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No somos tan importantes

Hay una decepción silenciosa que acompaña a mucha gente durante años: descubrir que no somos tan importantes para los demás como nos habíamos imaginado.

No indispensables.

No centrales.

No necesarios.

Prescindibles, en el sentido más estricto del término.

El mundo no se detiene cuando callamos ni se descompone cuando desaparecemos. A lo sumo, se reordena. La vida sigue con una naturalidad que puede resultar ofensiva para quien esperaba otra cosa.

Esta confusión es especialmente visible en el ámbito cultural —y de forma muy clara en el literario—. Se escribe, a veces, más que para decir algo, para ocupar un lugar. Para ser visto. Para justificar una identidad. Cuando ese reconocimiento no llega, el problema rara vez se atribuye a la obra: suele atribuirse a la injusticia del mundo, al desinterés ajeno, a una ceguera colectiva que algún día —se confía— será reparada.

"Incluso cuando creemos estar en el centro —por una decisión, un error, un texto, una ausencia— la vida de los otros continúa casi intacta"

Pero hay una verdad menos heroica y más útil: la mayoría de la gente está ocupada en lo suyo. En sus rutinas, en su cansancio, en sus problemas. Nos piensa menos de lo que creemos, nos observa menos de lo que tememos y nos juzga con mucha menos intensidad de la que nos atribuimos.

Incluso cuando creemos estar en el centro —por una decisión, un error, un texto, una ausencia— la vida de los otros continúa casi intacta. El mundo no gira en torno a nadie en particular.

Esto no es una queja ni una desvalorización. Es una constatación.

No ser imprescindibles no nos resta dignidad: nos devuelve proporción. Nos libera de la obligación de explicarnos constantemente, de justificar cada gesto, de defender cada retirada como si fuera una declaración.

"Y que, en el fondo, esa indiferencia general es una forma discreta de descanso"

La vida seguiría si mañana faltáramos. Tardaría poco en reorganizarse sin nosotros. Asumirlo no conduce al nihilismo, sino a algo más sobrio: hacer lo que toca mientras estamos, sin exigir al mundo que nos confirme a cada paso.

Tal vez por eso inventamos esperanzas: la fama, la trascendencia, la promesa de permanencia. No para ser necesarios, sino para no desaparecer del todo.

Incluso aquello que fue esencial para nosotros no detiene el curso del mundo cuando falta.

Lo que queda es otra cosa: memoria, no necesidad.

Quizá madurar consista en aceptar eso: vivir con cuidado, sabiendo que el foco casi nunca está sobre nosotros.

Y que, en el fondo, esa indiferencia general es una forma discreta de descanso.

Una de las pocas buenas noticias que nos da el tiempo.

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