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Casas de escritoras

Con los escritores siempre está en el aire la pregunta sobre si es bueno conocerlos, con todas sus variantes: ¿Me iría de cañas con Quevedo? ¿Le dejaría dinero a Pérez Galdós? ¿Es mejor invitar a comer a este o comprarle un traje? Hay respuestas de todo pelo, ya que hay tantos gustos como colores. Con las casas, sin embargo, es distinto: cuando se han conservado como Dios manda —que es lo primero— callan, están en silencio, salvo para quien sabe hacerlas hablar y sacarles todo el partido que esconden. Justamente Isabel Parreño hace este gran gesto de amor con El último refugio (Ediciones Menguantes, 2025): viajar por la geografía literaria y real de un pequeño grupo de escritoras en un libro delicioso para todos los amantes de la literatura.

La bienvenida a este universo casero la da —con toda la lógica del mundo— Virginia Woolf, con la inspiración de la habitación propia (A Room of One’s Own, 1929). Desde sus orígenes familiares (como parte del clan Stephen) y la llegada a Monk’s House, la visita se articula según un triple eje biográfico-literario-personal: se entrecruzan así la búsqueda de la casa ideal con algunos sinsabores de por medio, las relaciones con sus padres y hermanos (con la sombra de la «extraña fascinación de su padre», 27, que hay quien ha visto in malam partem), y su desarrollo como mujer y escritora. Parreño anota con precisión la importancia de las ideas en torno al Grupo de Bloomsbury, la búsqueda de libertad de Woolf junto con sus amores y la lucha contra la enfermedad, todo lo que combina graciosamente —si se me permite la palabra— con la clave de la casa, que se recorre con los ojos bien abiertos. Las estancias (sala de estar, comedor, cocina, estudio, jardín con tumba) se suceden en un paseo vivaz que, por ejemplo, rescata el valor de las pequeñas cosas como clave para entender a Virginia Woolf «un poco más allá de su escritura» en un genial «espejismo» donde «oír los susurros de sus voces, espiar sus manías o leer la correspondencia de sus hombros» (29). Quizá así se escape un poco menos.

"Seguir la vida de Ajmátova es —más que en otros casos— seguir las peripecias encadenadas de una época febril"

Luego viene el caso de Ana Ajmátova (primer triunfo poético de Anna Andréievna Gorenko), que tiene mucho de supervivencia entre las desgracias, de lucha por la vida que posee un correlato desgraciadamente perfecto en la búsqueda de un hogar: en medio de una Rusia tan literaria como turbulenta entre la caída del imperio y la llegada del torbellino soviético, las casas se suceden una tras otra hasta la habitación de la kommunalka del palacio Sheremetev, que sólo muy al final cambia por una dacha privada. Seguir la vida de Ajmátova es —más que en otros casos— seguir las peripecias encadenadas de una época febril, que une amores y desamores con la asfixia de un régimen controlador donde los haya: en este contexto, el mínimo espacio vital se compensa con la falta de manías de escritura, «tal vez porque en aquel tiempo escribir se convirtió en una cuestión de vida o muerte para ella» (95). Más bien de muerte, parece, porque el signo trágico acompaña sus amores (incluidos dos matrimonios), la relación con su hijo Lev y toda su creación, amenazada por la sombra de la persecución, si bien muy tardíamente llega —cual ave fénix— la rehabilitación y el triunfo: «la estatua del dolor, de la soledad, del orgullo y del coraje», en palabras de su amiga Lidia Chukóvskaia.

En un salto con tirabuzón, sigue la baronesa Karen Blixen (nata Karen Christenze Dinesen), la aventurera danesa con alma africana, de quien Parreño traza un estupendo retrato con todos los matices que merece entre Rungstedlund y la plantación cafetera: la búsqueda de una vida plena tiene tanto de amor y pasión como de desengaño y sufrimiento que la acompañan hasta su regreso a la casilla de salida. Entre los aciertos de esta reconstrucción literaria y personal de Parreño, me quedo especialmente con la apertura hacia otras dimensiones de Blixen (anfitriona de una suerte de salón literario y su otra cara como «una contadora de historias más que una escritora», 157), así como las contradicciones de su visión africana, su independencia ideológica y su combate por la vida hasta el último suspiro: «La única felicidad verdadera de la que se puede hablar aquí es la pura alegría de vivir, una especie de triunfo sobre el ser» (177).

"Parreño adentra al lector en el mundo, la literatura y la figura de Pardo Bazán con mano maestra"

Cierra este apasionante desfile doña Emilia Pardo Bazán, de quien Parreño ya había editado anteriormente el epistolario un tanto picante con Pérez Galdós (Miquiño mío, Turner, 2013 y 2020). Con la condesa gallega se alcanza en cierto sentido el clímax del libro, porque —frente a los tormentos de sus compañeras— su vida tiene otro color y, sobre todo, por la construcción tan cuidada de todo un castillo a su medida: doña Emilia, «más que un cuarto propio, tuvo una torre propia donde forjarse ella misma» (193), según una moda entre francesa e inglesa que entiende la casa como clave de personalidad. Y aunque la visita ahora mismo está muy limitada, durante una jornada de catalogación y mil lecturas Parreño adentra al lector en el mundo, la literatura y la figura de Pardo Bazán con mano maestra: de la artista dedicada (hasta quince cuartillas al día) hasta la anfitriona exquisita y la luchadora feminista, con el pazo-castillo se ve claramente que «Emilia es infinita» (218).

Todo el libro tiene mucho de reivindicación feminista (hace falta recuperar más casas de escritoras), una defensa muy noble que, por cierto, se podría extender a muchos otros hogares literarios, pero especialmente se defiende la necesidad de rescatar de una vez por todas el Pazo de Meirás, todavía estancado en un pantano legal tras la ocupación franquista. Y, al parecer, bastaría muy poco.

"Al acabar, uno se queda con ganas de más: más escritoras, más casas, más historias para —ojalá— una segunda parte"

De cierta forma, cada lector sigue a Parreño en su periplo gracias al uso de una primera persona cercana y cómplice, que ofrece una guía con una estructura alterna —a manera de contrapunto constante— entre la historia de cada escritora (con su origen, sus curiosidades, sus alegrías y penas, su mundo) y el recorrido personal por las cuatro casas consideradas, más una sección fundamental sobre cada poética, con reflexiones sobre el estilo, el modus operandi y tantas otras claves más. Porque, al fin y al cabo, se puede decir que la escritura es «el verdadero hogar de todas las mujeres olvidadas, el último refugio del pensamiento libre» (13). Y la casa, las imágenes, los objetos, todas las pequeñas cosas que revelan —con más o menos de cifra— algo de la personalidad de sus señoras son reflejo de una búsqueda personal y literaria que «conectan con la historia y con la vida» (103), amén de muchas sabrosas anécdotas que valen su peso en oro: como el aderezo secreto del mejor plato que les venga en mente.

Así pues, el libro tiene claramente mucho de relato biográfico y literatura de viajes, pero igualmente de descripción (écfrasis, si se prefiere) de lugares, que se acompaña de imágenes cuidadosamente seleccionadas tanto de archivo como de factura propia que se insertan a modo de marginalia azules marca de la editorial: una combinación perfecta entre investigación de raza y paseo sentimental con la literatura en el corazón.

Al acabar, uno se queda con ganas de más: más escritoras, más casas, más historias para —ojalá— una segunda parte. Sucede lo mismo que señala Parreño: «Igual que cuando termino un buen libro, siento […] cierta nostalgia, una leve sensación de orfandad al tener que dejar este lugar» (175). Y también queda una duda: no sé si correr a cualquier librería o comprarme un billete de avión. O, ya puestos, los dos: para viajar en todos los sentidos.

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