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Carta a Antonio Prieto

Querido Antonio:

Es pronto en la mañana y me lanzo a escribirte, no pudiéndolo demorar por más tiempo. Estos días he estado recordándote leyendo tus libros, releyendo páginas de ellos, mejor dicho, porque ahora no puedo leer todo lo que leí, bastante es, bastante fue que lo leí en su momento. Pero ahora compruebo cuánto te leí y cuánto conviví contigo, porque lo recuerdo. Tus clases, nuestros encuentros en la editorial Planeta, donde trabajabas, y luego en tu casa, donde tantos ratos pasamos en la última etapa de tu vida.

Esta etapa fue maravillosa para mí, y pude ahondar en tu sabia y erudita figura, tu muy literaria figura, tu amor por los libros, infinito, libros antiguos y modernos,  y por todos aquellos que los habían escrito, tu magnífica biblioteca, que ya no me podías enseñar (o sólo en parte) porque no podías subir al ático, pero que yo pude descubrir solo, como si fuese un Guillermo de Baskerville moderno. Manejabas libros del siglo XVI con la mayor naturalidad del mundo. Te pasabas horas y horas en contacto con esos volúmenes, esos mundos, y no te cansabas jamás de ellos, de leerlos, de escudriñarlos y disfrutarlos. Yo adoro los libros, pero cuando llevaba tres horas trabajando contigo me cansaba, y tú no te cansabas nunca. Con más de noventa años.

Me regalabas ejemplares de tus libros, que yo admiraba tanto, como Isla blanca¸ Penúltimo cuaderno, Cuaderno de ayer, o el segundo tomo de tu Poesía renacentista española. Yo también te regalaba mis libros, como Cid Campeador, que yo creo que fue uno de los últimos libros que leíste y que me decías que te gustaba mucho, que era mi mejor libro.

Te preguntaba si te aburrías, y me contestabas: “No, porque leo”.

Pero dejaste de escribir, por un tema del pulso, me parece, y lo sentiste mucho. Toda la vida escribiendo y yo creo, noté, que algo en ti fallecía. En mi casa hay más de 35 libros tuyos, entre novela y crítica, sobre todo, pero no los tengo todos, aún me faltan algunos.

Me gusta mucho volver a ellos. Mientras los leo me saltan los recuerdos, lo que nos decías en clase, o en los pasillos de la Facultad, o en tu despacho, o en tantos sitios. Tantas vivencias… No hace mucho la profesora y escritora Fanny Rubio, a la que también admiro, me decía que en la Facultad debía haber una estatua tuya, y yo lo pienso también, aunque sinceramente qué mejor estatua que tus libros, una “estatua” en la que estás vivo y libre, listo para dialogar con nosotros, con tus lectores, que somos tus amigos.

Eras un hombre muy afable, muy buena persona. “Yo he sido siempre buena persona”, me dijiste una vez. Hace poco el escritor y periodista José María Plaza me decía: “Antonio Prieto era encantador”.

Gracias a ti me decidí por mi tema de tesis, gracias a ti pude hacerla y con un tema que me apasionaba. Gracias a ti entré en contacto con Francisco Umbral y pude entrevistarlo mil veces para hacer esa tesis, dos libros de conversaciones y muchas cosas más. Eras un hombre muy generoso y muy inteligente, un muy hondo escritor. Desempeñaste muy bien todas las funciones que tocaste: estupendo profesor y filólogo, muy competente editor, originalísimo novelista.

Un recuerdo para tus compañeros y amigos de la Facultad de Filología: J. Ignacio Díez Fernández, que fue un magnífico director de tesis para mí, Álvaro Alonso, excelente profesor, su mujer Isabel Colón, siempre amable y atenta, y Ángel García Galiano, al que conozco menos pero también de forma muy positiva.

Yo te entrevisté varias veces, yo diría que muchas veces. La última entrevista, póstuma, salió en Revista de Occidente, una publicación “de alcurnia”, como me dijiste para celebrarlo cuando te conté que me habían aceptado la entrevista.

Me sigue gustando mucho leerte. Compruebo, como me ha ocurrido recientemente con los libros de Andrés Trapiello, que lo que me ha gustado mucho en el pasado me sigue gustando, y que viene bien un período de descanso.

Tus libros son muchos, y salían a gran velocidad, un libro al año más o menos. Creo que con esa frecuencia no se puede apreciar bien el valor de los libros, que necesitan más calma, sobre todo libros como los tuyos, meditados, profundos, cuidados. Recuerdo que escribías sin corregir apenas, y como me dijo en una ocasión tu secretaria Angelines, prácticamente pasaban de tu pluma a la imprenta tal y como salían de la primera. Tú decías, y me gusta mucho recordarlo, que el escritor que corregía poco, o apenas nada, era porque acariciaba las palabras en su interior. Este “acariciar” me parece precioso, y se entiende maravillosamente; no hace falta explicarlo.

Empezaste a estudiar Medicina, pero pronto lo dejaste (o no tan pronto, me parece que en tercero). “Me gustaba más la literatura”, me dijiste. El primer libro antiguo que cayó en tus manos y que compraste fue Los tres mosqueteros. Te apasionaban, decir “apasionar” es poco, los libros antiguos. Los comprabais tú y tu mujer, Pilar Palomo, otra gran sabia de la literatura, por el placer de leerlos y de tenerlos, pero también para estudiarlos. Tu mujer me llegó a decir que a veces teníais que elegir entre comprar un libro o comprar unos zapatos, y elegíais comprar el libro.

Para disfrutar y entender tus libros no hacía falta conocerte o conocer tu casa, tu entorno, tu biblioteca, pienso yo. Porque trascienden todo ello, y es interesante que a tus novelas las hayan llamado “existencialistas”, “metafísicas”… y a ti neoplatónico. Es interesante y significativo: creo que es acertado. Pero es cierto también que conociéndote, conociendo tu casa, tu vida, tu biblioteca, asombrosa, se profundiza mucho en tu obra, conociendo tu trato con los libros y lo que había en ellos, lo que tú ponías de ellos. Debo reconocer que al final todo esto resulta esencial.

Verdaderamente vivías en conversación con los difuntos, como decía Quevedo, con la diferencia de que para ti estaban vivos, completamente vivos, y luego los metías en tus libros, novelas ensayos de crítica, no conformándote con leerlos.

Recuerdo que en tus clases decías que a los clásicos había que leerlos como si estuvieran vivos porque vivos estaban cuando escribieron sus obras. Esto es muy hermoso y muy revelador.

Lourdes Bravo Sánchez, que estudió tu novela histórica en una tesis doctoral que me regalaste en tu casa, decía que tu actividad de novelista es anterior a tu actividad de profesor o de crítico, y es verdad (antes incluso hiciste teatro). Aunque yo creo que todo te apasionaba, y que todo formaba parte de lo mismo, llamémoslo humanismo, llamémoslo sabiduría, en sentido muy amplio, humano. Todo surge de un escritor auténtico.

Una vez, en una entrevista, cuando estábamos superando la pandemia, me dijiste que para ti el “humanismo” estaba relacionado con la “humanidad”, es decir con lo que se podía sentir por ejemplo hacia un animal, un perro… Te gustaban mucho los perros, y siempre tuviste perros. Te gustaban los animales en general, muchísimo. Eso era también un rasgo de tu personalidad, supongo que de tu bonhomía, de tu humanidad, sí.

Querido Antonio, esta carta “sin tiempo” ya va larga, y no me quiero exceder. Sabes que cuentas con mi amistad “sin tiempo” para siempre. Gracias por todo lo que me diste, nos diste.

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