Según una vieja leyenda griega recogida por Plutarco, el barco en el que regresó Teseo desde Creta a Atenas pasó tanto tiempo en el mar tras su retorno y tuvo tantos percances que, en su buena labor de mantenimiento, las generaciones venideras se vieron obligadas a ir cambiando, una por una, cada tabla deteriorada o maltrecha. Ya en la época de Demetrio de Falero ―muchos años después― se dice que no quedaba madera alguna, remo, vela, cabo o marinero que no hubiese sido reemplazado; y que, de alguna forma, el famoso triacóntero seguía siendo el mismo. Esta paradoja, prolijamente discutida por pensadores como Platón o Locke, nos habla de identidad y mudanza: conceptos quebrantados hoy y utilizados como arma arrojadiza para el descrédito de los sujetos libres.
Ya Heráclito nos decía que todo cambia y nada permanece, que el estado natural de las cosas es su devenir perpetuo, el conflicto de contrarios que se da en lo mismo. Añadía, además, que no se suele comprender «cómo lo que está en lucha consigo puede estar al mismo tiempo de acuerdo, al unir fuerzas opuestas como el arco y la lira». Desconozco una idea más precisa para elogiar el cambio: mudar de un estado a otro no solo es funcional, sino que de esta tensión de opuestos emerge la más bella armonía, la canción que, aceptando el contrasentido, nos define.
Me explico: aquello que somos está determinado por lo que dejamos de ser. Vivir es la muerte sucesiva de los «pequeños otros que fuimos» y el renacer constante de un yo presente que perecerá hasta su deceso definitivo: el de la inmovilidad. De hecho, si el barco de Teseo no hubiera ido renovándose, sustituyendo sus partes, carenando su casco o introduciendo estopa nueva y brea entre sus juntas, no habría cumplido su único propósito: surcar los mares griegos. Sin la aceptación de su devenir, se hubiera descubierto incapaz de dignificar la razón por la que fue construido. Piénsenlo: estaríamos ante simple madera varada en un puerto.
Una frase atribuida a nuestro filósofo de Éfeso reza que «el carácter es el destino». Esta antilogía ilustra a la perfección lo expuesto: que la esencia es ir, no quedarse. Y en otro de sus fragmentos gloriosos, al igual que hizo William Butler Yeats siglos más tarde, confiesa haberse buscado. Como verán: la proyectiva del verbo implica movimiento. Uno no puede hallarse sin indagación; y, menos aún, si se obstina en rechazar todos sus yoes en virtud de una imagen estática e irreal de lo que fue.
Que no les engañen: ser uno mismo no radica en no cambiar nunca; sino en hacerlo si así uno lo desea. Y no hay mayor prueba de autenticidad que superarse.
Bien, les contaré un cuento popular.
Hubo una vez un herrero que permaneció en el oficio, bajo el ardor de la fragua, por más de cincuenta años. Se le consideraba el mejor de todo el reino. Nadie trabajaba el metal con tanta virtud y sabiduría. Cierta mañana, su nieto ―ahora su joven aprendiz― le preguntó por la razón de su éxito. No lo dudó: su secreto estaba en que conocía sus herramientas a la perfección. «Fíjate en este martillo», dijo el abuelo. «Lleva conmigo cinco décadas y jamás me ha fallado. Desde el primer día siempre ha cumplido con su cometido. Solo he tenido que cambiarle tres veces la cabeza y cuatro el mango».
Que cada cual saque sus propias conclusiones.
Como hemos visto, la identidad acontece, se transforma. Y esto, al parecer, resulta un problema para aquellos que tratan de identificarnos, de contener las innumerables formas del río en la firme figura de su vaso. En La metamorfosis de Kafka, aunque el cambio es indeseado e indeseable, nadie ―a excepción de la hermana con sumo esfuerzo― acepta que el bicho sea Gregor Samsa, lo que causa un grave contratiempo. Lógico, el ser humano tiende a taxonomizar para no extraviarse; pero olvida que a veces la postura más sabía es no asir. «Quien no aferra, no pierde», nos dice Lao Tse.
Por su parte, el poeta Javier Velaza versó que «solo quien odia al otro / quiere ser siempre el mismo». No le falta razón: la intransigencia nace del miedo a la mudanza, de pretender que las cosas sean como uno quiere y no como son y devienen, de anclarse a un ideal que no existe; sino que es porque está en continua transformación.
Ante lo expuesto, solo me queda añadir una última idea: debemos entender, como hizo Walt Whitman, que cada uno de nosotros contiene multitudes, y que eso nos legitima para reclamar nuestro derecho a equivocarnos, a cambiar de opinión, a buscar la sorpresa, la oportunidad y la manera de ser mejores de lo que fuimos. Nos insta sobre todo a ser libres y felices.
Pero qué sé yo. En cualquier caso, no me tengan muy en cuenta. Quien dijo esto es posible que ya sea otro; es decir, él mismo.

Me gusta el devenir entendido como una danza de los opuestos, porque es en ese movimiento donde la realidad se engendra. Aunque, según la segunda ley de la termodinámica, todo sistema tienda al desorden, en la realidad persiste un sentido: el calor fluye hacia el frío, la primavera sucede al invierno, la semilla deviene árbol. Todo ello muestra que la potencia contenida en cada cosa es la que produce el dinamismo y, con él, su devenir. Cuando no hay movimiento, el sistema alcanza un equilibrio total y estático; en cambio, mientras hay existencia, el equilibrio es siempre dinámico, inestable y fecundo. Por eso nunca somos los mismos al emerger cada día de las aguas de nuestra propia experiencia.