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La tradición clásica

Santiago A. López Navia es un autor de dilatada carrera, que ha diversificado su actividad entre la investigación del Siglo de Oro y la creación poética.

Esta doble faceta está muy presente en Deslindes, libro enraizado en la tradición clásica, tanto en su forma como en los motivos que en él aparecen. “Yo ya sé / que fui, que soy y seré polvo en el viento”, afirma en Dust in the Wind, que remite al Quevedo más metafísico.

Por ello, no extraña que prevalezca el endecasílabo blanco, usado con maestría, pero también con soltura y naturalidad. Conviven versos de perfecto corte clásico (“Ahora que voy teniendo algunos años”) con otros de carácter más coloquial (“Está claro: lo tuyo es estrellarte”) o incluso irónico (“resilientil en dosis de caballo, / intravenoso, tres veces al día”, receta contra la depresión). En ocasiones, el endecasílabo se combina con el heptasílabo (una silva). En otros casos, encontramos alejandrinos, sobre todo en poemas paisajistas, que recuerdan el Campos de Castilla machadiano.

"En Deslindes reencontramos un viejo tema tratado por su autor: la lucha entre la presión que ejerce la vida cotidiana y los anhelos del yo, ya presente en Tregua, de 2020"

El endecasílabo se usó en el Siglo de Oro para imitar la libertad de temas que tenía la sátira latina (nada que ver con lo satírico) y la epístola (Sin báculo se dirige a su propia madre): una reflexión ética sobre debilidades humanas con un estilo medio, ni demasiado elevado ni bajo. Y esto es, precisamente, lo que hace López Navia en este libro.

En Deslindes reencontramos un viejo tema tratado por su autor: la lucha entre la presión que ejerce la vida cotidiana y los anhelos del yo, ya presente en Tregua, de 2020. Esta confrontación no es una tragedia (a pesar de la asfixia que llega a producir la vida cotidiana: “No puedes respirar. Una rodilla / te quita el aire y rompe tu garganta…”), sino la necesidad de llegar a un pacto con la realidad agresiva: “Ya no te afanes más. Sosiégate / Descansa. / Levántate del asedio. Firma la paz…” (Cuarteles de invierno). En Como a destiempo, se contrapone la cotidianidad trágicamente vacía (“La vida se proyecta al horizonte / de sucesos de un agujero negro”) con el yo, hasta alcanzar lo metafísico: “Y yo, afanado siempre en mi deriva, / anclado en el estribo de mi fe, / braceo en la resaca del vacío / con el aire de Dios en mis pulmones”.

Destaca la alusión a dos animales mitológicos, ambos asociados a la resiliencia (ese “resilientil de caballo”). El ave fénix renace de sus cenizas: “Volver a renacer desde mi hoguera / aprendiendo del fénix las lecciones” (Fénix y salamandra), o “Tal vez, igual que el fénix, de sí mismo / mi corazón renazca…” (Agenda III). La salamandra vive en el fuego, como el yo en el estrés de la vida cotidiana: “Llegados a este punto mi esperanza / se vuelve salamandra en cada hoguera.” (Agenda V). Como ella, el yo también es capaz de regenerarse: “Hacerme salamandra y tras la espera / ver cómo se renuevan mis tendones / y mi alma abre la puerta a sus prisiones / y torna a remontar firme y serena” (Fénix y salamandra).

"El ermitaño responde a las tentaciones, en un claro ejemplo de cómo deben superarse las pasiones, y alcanzar el justo medio siguiendo el ideal de aurea mediocritas de los clásicos"

Esta regeneración se logra a través del espíritu vivificador de la naturaleza, ya que en ella está la armonía: “Todo está bien acaso. Asciendo. Mediodía” (Sed), porque se aleja del mundanal ruido, como el canto de la oropéndola, de manera que el yo ya solo desea “fundirme con sus colores, / (…) / y ser por un momento una oropéndola / allí donde no lleguen / el vértigo del mundo, sus afanes…” (Oropéndola). La sensación de plenitud (en la naturaleza el mundo es perfecto) alcanza cotas casi guillenianas (Las doce en el reloj): “Hora en plenitud, destello robado (…) // Me entrego asombrado, me declaro dueño, / aunque soy su esclavo, de esta epifanía. / No puedo pedir nada que no tenga, nada que no sea todo mío ahora.” (Hora de plenitud).

No solo Jorge Guillén está presente (“todo está en su sitio un día más”, Agenda I): también hay ecos de de fray Luis. Comparte con el agustino el deseo de templanza, las proporciones justas: “¿Cómo mezclar en proporciones justas / en el crisol la prisa con la espera” (Agenda VIII) o “Baste asentar, sin más, en tu cuaderno (…) / el debe y el haber proporcionados; / ganar, perder, vivir, haber vivido, / y no hay otro balance..” (Balance) y el rechazo a las grandes fortunas y preocupaciones mundanas: “No te importen / las inversiones, el lucro cesante / los réditos, los pingües beneficios…” (Balance). En la última parte del libro, titulada Las tentaciones de Antero Freire, resucita a su heterónimo: el ermitaño responde a las tentaciones, en un claro ejemplo de cómo deben superarse las pasiones, y alcanzar el justo medio siguiendo el ideal de aurea mediocritas de los clásicos. Frente a las tentaciones del mundo, se propone la fortaleza de carácter, la seguridad del yo.

"Finalmente, encontramos unos poemas de circunstancias, sobre todo sonetos, dedicados a unos motivos probablemente nimios, sin apenas importancia, que constituyen una muestra de ingenio de autor"

Siguiendo con la huella de la tradición clásica, destaca el motivo del paso del tiempo y la muerte. No hay aquí el pesimista sentimiento senequista, con la muerte como destino, sino que prevalece la conciencia de haber disfrutado de la felicidad pasada: “volviendo la mirada a aquellos días / cuando éramos tan jóvenes, tan jóvenes / que hicimos nuestro el mundo que pisábamos / y el tiempo era un empeño de los otros / y fuimos tan felices sin saberlo” (Inventario I). Hay en López Navia una conciencia de hombre humilde y sin importancia (“Ya tengo todo / lo que un hombre pequeño necesita…”, Inventario I), convencido de que su muerte no afectará a nadie en esta vida: “Nadie sabrá que jamás estuve aquí / y sé que es lo correcto, que no importa” (Aquí) o, en el mejor de los casos, es consciente de haberla aprovechado al máximo: “Nadie podrá robarme, sabed, nadie / este latido, nadie este relámpago, / este momento casi hecho a destiempo. / Se apagará este mundo con mis ojos. / Mi vida no será y yo habré vivido.” (Dust in the Wind).

Finalmente, encontramos unos poemas de circunstancias, sobre todo sonetos, dedicados a unos motivos probablemente nimios, sin apenas importancia, que constituyen una muestra de ingenio de autor. Si Góngora dedicó un soneto A un fraile francisco, en agradecimiento de una caja de jalea, López Navia hace un Planto por un bote de mermelada, u otro dedicado a Una mariposa en noviembre, a Tres pájaros, etc. También hay, una reflexión sobre las ruinas (“superbi colli”), muy alejada del pesimismo barroco (tanto, que se escribe en alejandrinos): “En estos muros rotos en donde todo un día / convocaba a la vida se abren paso las grietas / y al otro lado, adentro, las flores en desorden / han borrado los rastros de toda geometría / recuperando el reino que les robó la piedra…” (Dos evocaciones junto a unas ruinas…).

Así pues, López Navia recoge en su nuevo libro, Deslindes, la herencia dejada por la tradición clásica; pero no se trata de un ejercicio de arqueología literaria, sino que la adapta a sus propios intereses para expresar su propia pulsión vital.

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Autor: Santiago A. López Navia. Título: Deslindes. Editorial: Huerga y Fierro. Venta: Todos tus libros.

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Javier Pérez
Javier Pérez
1 hora hace

Un poeta y un erudito imprescindible