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Prohibido morir aquí

Prohibido morir aquí

A la hora de escoger lectura parece más lógico que nos inclinemos hacia lo fácil, a lo que de forma previsible podría agradarnos. En este sentido, podemos servirnos de premios literarios, de booms tras una adaptación audiovisual acertada o de polémicas que acompañen a los libros o autores en cuestión. Sin embargo, a veces, cuando salimos del tránsito común, podemos encontrar pequeñas joyas sorprendentes. A mí me sucedió hace años, cuando leí Del color de la leche, de Nell Leyshon. No era un libro que hubiese tenido una gran campaña, pero tras una brevísima ojeada había llamado mi atención. Me molestó el final trágico, pero me cautivó el humor, la inteligencia y la impecable ejecución del artefacto literario.

Hace un par de semanas probé suerte con un clásico como 84, Charing Cross Road (1970) de Helene Hanff, que me aburrió terriblemente, sin perjuicio de que pudiese apreciar el valor de la obra por su contexto bélico e intercontinental. Probé después con Delphine de Vigan y su trabajo Basada en hechos reales (2015), que parecía prometedora pero que se me antojó un delirio narcisista y exagerado del oficio de escritor, como si escribir libros supusiese un estado mental superior y una pugna constante de los autores consigo mismos. Perdonen la franqueza, pero es que no soporto la pedantería y menos si reclama mi atención durante trescientas cincuenta páginas en las que no descubro hacia dónde quiere ir la autora, por muy bien que escriba.

"La autora sacudió mis sentidos con una historia limpia, atemporal e interesante"

Por fortuna, una de mis últimas adquisiciones fue Prohibido morir aquí (1971), de la escritora británica Elizabeth Taylor. Lo había dejado en la parte inferior del montoncillo de libros pendientes, porque parecía tratar sobre la vejez y de pronto no me apetecía nada una historia que inevitablemente debía ser triste. Sin embargo, llegado su turno, la autora sacudió mis sentidos con una historia limpia, atemporal e interesante. Resulta que, en la novela, la señora Palfrey se acaba de quedar viuda y, antes de dar con sus huesos en un geriátrico, decide invertir sus ahorros en hospedarse en un hotelito de Londres, donde le consta que jubilados y más personas de su edad viven de manera permanente. Una forma como cualquier otra de protegerse de la soledad, sobre todo sabiendo que su nieto trabaja cerca, en el Museo Británico. Pero ya saben cómo es la familia: o un refugio o un coñazo terrible, sin término medio, y su nieto no la visita ni aunque le mande un burofax lleno de billetes. Así pues, nuestra protagonista pasea sola por los barrios de Londres y, un día, tras caerse en la calle, conoce a Ludo, un joven sin un penique, escritor y, por supuesto, soñador. Se hacen amigos y hasta pactan que él finja ser su nieto al visitarla en el hotel, solo para que alguno de los huéspedes deje de chinchar a la señora Palfrey por no tener quien la quiera. Como se podrán imaginar, suceden equívocos, situaciones humorísticas y otras de desgarradora crueldad. De hecho, la autora describe tan bien los sentimientos de la protagonista cuando se queda sola en su cuarto, que por un instante fugaz me recordó a Dostoyevski cuando, en Crimen y castigo, detallaba como un cirujano emocional la angustia de Rodion mientras clavaba la mirada en la pared y pensaba en los crímenes cometidos.

"Cuando Taylor escribió esta novela tenía cincuenta y nueve años, por lo que todavía no había llegado a esa edad crepuscular en la que todo termina"

Cuando Taylor escribió esta novela tenía cincuenta y nueve años, por lo que todavía no había llegado a esa edad crepuscular en la que todo termina, pero sí acertó a la hora de describir personalidades y clases sociales en la pequeña colmena de huéspedes del hotel, y sí supo dar valor a qué podía ser aquello de envejecer con dignidad, sin olvidarse de la enorme importancia de la amistad, por improbable que ésta pudiese ser.

Elizabeth Taylor murió sin haber recibido jamás un premio —solo fue, en vida, finalista del Booker—, y me pregunto cuántos autores más se esconden a nuestros ojos por no haber alcanzado ese estatus que dan las luces de colores y fuegos artificiales que ofrecen premios, polémicas y otros medios. ¿Seré yo, que me empeño en buscar unicornios y creo que los encuentro en simples cuentos? ¿O será que lo atemporal, la excelencia, llega a nuestras vidas cuando corresponde, sin más? Los escritores no reconocidos en su tiempo, tal vez, sabían que el olvido siempre termina por engullir a los farsantes.

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