Para conmemorar el 90º aniversario de la Guerra Civil, José Ángel Mañas recrea en Zenda, día por día en esta sección, lo que aconteció en 1936, quizá el año más trascendental de toda la historia reciente de España. En los dos primeros meses cuenta con la colaboración de Íñigo Palencia.
Sábado, 15 de febrero de 1936: Jóvenes fascistas
Aquel grupo de muchachos recorría desde por la mañana las calles. Eran cinco. Todos del barrio de Salamanca. Todos estudiantes de Derecho y con un futuro prometedor. El Hispano Suiza T60 del padre de uno de ellos, industrial acaudalado, propietario de fábricas de jabones, les permitía desplazarse con rapidez.
Los madrileños se iban poco a poco contagiando del entusiasmo. Se preveía una amplia participación, y el último día de campaña era un continuo trasiego de unos y otros. Nuestro grupo estaba eufórico. Todos daban la victoria de las derechas por segura. Ya era hora de ver a Gil-Robles presidente. Los rusos iban a quedarse con las ganas de convertirnos en un país bolchevique.
Por Chamberí, en Tirso de Molina y Mayor, a lo largo de Alcalá y Serrano, llenaron las aceras de las candidaturas del Frente Contrarrevolucionario. Incluso se atrevieron a adentrarse más allá de Cuatro Caminos, en Tetuán de las Victorias, reconocido feudo marxista. Pero allí, nada más enfilar Bravo Murillo, no solo la geografía urbana cambiaba, con casas bajas y humildes, también las miradas. Un coche lujoso generaba desconfianza y hostilidad, y un grupo de obreros que repartía listas del Frente Popular los apedreó. Por suerte, ningún proyectil causó grandes desperfectos al coche y pudieron volver a la seguridad de Chamberí, entre risas, sintiéndose valientes. A sus espaldas quedaron los gritos de: «Señoritos hijos de puta» y «Volved con los vuestros, fascistas».
A la caída de la tarde, se dirigieron a Sol. Se detuvieron delante de un voceador de prensa, a comprarle el ABC. En la portada, un mapa de la Península y un contundente rótulo repitiendo el lema de las derechas: ¡Votad a España!
—Pues ahora a casa, a oír por la radio las palabras de Gil-Robles a los apoderados e interventores. Y a la cama pronto, que mañana hay que estar los primeros votando.
Desperdigaron por la plaza las últimas papeletas y, antes de irse, vieron varios carteles de propaganda electoral del Partido Comunista en la calle del Carmen: DEVOLVED A SUS FAMILIAS LOS TREINTA MIL PRESOS. PARA LLEVAR EL PAN A LOS HOGARES DE LOS PARADOS Y REPRESALIADOS. ¡VOTAD AL FRENTE POPULAR! El dibujo no tenía desperdicio. Una mujer humilde con un niño en brazos alargaba la mano hacia una urna. Un cura, una beata con un rosario en la mano y un patrón la retenían por las piernas.
—Vamos a arrancarlos todos. ¡Que no quede nada de propaganda bolchevique!
Y se dedicaron a arrancar carteles. Tan afanados se encontraban, que no vieron llegar la camioneta cargada de chavales del Partido Comunista.
—Eh, esos son los hijos de puta que nos han llamado muertos de hambre en Tetuán. Están arrancando nuestros carteles. ¡Vamos a enseñarles modales a los señoritos!
Los obreros embistieron. Las bofetadas volaron. Un grupo de guardias intervino con presteza, porras al aire, silbatos en ristre. En un minuto fueron separados a empujones. Los comunistas que más resistencia ofrecieron acabaron detenidos.
—¡Ya veremos mañana quién ríe mejor! —gritó uno, con el ojo morado, mientras se lo llevaban a rastras.


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