Para finalizar con esta celda del panal hergeniano en torno a las subastas, pondré broche y relato a la última de ellas, donde participamos tan directamente que, junto a la colaboración necesaria de SUPUBA (Subastas Públicas de Barcelona), fuimos los artífices de la misma.
Me explica que, dada su edad tan avanzada, y estando ingresada en la residencia La Mayola de Esplugues del Llobregat, los hijos de Conchita habían decidido desprenderse del contenido existente en el piso del que hasta ese momento disponía como inquilina, situado en la calle Muntaner de Barcelona.
Dicho esto, y suponiendo que en el interior de dicha vivienda se debía de albergar gran cantidad de producto tintinesco, Rafel me pasó el teléfono de Marta Ferrer Zendrera, hija de Conchita, para poder contactar con ella.
La llamé. Me explicó un poco la situación y nos emplazamos, quedando día y hora en la dirección que me ofreció para poder valorar “la magnitud de la tragedia”.
El día pactado me presenté en dicha dirección, acompañado de libreta y bolígrafo para un posible inventariado, y solo al entrar en dicha morada ya capté un cierto desconcierto de objetos y cajas de embalaje, dado el trajín que supone el vaciado y mudanza de una vivienda en la que se había forjado toda una vida familiar en torno al impulso y dedicación editorial.
Pero con cierta astucia, sabedora de lo que hablábamos cuando nos referíamos a Tintín, Marta no dejó que dicho caos se apoderara del contenido tintinesco que había en la casa, de tal manera que con muy buen criterio había puesto a buen recaudo todo lo relacionado con este personaje en el interior de una estancia en la que armarios, repisas y cajones estaban a petar de libros y diferentes objetos relacionados con la obra gráfica de Hergé. En esa estancia encontré la tan buscada y anhelada revista Tintin et Milou Models, la cual con solo verla ya pacté con Marta su adquisición.
Llegados a ese punto, y viendo un poco por encima todo lo que había, decidimos que lo más factible era realizar un inventario a conciencia y una valoración estimativa mínimamente acertada.
Me pasé en dicha habitación toda la mañana de ese día anotando pieza por pieza y sus características (estado de conservación, título, edición, editor, fabricante, etc.).
Una vez finalizado dicho trabajo, y con la revista adquirida bajo el brazo, me fui más contento que unas castañuelas hacia mi despacho, y esa misma tarde empecé a valorar los objetos, su posible interés en el mercado y una estimación crematística de cada uno de ellos.
Había piezas de alto nivel de coleccionismo, otras muy curiosas, algunas inéditas y en su conjunto constituían una cifra económica considerable. Al principio me había hecho la ilusión de poderle hacer a Marta una propuesta de compra que fuera mínimamente aceptable, pero al constatar lo elevada que era su cuantía, vislumbré que una propuesta especulativa no era el camino más honesto y adecuado a recorrer.
Nunca me ha gustado ningunear el producto Tintín. Siempre le he tenido sumo respeto, y no era de recibo hacerle a Marta una propuesta de compra insultante.
Y en ese punto es cuando pensamos que lo más conveniente para Marta y su familia era darle salida a todo ese compendio hergeniano por mediación de una subasta.
Al mismo tiempo, hablando con Rafel sobre el tema, apareció entre sus clientes la propuesta de completar todo ese lote relacionado con Hergé mediante dibujos originales de distintos dibujantes de renombre, todos ellos ofrecidos por coleccionistas al enterarse y ser informados de una presunta venta por licitación al mejor postor. Originales de dibujantes como Josep Coll, Marí Benajan, Arturo Moreno, Josep Maria Madorell, Jordi Buxadé, Joan Mundet, fueron ofrecidos para ser puestos a disposición de ser subastados.
Ante los acontecimientos, decidí contactar con Gerard Vidal (SUPUBA), informándole de la situación, por si pudiera estar interesado en llevar a cabo dicha venta. Inicialmente le pareció interesante la propuesta, y quedamos en vernos para hablar del tema.
Nos reunimos, y antes de observar el contenido material a subastar, Gerard ya me puso en antecedentes sobre un problema que tendríamos que abordar y afrontar. La existencia de SUPUBA como empresa de subastas no estaba en cuestión, pero por temas empresariales había tenido que cerrar las instalaciones donde llevaban a cabo su actividad presencial, de tal manera que los interesados en llevar a cabo una subasta tenían que poner a disposición de dicha empresa un espacio adecuado para ejercer su principal actividad.
No sé si fue el azar o la alineación de los astros pero, al mismo tiempo y en paralelo, estábamos en negociaciones para vender toda la maquinaria de nuestro negocio de imprenta, lo cual provocaría el cese de nuestra actividad gráfica, dando pie a que el local donde se ejercía dicha función, siendo de nuestra propiedad, pudiera quedar vacío para llevar a cabo cualquier otro menester.
Dicho y hecho. Llegué a un acuerdo con una empresa de Esparraguera para la venta de toda la maquinaria con la condición de que ellos mismos se cuidaran de su desalojo. Sacar de una quinta planta de un edificio industrial maquinaria cuyo peso podía superar los mil quinientos kilos no era trabajo sencillo. No se podían desmontar más allá de cuatro rodillos y los montacargas no soportaban más de setecientos kilos de peso. Por lo tanto, dicha maquinaria tuvo que salir por uno de los ventanales con acceso a la calle Almogávares de Barcelona, eliminando su muro inferior para llegar a ras de suelo.
Así se organizó dicha operación y un domingo por la mañana, guardando el acceso donde aposentar los brazos hidráulicos de un camión con pluma y el posterior cierre de la vía de circulación por parte de la policía municipal, se llevó a cabo el desalojo de dicha maquinaria. La angustia que conlleva la precisión que necesitan los profesionales de dichas mudanzas para que no haya ningún accidente durante el traslado es muy inquietante. Pasas un ratito angustioso, no deseable para nadie.
Acabada dicha operación, y quedando un local totalmente diáfano con una superficie de 140 metros cuadrados a nuestra disposición, contactamos con la agencia inmobiliaria que en su momento nos lo vendió para barajar las distintas opciones que nos podía ofrecer. Recuerdo que vino el comercial de dicha empresa y me dijo: “Hombre, este local lo puede alquilar o lo puede vender, pero en el estado en que se encuentra (aceites por el suelo, grasas, tintas en paredes, mugre, etc.) lo primero que se tendría que hacer sería un saneamiento y reforma integral. Llevan ustedes 25 años trabajando de sol a sol con todo tipo de productos químicos y bien se merece un lavado de cara, el cual sin duda acrecentará su valor y sus opciones a ser alquilado o vendido”.
Dada la evidencia de la situación, decidimos poner en marcha toda una reforma completa, y para ello nos pusimos en manos de un buen amigo tintinólogo llamado Joan Pericas, cuya profesión era la de contratista de obras. Le explicamos la situación, y al cabo de diez días nos presentó un proyecto acompañado de su valoración económica. No precisamos más de veinticuatro horas para darle el visto bueno a dicho proyecto y, en menos de dos meses, teníamos ante nuestros ojos un local que enamoraba. Estaba provisto de un espacio-almacén con dos puertas de acceso y una habitación-despacho, y todo ello conducía a la sala grande de unos cien metros cuadrados, liberada de cualquier elemento constructivo y estructural (columnas, paredes maestras, etc.).
Cuando Mª Carmen vio la transformación del local, me dijo:
—¡Uy, Enrique! Ni lo alquilamos ni lo vendemos. Trasladaremos la tienda de Cantonet a este nuevo emplazamiento.
Si se fija el lector, habiendo llevado a cabo toda esta operación inmobiliaria, el problema de espacio con el que llevar a cabo la subasta de productos relacionados con el cómic y Tintín había desaparecido de golpe. Nos volvimos a reunir con Gerard en el local reformado para que viera la bondad de las nuevas instalaciones, y quedó fascinado. La sala daba muchas opciones de albergar un aforamiento que diera empaque al evento, y por otro lado las dos puertas de acceso al almacén ofrecían la posibilidad, mediante una de ellas, para dar visibilidad a los productos, y por la otra acceder al pago y retirada de los mismos una vez ganados en subasta.
Gerard y su equipo se pusieron manos a la obra para poder confeccionar un catálogo de subasta con cara y ojos, el cual se puso a disposición de todos los medios audiovisuales posibles que quisieran difundir el evento. Como poco, en Cataluña era la primera vez que se llevaba a cabo una licitación de originales del mundo del cómic y de un gran número de libros y objetos relacionados con la obra gráfica de Hergé. Hasta la fecha no tenemos información de que se haya hecho licitación igual o de mayor envergadura en España.
Quisiera hacer un inciso para explicar una anécdota de aquellas que provoca cierta curiosidad, dada la analogía de distintas circunstancias. Hará menos de un año que hago artículos para Zenda Libros relacionados con la obra de Hergé, de la mano de Arturo Pérez-Reverte.
En este tiempo he aprendido mucho. He aprendido a saber quién es, por ejemplo, el excepcional pintor Augusto Ferrer-Dalmau, del cual he conseguido tener ante mis ojos el fascinante cuadro titulado La batalla de Rocroi. También he sabido quién se dedica a ilustrar los libros del Capitán Alatriste con maravillosos dibujos en sus páginas. Ese no es otro que Joan Mundet, dibujante brillante en su disciplina. Preparando este artículo, compruebo que hará casi diez años tuvimos en Cantonet dos de sus dibujos para ser subastados, tal como muestro en fotografía. Nada, casualidades de la vida y todo un honor.
El día 14 de febrero inaugurábamos lo que quedaría bautizado como Cantonet Galerie. En dicha inauguración contamos con la presencia de amistades, tintinófilos conocidos, la junta directiva de la asociación 1001, representantes de SUPUBA y familiares de nuestro estimado amigo Joan Trulls, fallecido hacía poco tiempo, y para lo cual, como homenaje póstumo, y en presencia de su esposa e hijo, decidimos bautizar la sala de exposiciones y venta con su nombre. La Sala Joan Trulls.
Al cabo de unos días, y con fecha 17 de febrero, se llevó a termino la subasta mencionada, de la mano de Gerard Vidal, director subastero y propietario de SUPUBA.
El día anterior, tal como se establecía en las normas de la subasta, todos los interesados en adquirir algún objeto bajo licitación, tenían la opción de acercarse a Cantonet Galerie para poder comprobar el estado de los productos de su interés y poder decidir si finalmente licitar o no. Una vez adquirido un lote, no se aceptaban quejas ni sobre su precio ni sobre su estado.
Así y todo, el día de la subasta se abrió a las 9 la sala al público para que los más rezagados pudieran optar por repasar cualquier producto que fuera de su interés antes de ser licitado.
Llegadas las 11, y con el aforo de sillas, butacas y sillones repleto como un huevo, empezó la subasta por los dibujos de artistas españoles. Digamos que el 90 % de dichos artículos fueron adquiridos en digna pugna y un 10 % de ellos quedó desierto.
Acto seguido se pasó a licitar el apartado de objetos hergenianos, y en este capítulo las licitaciones dieron paso a más de una disputa, arbitrada magistralmente por Gerard, el dueño del martillo.
Libros de Cocktail, firmados por Hergé y numerados, litografías numeradas y firmadas, libros dedicados, figuras de escultores como Leblon Delienne, una escultura del Bric a Brac y un Pousse-Pousse de Pascal Rodier, un barco del Unicornio, libros pasados por la censura del 1976, tomo encuadernado de las revistas de Le Journal Tintín 1946, Petits Vingtièmes, etc. Todo ello bajo un ambiente festivo en una matinal de sábado.
Algunos libros de poca significancia, de terceras, cuartas y quintas ediciones, quedaron sin comprador, pero por lo demás todo el resto de piezas se licitaron, consiguiendo obtener una cifra económica nada desdeñable. En resumen, una jornada de total éxito la vivida en Cantonet Galerie. Todo el mundo se comportó y pensamos que la mayor parte salieron satisfechos con sus compras.
Digo la mayor parte porque siempre hay alguno que tiene que dar la nota y, en su calidad egocéntrica, se me vino a quejar con tono de haber sido engañado y ciertamente ofendido.
El asunto era que dicha persona ganó un libro de primera edición de El cetro de Ottokar, por el cual había pagado 125 euros, y su queja —con cierto tono de ofensa y queriendo aprovecharse de nuestra hipotética amistad— era que uno de los pliegos del libro estaba en parte suelto, como descosido del lomo.
Le hice la observación de que el estado de dicho libro lo tendría que haber constatado el día antes o el mismo día de la subasta de 9 a 11, en el que todos los interesados tenían el derecho a inspeccionar los productos.
En pocas palabras, me respondió que nosotros éramos los responsables de que todos los productos a subastar estuvieran en mínimas condiciones de ser adquiridos y que, bajo su consideración, el objeto adquirido por él no las cumplía. Por ello, dadas las circunstancias, exigía la devolución de los 125 euros que ya había pagado, y como consecuencia devolvernos el libro.

Bueno. Respiré hondo, cogí el libro, me lo miré, vi que no tenía ninguna otra anomalía y para que no afectaran sus críticas a mi negocio y prestigio, no quise que dicha circunstancia empañara la jornada tan maravillosa que habíamos tenido, y acepté la devolución del libro a cambio del importe de 125 euros que había pagado, sacándolos de mi bolsillo.
Como para cada roto siempre hay un cosido, al cabo de diez días vendí el libro por 175 euros, dado que, aunque no estaba nuevo, solo tenía la anomalía descrita y estábamos hablando de una primera edición de El cetro de Ottokar, libro editado en 1958 por Juventud; o sea, un álbum con 68 años de vida.
Si no recuerdo mal, era la primera de unas cuantas veces en que tuve desencuentro con dicha persona y poco a poco, como me conozco, “le fui tomando la medida y confeccionando un traje”.
Finalizaré este artículo explicando que, en el momento que escribo este artículo, estoy leyendo el libro de Arturo Pérez-Reverte titulado Patente de Corso, el cual es un compendio de fantásticos artículos de distinta índole, a cuál mejor. Acabo de leer “El pianista del Sheraton”, y en él dicho personaje, siempre vestido con su impecable traje blanco, describe una máxima que me ha impactado: “La dignidad de cada uno es el respeto a sus recuerdos”.
Reflexionando sobre dicha frase y poniéndola en contexto a los míos, los recuerdos, podré seguir pensando y recordando que por suerte… siempre nos quedará Tintín.






Impresionante el artículo. La fotografia de la grúa sacando las máquinas ufff y lo de Joan Mundett muy bueno. Enhorabuena.