Decía Umberto Eco en sus Apostillas a El nombre de la rosa que en literatura siempre asistimos a un diálogo entre un texto y todos los demás textos escritos con anterioridad, por lo que, en el fondo, lo queramos o no, “sólo se hacen libros sobre otros libros y en torno a otros libros”. Y no querer esconder las fuentes, sino mostrarlas, sin miedo y sin pudor alguno, al lector, es síntoma de una buena salud literaria.
Tampoco podían faltar algunos de nuestros clásicos, como Quevedo o Garcilaso, así como los inevitables Marcial, Propercio y Catulo, de los que extrae la esencia más frívola y golfa, sin poder evitar ese fondo de verdad, de desencanto, sin llegar a la amargura, que fluye por sus composiciones. Ahí están algunos poemas de González Pons, como “Arañazos”, muy representativo de las noches locas de una pasada juventud, con un coche prestado, aparcado tras una duna de la playa, y el inevitable y gozoso trasvase de fluidos.
La portada —un fragmento del cuadro titulado Viejo tendido al sol, del que es autor el genial, y poco conocido para lo que se merece, Mariano Fortuny y Marsal— nos da una idea, acaso un tanto equivocada, de estos poemas. Porque el asunto no va tanto por lo de la vejez, sino por esa otra parte que tiene que ver con el desnudo. Decía el añorado Vargas Llosa que escribir una novela no es sino un terapéutico ejercicio de striptease. Y el no menos genial José Saramago apostillaba que sólo se sabe lo que valen los cuerpos cuando están desnudos. En esa línea de ir quitándose prendas poco a poco —“pintar es quitar”, insistía, una y otra vez, el pintor murciano Ramón Gaya, que quería llegar así a la esencia del cuadro— hasta aparecer —mental y físicamente— como su madre lo trajo al mundo, se inscribe buena parte de estos versos en los que tanto se juega con los pronombres, para regocijo de todo un Pedro Salinas, con constantes guiños al poeta del 27, como sucede en “Papiroflexia”, al tiempo que tira de reconocidos y ancestrales símbolos, como el color amarillo, adorado por Juan Ramón Jiménez, la lluvia que ciega los cristales y que moja la tarde en el caso de Borges, o la nostálgica lluvia gozosa de Paul Verlaine, siempre en consonancia con su estado de ánimo —la lluvia triste del poema “Oración” es el mejor ejemplo en el caso de González Pons—, al tiempo que reivindica el silencio, que es el único modo de responder a la verdad: “El mejor poeta es el poeta mudo”.
En El incómodo desnudo…, el autor también expresa su alegría de vivir, la “droga de estar vivo”, y reivindica la inmortalidad de los cuerpos enamorados en poemas en donde se destila un moderado erotismo, en ocasiones algo descarado y gamberro, travieso y juguetón, como sucede en la composición titulada “Calefacción”, en donde nos desvela su sofisticada técnica para que una dama se vaya despojando, sin apenas darse cuenta, de todas sus prendas: una táctica para desnudarte sin que lo sepas. Y otros poemas en los que afloran ciertos “jardines secretos”, en una visible y palpable geografía del placer.
González Pons no tiene miedo de volver al pasado, a su infancia y a su juventud; a su ciudad, a la que dedica bellos poemas. Y en ese regreso al pasado, en donde apenas se aprecia dolor, sino una leve morriña, destaca el poema titulado “Septiembre”, acaso el mejor de cuantos se recogen en estas páginas: esa estampa de final de verano, con las sombrillas ya recogidas, con los primeros jerséis rodeados a la cintura, la brisa de levante y las cartas de amor en papel de avión, dirigidas a esos amores fugaces del estío que nos dejaron la sombra de un beso y el aroma efímero de una flor.
De la parte primera del libro, “Quito punto Nemo”, también destaca el poema titulado “Autorretrato”, que considero magistral, con ese vago recuerdo de Machado. Su vida, desde su nacimiento, aparece asociada —¡nada más lejos de la poesía!— a un campo de fútbol, el histórico Mestalla, a una infancia en la que cambiaba cromos y a un tupido césped por el que transitaron futbolistas como Mundo, Kempes, Carboni o Albelda. De ahí que no le importe que, al morir, su cuerpo sea incinerado con la camiseta de la senyera puesta, “con escudo y / con el número diez del matador”.
En “La silla de la cocina”, que es el lugar de las casas en donde en verdad maduran los buenos versos, González Pons, siguiendo ese inicial deseo de mostrarse desnudo, ligero de equipaje ante lo que pueda suceder, deja claro que la poesía se ha convertido, en un mundo en el que los clásicos han sido expulsados de las aulas, “acusados de tratar temas heteropatriarcales sin comprensión de género, raza o religión en sus argumentos”, en esa forma anticuada de resultar cursi o machista, y de esa manera, poco a poco, hemos ido perdiendo la habilidad de escribir a mano y de llorar a solas.
Y así transcurre, que diría Propercio en uno de sus más célebres poemas, su manera de vivir, y de esa forma desea que se extienda la fama de sus versos.
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Autor: Esteban González Pons. Título: El incómodo desnudo de un hombre adulto. Editorial: Ars Poetica. Venta: Todos tus libros.


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