En mi infancia, por cuestiones familiares, viajábamos mis padres y yo a León con frecuencia, casi siempre en los meses de verano, y de aquí que le haya tenido siempre un afecto especial a esa ciudad. Pese a que la visito poco, y casi siempre por obligación y medio a salto de mata, aprovecho los ratos muertos que me dejan mis quehaceres para entretenerme en merodeos que antes o después terminan deteniéndose a la vera de la catedral. Pocas en España la igualan en hermosura y no creo que ninguna la supere, y cuando se la contempla desde su perspectiva más afortunada, la que brinda la confluencia de la calle Ancha con la de la Paloma, es imposible no admirar el talento de quienes consiguieron urdir esa prestidigitación que formula la ingravidez de la piedra. En otras épocas, si el reloj me permitía desahogos, me gustaba entrar en ella y entretener unos minutos paseando por sus naves, entre los claroscuros que propician esas vidrieras que parecen concebidas por algún alquimista alucinado, pero desde que las catedrales empezaron a convertirse en parques temáticos, en igual medida que las ciudades que las contienen, y para acceder a ellas hay que abonar una entrada cuyo coste incluye un itinerario que exige disponer como mínimo de una o dos horas para completarlo con calma, he vuelto a ella pocas veces y no porque no merezca el dispendio, sino porque lo que me gustaba era distraerme por sus rincones a mi aire, y salir luego y si acaso volver a entrar más tarde para observar cómo el discurrir del sol encontraba su correlato en las sombras que se iban forjando en las capillas y en el coro, en la girola y en el claustro, sin tener que andar pendiente de audioguías ni de recorridos prefijados.
De ahí que lleve tiempo sin asomarme a ver la piel del topo, o lo que durante mucho tiempo creí que era tal, hasta que de manera un tanto abrupta vinieron a sacarme de mi engaño. La historia me la había contado mi madre muchas veces, creo que la repetía siempre que andábamos por la ciudad, y hace poco vi que también se refiere a ella José María Merino en La belleza de los cuentos, así que ahora puedo constatar que se trata de una leyenda inscrita en el acervo popular y no de una invención urdida para entretener mis ocios infantiles. Según su argumento, allá por el medievo, cuando la catedral empezaba a levantarse, una contingencia inexplicable traía de cabeza a todos los implicados en su fábrica: aquello que se levantaba durante el día se derrumbaba por la noche. Una y otra vez se revisaron planos y se rehicieron cálculos, se volvió a estudiar la consistencia del terreno y su composición, se analizaron con detenimiento materiales y herramientas, hasta corroborar que no había ninguna razón técnica para los desmoronamientos que acontecían de manera invariable en cuanto se ponía el sol y los trabajos quedaban suspendidos hasta el siguiente amanecer. El caso es que, nunca supe cómo ni por qué —no me lo detallaban, pese a que el asunto tenía su interés—, alguien dio con el motivo de tanto contratiempo: bajo el solar en el que se estaba levantando la catedral vivía desde años atrás un topo que, contrariado al ver cómo unos humanos sin escrúpulos se obstinaban en soliviantar su paz cotidiana, se dedicaba a echar abajo en cuanto tenía ocasión aquellos obstáculos tan molestos que tanto dificultaban sus andanzas subterráneas. Alguien se ocupó de dar caza al pobre animal y, no se sabe si para alardear de su triunfo o como aviso a navegantes, tuvo a bien desollarlo y colgar la piel en el interior del templo, sobre la puerta que da acceso a la nave septentrional desde su fachada oeste. Allí lo veía yo cuando me lo mostraba mi madre, siempre con un aquél de misterio: «Mira, allí, la piel del topo»; y yo la observaba, entre maravillado y temeroso, y asentía.
Como los niños no se cuestionan demasiado estas cosas, y en el fondo hacen bien, yo di por buena la historia y después la olvidé. Cuando me tocó atravesar la adolescencia dejamos de ir tanto por León y tardé más o menos una década en pisar de nuevo la ciudad. El día en que me vi de nuevo en ella fui a cumplir con la catedral y, cosa rara en mí, me apunté a una visita guiada. Durante un par de horas atendí a las explicaciones de la guía mientras mi mirada se desviaba hacia la piel del topo en cuanto tenía ocasión. Cuando estaba a punto de terminar el recorrido y vi que nuestra cicerone ni había hecho ni tenía visos de hacer la menor mención al asunto, le pregunté directamente por el topo mientras señalaba hacia el colgajo que pendía sobre la puerta que teníamos enfrente. «Eso no es la piel de ningún topo, es un caparazón de tortuga», respondió con una media sonrisa en la que quise entrever una suave admonición por mi credulidad.
Deshecha la magia, me dio por investigar y fui descubriendo que en aquella leyenda latía un poso de verdad: el suelo sobre el que se erigió la catedral estaba minado por hipocaustos romanos, los materiales no eran de la mejor calidad y las audacias arquitectónicas eran tan innovadoras que a veces terminaban mal. Seguro que alguien, para disimular sus errores de cálculo o su escasa competencia, se inventó la historia de aquel topo con el propósito de curarse en salud. Al desencanto por el desvanecimiento de aquel viejo cuento infantil le ha sucedido, no obstante, un misterio mayor: nadie ha conseguido explicarme de dónde salió la tortuga.


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