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El retiro de un malhechor impune

Villeperce-sur-Seine, a solo doce minutos de Fontainebleau, y a unos 45 en coche de París, pasa por ser una apacible villa, con trazas de ciudad residencial, para el uso y disfrute de la alta burguesía de la capital francesa. Pero a excepción de Tom Ripley y su esposa, la rica heredera Héloïse Plisson, nadie ha estado nunca allí. Porque lo cierto es que Villeperce-sur-Seine es un territorio mítico, imaginado por la gran Patricia Highsmith para el retiro, entre crimen y crimen, del personaje más fascinante de todo el relato criminal del siglo XX. Siempre al socaire de las turbulencias de la identidad, la moral y la ambición, hay en Ripley —de quien sospecha hasta Héloïse, que prefiere ignorar el modus vivendi de su marido— un don para el fraude que haría de él el mejor de los políticos.

Pero otro cuatro de febrero, el de 1995, tras el deceso de su creadora, de las dotes para el medro del asesino de Dickie Greenleaf, así como de su proverbial amoralidad, nunca más se volvió a hablar. Como el tiempo no atañe a los territorios míticos, desde entonces imaginamos a Ripley en su retiro francés, restaurando clavecines del Barroco italiano, entregado a cualquier refinamiento o escuchando a Lou Reed junto a su esposa. Y más allá del relato criminal, el espacio de confort de la gran Highsmith, si hay un parnaso para los grandes villanos de la historia de la literatura universal, y en un rincón de allí una mesa en torno a la cual se dan cita los más inquietantes, Tom Ripley se sentará a ella a la derecha de Jacques Collin, el Burla la muerte de Balzac. Tanto el francés como el norteamericano son expertos en desafiar las normas sociales. Saben escabullirse entre las sombras. Ripley es la máxima expresión de la misantropía de su autora; el Collin de Balzac, la pieza más puntiaguda de una sátira mordaz.

"Tanto Tom Ripley, como el Chester MacFarland de Las dos caras de enero, otra creación de la gran Highsmith, son más de fraude que de atraco a mano armada, más amorales que psicópatas, como tantos políticos de nuestro tiempo"

Huérfano desde los cinco años —nos cuenta Highsmith en El talento de Ripley (1955), primera novela del ciclo—, el futuro amo del fraude creció bajo la tutela de su tía Dottie, que se burlaba de él llamándole afeminado. Del periplo europeo junto a Dickie, a quien falsificaba la firma antes de matarlo, datan sus primeros crímenes. Suele decirse que Tom es un psicópata porque cuando se ve impelido a dar muerte a alguien no le tiembla el pulso: mata sin sentir empatía alguna por sus víctimas. Pero también podemos verlo como un asesino ponderado: no mata porque sí, por ver morir a un tipo. Tom Ripley recurre al hierro cuando alguien está a punto de desbaratar sus fraudes y falsificaciones. Pero no solo es esa ponderación, esa objetividad ante el asesinato, el amigo americano —que le llamó Wim Wenders en su adaptación de 1977 de El juego de Ripley (1974)—, Ripley empatiza con Jonathan Trevanny, el enfermo terminal a quien unos días antes ha convertido en sicario ocasional de un mafioso, Reeves Minot, con argucias tan dudosas como el dinero que va a reportar el asesinato a los Tevanny cuando Jonathan falte. En aquella sazón, Ripley comercializa la obra de Dewart, un artista que se hace pasar por muerto para aumentar fraudulentamente el precio de su obra. Y vuelve a implicarse en un asesinato por hacerle el favor a un amigo. Tanto Tom Ripley como el Chester MacFarland de Las dos caras de enero (1964), otra creación de la gran Highsmith, son más de fraude que de atraco a mano armada, más amorales que psicópatas, como tantos políticos de nuestro tiempo.

“Los delincuentes son interesantes desde un ángulo dramático. Son atractivos en una etapa: cuando son libres y no se doblegan ante nadie”, recuerda Julian Symons en su Historia del relato policial (Bruguera, Barcelona, 1982), que sostenía la gran Patricia Highsmith, una misántropa, una mujer asocial, que odiaba al mundo entero. “Considero la pasión del público por la justicia como algo tedioso y artificial, puesto que ni la vida ni la naturaleza se preocupan de que se haga o no justicia”.

"La vileza, la psicología del alma criminal, que no el enigma, en torno al cual giraba la obra de las inglesas, era la materia literaria de la estadounidense"

En efecto, la creadora de Tom Ripley escribía sobre la psicología de los criminales, que no sobre la astucia de los policías. Diferencia notable. De ahí lo gratuito que se antoja la, empero frecuente, comparación con Agatha Christie, Ruth Rendell y P. D. James, que concebían sus ficciones en base a una intriga que atrapase a los lectores. La gran Patricia no escribía para entretener a nadie, escribía para regocijarse en la vileza de esa sociedad que la despreciaba, de la que se había marginado en su retiro europeo, del que no salió ni para dejarse admirar por sus lectores. La vileza, la psicología del alma criminal, que no el enigma, en torno al cual giraba la obra de las inglesas, era la materia literaria de la estadounidense.

Naturalmente, tanto afán de retratar el mal sin pamplina alguna no tardó en topar con la censura. Ya en su segunda película, la primera adaptación de El talento de Mr. RipleyA pleno sol (René Clément, 1960)—, los inquisidores impusieron que el cadáver de Dickie Greenleaf fuese descubierto fortuitamente por la policía. Aunque esto no merma en modo alguno la calidad de la cinta, una auténtica obra maestra, no es así como acaba la novela, El talento de Mr. Ripley (1955), ni la también espléndida adaptación de Anthony Minghella, estrenada en 1999 con el mismo título que el texto original. Los de la versión de Clément aún eran los días en que el crimen siempre se pagaba en las películas.

"Lo más desconcertante es que, en contra de lo sugerido en A pleno sol, Tom Ripley consigue salir adelante con sus fraudes e ir medrando en la vida"

“Ripley sólo mata cuando hay alguien que verdaderamente se interpone en sus planes”, comentaban los primeros lectores españoles de Patricia Highsmith, en aquellas ediciones de Panorama de Narrativas de Anagrama. Estaban en lo cierto: la suerte de Dickie Greenleaf nos lo demuestra. ¡Ay de aquel que esté a punto de desbaratar un fraude del amigo americano!

Y lo más desconcertante —y singular en toda la historia del relato criminal— es que, en contra de lo sugerido en A pleno sol, Tom Ripley consigue salir adelante con sus fraudes e ir medrando en la vida. En las últimas entregas del ciclo —Tras los pasos de Ripley (1980), Ripley en peligro (1991)— el veterano estafador, oportunista y suplantador de identidades, en su retiro francés de Villeperce-sur-Seine, es uno de los pocos malhechores impunes con entrada en la historia de la literatura.

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