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El horror, el horror: hay otros Conrad y no están en éste

El horror, el horror: hay otros Conrad y no están en éste

Hay libros que se leen y libros que se citan; y El corazón de las tinieblas pertenece, desde hace décadas, a esta última y muy concurrida categoría. No es tanto una obra literaria como una contraseña: quien la pronuncia entra automáticamente, o lo pretende, en el club de los lectores serios, profundos y ligeramente fatigados por la lucidez. Criticarla ya no es solo ir contra Conrad, sino contra una cofradía entera de devotos que la ensalzan como cumbre indiscutible sin haber puesto jamás un pie —ni un ojo— en el resto de su obra. Y he aquí el verdadero espectáculo digno de sátira: no el libro, sino el coro.

Porque basta mentar El corazón de las tinieblas en cualquier tertulia académica o literaria para que surja el asentimiento unánime, esa inclinación de cabeza que no dice “qué gran libro”, sino “yo también sé que hay que decir que es un gran libro”. Nadie cita una escena concreta, nadie recuerda un pasaje con precisión; se repite, eso sí, el ritual: profundidad, oscuridad, condición humana, imperialismo. Palabras que pasan de boca en boca como monedas gastadas, sin que nadie se pregunte quién las acuñó ni si todavía valen algo.

"Un crítico lo llamó obra maestra —siempre hay uno que empieza—, otro repitió el adjetivo; un tercero lo convirtió en dogma"

Lo curioso es que Joseph Conrad, autor prolífico y desigual como todo verdadero escritor, dejó novelas de una ambición narrativa y una riqueza moral muy superiores —Lord Jim, Victoria, Tifón, La línea de sombra—, pero esas no circulan con la misma soltura en el mercado del prestigio. Son más largas o más incómodas, exigen algo más que repetir consignas aprendidas. Y ahí el lector devoto de El corazón de las tinieblas se detiene, no por falta de capacidad, sino por exceso de pereza ilustrada.

Así, se ha creado un fenómeno digno de estudio sociológico: el conradiano de una sola obra. Este lector conoce a Conrad como algunos conocen a Platón por la caverna y a Kafka por el insecto, y cree, sinceramente, que ya ha visto todo el paisaje desde ese mirador estrecho. Habla de Kurtz como si fuera la cima del genio conradiano, ignorando que Conrad escribió personajes mucho más complejos, más humanos y más impactantes.

Pero la imitación es irresistible. Un crítico lo llamó obra maestra —siempre hay uno que empieza—, otro repitió el adjetivo; un tercero lo convirtió en dogma. Y desde entonces, generaciones enteras repiten la alabanza como escolares aplicados, no vaya a ser que alguien les pregunte qué piensan de verdad. Porque pensar, como leer, exige tiempo, y repetir juicios ajenos es siempre más cómodo que formarlos propios. Larra ya lo advirtió: en este país —y por extensión, en este mundo— se opina mucho más de lo que se reflexiona.

"Y así, Conrad queda reducido a un solo libro, como si el resto de su obra fuera un apéndice prescindible, un borrador largo de su supuesta obra maestra"

Lo más irónico es que quienes elevan El corazón de las tinieblas a la categoría de obra suprema suelen hacerlo con una seriedad tan impostada como uniforme. No hay matices, no hay dudas, no hay discrepancias. Todo el mundo siente lo mismo, admira lo mismo, destaca lo mismo. Tal unanimidad, lejos de tranquilizar, debería inquietar. Porque la literatura viva provoca discusión; la literatura canonizada provoca silencio reverente.

Y así, Conrad queda reducido a un solo libro, como si el resto de su obra fuera un apéndice prescindible, un borrador largo de su supuesta obra maestra. Se le lee al revés: no para descubrir, sino para confirmar lo que ya se cree saber. El corazón de las tinieblas se convierte entonces en una excusa para no leer a Conrad, del mismo modo que ciertos prólogos sirven para evitar el libro que los sigue.

En definitiva, el problema no es que se admire esta obra —tiene grandes méritos, sin duda, al fin y al cabo hablamos de Joseph Conrad—, sino que se la admire por imitación, por inercia, por miedo a disentir. El problema capital es el lector que se siente profundo por haber atravesado cien páginas oscuras, pero que no se atreve a navegar las verdaderas tormentas narrativas que Conrad dejó en otras novelas menos citadas y más exigentes. Y así, entre elogios reciclados y entusiasmos heredados, se perpetúa la comedia: una cumbre literaria sostenida, no por la lectura atenta, sino por el eco. Y ya se sabe: el eco no piensa, solo repite.

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