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Lavatorio, de Julia Otxoa

Lavatorio, de Julia Otxoa

Impresionante este «Lavatorio» de la escritora vasca Julia Otxoa. Le pedí un microrrelato y me mandó este de su último libro por ahora, El hombre del espejo, que reúne ochenta narraciones breves más.

Autora de una treintena variada de títulos y artista visual —especialmente collages y fotomontajes—, su primer poemario apareció en 1978, Composición entre la luz y la sombra. Comprometida y crítica, minuciosa y responsable observadora de la realidad, empezó a escribir narrativa en 1994. Sus cuentos suelen ofrecer, con la presencia del humor y del asombro, situaciones inexplicables y sin lo formal de la lógica que, paradójicamente, incitan a reflexionar y a comprender un poco más el género humano.

Desde luego, «Lavatorio» rebasa esa tradición tan hispana de literatura anticlerical limitada a burlarse anecdóticamente de curas obtusos y rancios, nada comprensivos. Va más allá. Unamuno reprochaba a las letras de nuestro idioma que en esta crítica se cayera a menudo en la caricatura y se apartara de usar la cabeza y de llegar a casi a las manos, reñir. Las manos encarnan el actuar. Los ritos y liturgias con agua simbolizan la purificación, dar a entender que se puede ser digno de representar a un pueblo. O desentenderse, como hizo el prefecto de la provincia romana de Judea Poncio Pilato, y echar la responsabilidad a otros.

Este microrrelato rotundo y a la vez tierno y personal de Julia Otxoa aporta humanidad, paternidad, a una escena que agranda los significados y la historia. La propia autora me escribió en un correo estas palabras que, indiscretamente, revelo yo: «… de niña siempre me lo preguntaba: por qué se lavan las manos todos los oficiantes. Y, en mi desconocimiento, pensaba: “Porque todos tenemos pecado original”, “Por respeto a tocar el cáliz”, etcétera. Pero nunca di con respuesta satisfactoria. Luego, tras muchos años, salió este micro». Pues eso: la insatisfacción. Lo que no se llena del todo. No hacer nosotros todo lo necesario. Lo que la vida, y el arte, sabrán completar. Tenemos años por delante.

***

Lavatorio

En misa con mi padre. El monaguillo que ayuda al sacerdote le acerca una jarrita de agua, y el oficiante se lava las manos sobre una pequeña bandeja de plata, luego se seca con un inmaculado paño que toma del altar.

Le pregunto a mi padre por qué en todas las misas el sacerdote se lava las manos.

—Porque las tiene manchadas de sangre —me responde.

—¿De qué sangre? ¿La de Jesucristo en la cruz?

—No —me dice mi padre, y me manda callar, con un dedo sobre sus labios.

 

De regreso a casa, insisto.

—Padre, ¿todos los sacerdotes tienen las manos manchadas de sangre?

—No.

—Entonces, ¿por qué se las lavan todos?

—Para que no se descubra a los culpables.

——————————

Julia Otxoa, en El hombre del espejo, Eolas Ediciones, León, 2023.

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