Para conmemorar el 90º aniversario de la Guerra Civil, José Ángel Mañas recrea en Zenda, día por día en esta sección, lo que aconteció en 1936, quizá el año más trascendental de toda la historia reciente de España. En los dos primeros meses cuenta con la colaboración de Íñigo Palencia.
Viernes, 10 de enero de 1936: Incidentes callejeros en Madrid
Para el juez de guardia, Blas Senent, aquello no se salía de su rutina. Era normal acudir al equipo quirúrgico e iniciar las diligencias por un homicidio causado por arma de fuego. La rutina consistía en interrogar a posibles testigos, si es que alguno aparecía. Poco podían decir, la mayor parte de las veces. Todo solía ser muy rápido y los recuerdos parecían empañados por la nebulosa de lo imprevisto. Después se recogían pruebas materiales: pistolas, casquillos, ropa ensangrentada, todo lo relacionado con el hecho delictivo…
Los hechos que le correspondía instruir al juzgado número 19, del que Blas Senent era titular, tuvieron lugar en la calle Villaamil. Varios desconocidos habían disparado sobre tres transeúntes, causándole la muerte a uno y dejando a los otros mal heridos. El finado respondía al nombre de Agapito Martín, domiciliado en la misma calle, y una de las víctimas era su hermano Gregorio. El último de los heridos, antes de la llegada del juez, se negó a identificarse…
La declaración de Gregorio Martín resultó esclarecedora: él y su hermano se dirigían a sus domicilios desde la obra en la que estaban trabajando en Modesto Lafuente. Eran meros peones y, aseguraba Gregorio, nunca se metían en política.
—Pan, y no preocupaciones, es lo que procuramos llevar a casa —murmuró, todavía bajo el impacto de lo ocurrido.
Pero en su trabajo era difícil mantenerse al margen. Por eso, en las últimas semanas ambos se habían acercado a la recién abierta Casa del Pueblo. Los dos estaban recién afiliados a la UGT de Largo Caballero. Y eso no sentó bien en la obra, donde todos pertenecían a la CNT. Los atacantes sabían adónde se dirigían y los esperaron. Alguien que conocía bien a las víctimas los puso sobre aviso. Y allí, en su propia calle, los emboscaron y tirotearon como perros. Todo fue muy rápido. El herido más grave ni siquiera había podido ver a los atacantes.
Tocó entonces el interrogatorio del herido anónimo. Ante la insistencia del juez, declaró llamarse Felipe García, con domicilio también en Tetuán de las Victorias. Dijo no conocer a las otras víctimas, pese a compartir con ellas la profesión.
—Yo solo me dirigía a recoger a mi novia una vez terminada mi jornada en la obra. Eso es todo, señor juez —afirmó, evitando cruzar la mirada.
Poco más se le pudo sacar. Y sin embargo, el examen del lugar del crimen arrojó más luz sobre el asunto. Entre las pruebas materiales se encontraba una pistola, hallada cerca de donde Felipe cayó herido. Había sido utilizada y entre las pertenencias de Felipe se hallaron documentos que probaban su afiliación a la Confederación Nacional del Trabajo. Y esto daba una idea a Blas Senent de cómo tuvieron lugar los hechos. Las diferencias y los odios entre socialistas y anarquistas volvían a resolverse a tiros.
Pero ahí no acabó su labor. Antes de poder abandonar el equipo quirúrgico, llegó hasta allí un joven malherido, que resultó ser voceador del periódico Mundo Obrero. Se encontraba trabajando por la tarde en Arenal cuando un grupo de señoritos le increpó e intentó quitarle sus ejemplares para la venta. Ante su resistencia, la emprendieron a golpes con él y le acuchillaron en el costado.


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