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Empresa fúnebre, de Teo Peñarroja Canós

Empresa fúnebre, de Teo Peñarroja Canós

El motivo literario del doble puede refrendarse con numerosos ejemplos. Desde la pareja “Borges y yo” o el sobresaliente “El otro” sentado en el aparente mismo banco, puestos los dos a entrelazar y corregirse pasado y presente, o “Una flor amarilla” de Cortázar, hasta escisiones y dualidades malvadas como las que saltan del doctor Jekyll al criminal Edward Hyde del imborrable Stevenson. O unos gemelos maniqueos de una novela de un narrador también sin igual, Simenon, de la que omito el título para que los lectores lo averigüen por su cuenta.

Podrían sumarse duplicaciones o divertidas particiones como la de El vizconde demediado que ideó Italo Calvino, o hasta la diestra multiplicación de un siniestro espejo en copiosos relatos, con el haz y el envés del engaño o la verdad, con el reverso de un alter ego. O incluso entra en ese catálogo el delirio popular del sosias, ese con un parecido exacto a un mandatario o a cualquier alta jerarquía, a quien suplanta en actos públicos pesados, como fantasea la película Espérame en el cielo: el doble de Franco es un señor dueño de una tienda de prótesis ortopédicas.

En esta publicación, Zenda, el doble tiene nombre propio de prisionero y valiente: Rudolf Rassendyll, tan semejante por fuera —pelirrojo, puntiaguda la nariz— a ciertos miembros regios del imaginario reino de Ruritania, de lejano parentesco, y héroe de coraje y honor.

Los teóricos han adoptado el término alemán Doppelgänger (el que camina al lado) para designar el doble de alguien, sea una aparición fantasmal o un presagio de infortunios, o se trate de una reproducción física idéntica aunque sin nexos de la biología. En literatura suele encarnar el reflejo oscuro de uno mismo, el zambullirse en dualidades psicológicas y morales.

Y no digamos nada de quienes tienen el mismo nombre y los mismos apellidos y viven a kilómetros de distancia o dos calles más abajo. Otro filón. Otras dinastías.

A Marcos Arizmendi le oí este chistoso presagio: «Entre lo tarde que me acuesto y lo mucho que madrugo, cualquier día me cruzo conmigo mismo en el pasillo».

Y otra proeza a Teo Peñarroja Canós (La Vall d’Uxó, Castellón, 1996), que cuando le pedí un microrrelato me envió muy pronto esta joya que acabó titulándose «Empresa funeraria». Empresa significa, además de una institución social o una “unidad de organización”, el “intento o designio de hacer algo”. Teo Peñarroja es desde diciembre de 2021 editor de la revista Nuestro Tiempo. Se graduó en Filosofía y en Periodismo en la Universidad de Navarra entre 2014 y 2019, época en la que publicó sus reportajes en varios medios de España, México y Chile. También firma una columna mensual en el semanario Alfa y Omega. «Cree que las revistas son “ecosistemas culturales”». Y hace muy bien.

Me había prometido en el primer párrafo no acabar con «no hay dos sin tres». Pero no me veo yo hoy muy pitagórico, que digamos. Pero en la vida está a veces la no vida. Inquietante siempre. Parece.

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Empresa fúnebre

La esquela me la envió un amigo de hace años con el que ya ni me hablaba. Quizá era una broma de mal gusto y, sin embargo, el muerto era indudable y se llamaba como yo: Leopoldo Roux. Decidí ir al entierro por puro morbo. Fue emotivo porque Leopoldo Roux era joven y guapo, famoso hasta cierto punto: un escalador. Se había resbalado por la ladera nororiental de un pico tailandés y un avión refrigerado había traído sus restos irreconocibles, razón por la cual la caja permaneció cerrada durante el velatorio. Una viuda joven y rubia, desolada y aun así hermosísima, pronunció mi nombre al acabar y fue tan dulce escucharla hablar de mi fuerza, de mi coraje, imaginar cómo la habría sostenido con mis brazos tersos y viriles. Al Cementerio General acudimos solo unos pocos. Hacía calor como de agosto y yo sudaba debajo del traje bueno. Cuatro hombres con barba levantaron el féretro y lo encajaron en un nicho de la tercera fila. Cantó un gorrión. Se dejaron flores, botas de escalada, arneses. Una conversación apagada envolvió al ralentí a los que se marchaban. Quedábamos solo el viejo del alzacuellos y yo. «¿Lo conocía mucho, padre?». «A decir verdad, solo de nombre —lo decía como una disculpa, creo—. Me llamo Leopoldo Roux. Siempre he seguido los logros del finado. No sé, imaginaba que vivía su vida. No sabría decirle. Es un poco extraño». Tenía un tacto agradable el apretón de manos. No había mucho más que decirnos. Una breve mujer se nos acercó, tan delgada que su collar de perlas pesaba más que sus pasos. «¿Quiénes son ustedes?», dijo. No logré explicarle que nosotros éramos el muerto.

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