciente a la “SK Collection” que hace casi tres décadas lanzó Orbis Fabbri. El precio pica, en efecto, pero es sopa de sobre comparado con los 250 pavos, más 6,50 de gastos de envío, que pide por la novela una librería de Molins de Rei, en Barcelona.
Rabia es la cuarta novela de King y la primera que publicó con el seudónimo “Richard Bachman”. Tal y como ha contado el propio Rey del Terror: “Yo no pensaba que estaba saturando el mercado como Stephen King, pero mis editores sí lo creían. Bachman se convirtió en una especie de solución, tanto para ellos como para mí. (…) Recurría a Bachman cuando necesitaba liberar esa necesidad de escribir, aunque no lo hiciera por el dinero”. Entre 1977 y 1984, King publicó bajo esa identidad cinco novelas: la mencionada Rabia, La larga marcha, Carretera maldita, El fugitivo y Maleficio. El 9 de febrero de 1985, el Bangor Daily News descubría el pastel. Según el autor, le pillaron porque los cuatro primeros libros estaban dedicados a personas muy próximas a él y, sobre todo, porque su nombre apareció en los formularios del registro de propiedad de una de estas obras. Aunque King anunció la muerte de Bachman ese mismo año por “cáncer de seudónimo, una forma rara de esquizonomía”, lo resucitó para firmar Posesión (1996) y Blaze (2007).
En el prólogo de la edición española de Rabia, King cuenta que escribió las novelas de Bachman “con el corazón, y con una energía que ahora sólo puedo imaginar en sueños”, y añade: “Sólo las publiqué entonces (y permito que se reediten ahora) porque siguen siendo mis amigas”. Rabia es, en este sentido, una trágica excepción.
El 26 de abril de 1988, un estudiante que respondía al nombre de Jeffrey Lyne Cox cogió un rifle semiautomático y tomó como rehenes a sesenta alumnos en el instituto de San Gabriel (California), habiéndose inspirado en el secuestro del Vuelo 422 de Kuwait Airlines y —tachán— en Rabia. El 18 de septiembre de 1989, Dustin L. Pierce entró en su instituto de McKee (Kentucky) con una escopeta y dos pistolas e imitó a Cox. La Policía encontró una copia de Rabia en su casa. El 11 de septiembre de 1991, Ryan R. Harris siguió sus pasos en Rapid City (Dakota del Sur). Y un tal Scott Pennington el 18 de enero de 1993. Este había escrito un ensayo sobre Rabia. Le encabronó que su profesora de Literatura lo puntuara con una raquítica C. Por eso, la mató a ella y a un conserje. Finalmente, el 1 de diciembre de 1997, Michael Carneal, a sus catorce añitos, mató a tres personas e hirió a cinco en el instituto Heath, en West Paducah, Kentucky. Tenía en su taquilla un ejemplar de Rabia.
El caso de Carneal fue la gota que, para King, colmó el vaso. El escritor decidió retirar “el maldito libro”, su editor no le contradijo y, desde entonces, los tiroteos en las escuelas estadounidenses se han seguido produciendo, pero ninguno de los zumbados que los han perpetrado se ha inspirado en Rabia. Quien no se consuela es porque no quiere.
Rebobino: King dice en el prólogo referido que escribió los libros de Bachman “con una energía que ahora sólo puedo imaginar en sueños”. En Rabia, esa energía es más que evidente: desborda. Para la vasta cofradía de Lectores Constantes, Rabia es una verdadera fiesta. Posee frescura, descaro, ritmo, ingenio y temeridad. Ni una sola de las novelas publicadas por King en los últimos quince años me ha divertido tanto. Rabia funciona, con perdón, como un tiro.
La clave se halla, supongo, en la edad. King cumplió treinta años ocho días después de que el libro saliera a la venta. Rabia no es mejor novela que El visitante (2018) o que la trilogía de Mr. Mercedes (2014-2016), pero sí les vence en voracidad y en efervescencia. Es una especie de juguete. Uno muy, muy divertido. Y muy bien hecho. Un entremés impecable emparedado entre solomillos: le precede El resplandor, le sucede La danza de la muerte. Dicho en robeiniestés, Rabia es a Misery lo que “Amor castúo” a “El camino de las utopías”.
Sirva de ejemplo este fragmento:
“Mis padres se conocieron en un banquete de bodas y, aunque quizá no tenga relación con nada —salvo que uno crea en los presagios—, la mujer que ese día se casaba murió quemada apenas un año después. Se llamaba Jessie Decker Hannaford, y había compartido habitación con mi madre en la Universidad de Maine, donde ambas estudiaban ciencias políticas. Al parecer los hechos sucedieron del siguiente modo: el marido de Jessie había salido para asistir a una reunión en la ciudad, y ella, que se hallaba en el baño tomando una ducha, resbaló, recibió un golpe en la cabeza y quedó sin sentido; en la cocina un paño de secar platos cayó sobre un fogón encendido, y la casa ardió en un santiamén. Fue una suerte que Jessie no sufriera, ¿verdad?”.
Rabia contiene trazos, o eso me parece, de El guardián entre el centeno, El señor de las moscas y La naranja mecánica. Creo que su protagonista, Charlie Decker, no hubiera desentonado en ninguna de estas novelas. Se trata de un chaval que una buena mañana agarra la pistola de su padre, asesina a dos profesores y secuestra a una clase. Lo narra en primera persona, con una perversidad deliciosa. Comprobamos cómo los alumnos, en realidad, son unos hijos de remil putas que hurgan en las heridas abiertas, hacen sangre con sus episodios oscuros o ansían cepillarse a alguno de sus padres. El único que mantiene la cordura y la integridad no acaba de la mejor manera.
Decker es un monstruo, pero cae bien. O, si lo prefieren, no resulta antipático. Su padre le casca, acumula frustración y, para supurar el veneno acumulado, lía la de Puerto Hurraco en la Escuela Secundaria de Placerville. Anda anémico de empatía y pretende desahogarse con sus compañeros. ¿Lo consigue? Para más información, ya saben: rásquense el bolsillo —o, en su defecto, háganse con una edición pirata; se encuentra fácil en Google— y lean esta estupenda novela del maestro King, que bien merece ser resucitada.


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