Para conmemorar el 90º aniversario de la Guerra Civil, José Ángel Mañas recrea en Zenda, día por día en esta sección, lo que aconteció en 1936, quizá el año más trascendental de toda la historia reciente de España. En los dos primeros meses cuenta con la colaboración de Íñigo Palencia.
Domingo, 2 de febrero de 1936: Dos sacerdotes hablan en Huertas sobre Pepe Mañas
Ha escogido bien esta plaza. Es una de las más bonitas de Madrid. La creó, como tantas otras, José Bonaparte, durante los años que estuvo aquí. Tenía una obsesión muy francesa por los espacios abiertos. El sobrenombre de Pepe Plazuelas le hace más justicia que el de Pepe Botella. Para ello hubo que demoler el convento de los Carmelitas descalzos, pero eso es otra historia. Esa fuente proviene también, si no me equivoco, originariamente del monasterio de San Felipe el Real, donde estaba el famoso mentidero, en la Puerta del Sol. Por mucho que se empeñen los republicanos, la historia de la ciudad está vinculada inevitablemente a la religión. En realidad, ¿qué ha sido, en el fondo, Madrid, arquitectónicamente, sino, como suele decirse, un gran convento?
—Era lo que es hoy el teatro Español. La plaza es muy agradable con el buen tiempo. Pero entremos en la cervecería a tomar algo, padre. No nos viene mal calentarnos.
—¿Qué desean sus reverencias?
—Yo, si es tan amable, un vermú. ¿Y usted, padre?
—Bueno, ya que estamos, otro para mí. No soy muy de beber…
—Aproveche, que los vermús madrileños son magníficos. Ya ha acabado el día. Yo he dicho ya mis misas. He cumplido con mis obligaciones, puedo relajarme. Y usted está de visita. Entonces, ¿me dice que viene de Ciudad Real? Mi sobrino Pepe, Pepe Mañas, pasó dos años destinado en la sección administrativa de Primera Enseñanza, si no recuerdo mal. Allí conoció a Mercedes, su novia.
—Lo sé. Me lo ha contado todo la propia Merche, por cierto, una muchacha muy buena y formal.
—Así lo tengo entendido. Según me dice mi sobrino, la relación va muy en serio. Ya piensan en casarse.
—Desde luego. Pero no es eso lo que quería comentarle. Lo que me trae a visitarle tiene que ver con las amistades de su sobrino.
—¿De qué amistades me habla, padre?
—Verá… Esto me cuesta… No sé cómo decírselo… Merche vino a la iglesia a pedirme consejo sobre algo que la preocupaba y hablamos, pero creo que no podría decirse que la oyera en confesión. Y cuando he sabido, a través suyo, que usted era el tío del muchacho, aprovechando que tenía que venir a Madrid para unas gestiones, he creído que, por el bien de su sobrino, no podía menos de hablar con usted, don José… En el entendimiento de que, aunque no sea secreto de confesión, como entenderá, esto no debe salir de entre nosotros.
—Pepe no solo es mi sobrino, sino también mi ahijado. Me corresponde cuidar de él en lo que pueda.
—Por eso vengo. Creo que usted podría ayudarle de alguna manera.
—Si no es más preciso, padre, me va a costar entender a qué se refiere.
—Tengo entendido que su sobrino es amigo de un tal Ángel Navarrete, un miembro de la CNT, un anarquista.
—Han crecido juntos en Carabanchel. Son vecinos y desde muy jovencitos guardan amistad. En los barrios se conoce gente de todo tipo.
—Tengo entendido que Navarrete anda ahora mismo desaparecido.
—Al parecer, se rumorea, aunque esto yo solo lo sé a través de la prensa, que pudo estar involucrado en el atraco de la plazuela de la Villa. Desgraciadamente. Pero ha desaparecido, nadie sabe dónde está.
—Pues esa es la cuestión. Que su sobrino Pepe podría saber dónde se esconde, ¿no le parece?


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