Inicio > Blogs > Ruritania > El apocalipsis filológico: de «bueno, no, lo siguiente» a «lo del mundo mundial»

El apocalipsis filológico: de «bueno, no, lo siguiente» a «lo del mundo mundial»

El apocalipsis filológico: de «bueno, no, lo siguiente» a «lo del mundo mundial»

O tempora, o mores! Que me perdone Cicerón por invocar su lamento clásico, pero pocos signos auguran con tanta sorna el apocalipsis lingüístico moderno como ciertas expresiones de moda en nuestro querido idioma. En esta glosa filológico-satírica abordaré, con pluma afilada y ceño académico, dos engendros del coloquio español contemporáneo: la coletilla intensificadora «bueno, no, lo siguiente» y el pleonasmo risible «lo del mundo mundial». La primera vez que oí semejante barbaridad fue en boca de un alumno de primero, un martes a las ocho y media de la mañana, y confieso que me dieron ganas de suspenderlo solo por eso. En fin, ambas —síntomas, a mi juicio, de la decadencia expresiva— serán aquí examinadas y exorcizadas con elegancia implacable, cual si un erudito exagerado (que sin duda lo soy) firmara esta diatriba en una gaceta de alta cultura. Prepárense, estimados lectores, para una disertación mordaz que disecciona estos fenómenos lingüísticos como señales del fin de los días idiomáticos, con rigor filológico, pero no sin ironía. Lingua autem in periculo est, que diría un falso proverbio latino: la lengua está en peligro… bueno, no, lo siguiente.

«Bueno, no, lo siguiente»: más allá del superlativo

Comencemos con «bueno, no, lo siguiente», quizás el Jinete del Hambre en este Apocalipsis de la Lengua (hambre de léxico, se entiende). Se trata de una construcción coloquial intensificadora que el vulgo ha entronizado en los últimos años. Su “sintaxis” —si tal cosa merece ese nombre— consiste en enunciar un adjetivo cualquiera (p. ej. bueno), negarlo acto seguido con un no enfático, y rematar con lo siguiente. Todo va puntuado por estratégicas comas orales, marcando una pausa dramática: “X, no, lo siguiente”. ¿Su función? Indicar que el calificativo inicial se queda corto; lo que se describe no es simplemente bueno, sino algo más allá, lo siguiente a bueno en esa imaginaria escala de la excelencia. La frase queda así suspendida en un vacío comparativo: el hablante omite convenientemente el término concreto que sería “lo siguiente” (¿muy bueno, excelente, sublime quizás?), dejándonos con una fórmula abierta que sugiere un grado superlativo inefable. He ahí la trampa y la flojera: en vez de precisar el superlativo, se delega en esta muletilla de baratillo la tarea de intensificar. Y confieso que el tema me repatea.

No es que al español le falten recursos para intensificar, al contrario. La lengua nos brinda abundantes intensificadores convencionales:

  • Prefijos como super-, mega-, hiper- (ej. superbueno, megainteresante, hiperfamoso).
  • Sufijos apreciativos como -ísimo (ej. buenísimo, clarísimo).
  • Adverbios intensivos como muy, sumamente, extremadamente.
  • Giros populares: desde un castizo requetebueno hasta expresiones como “tela de bueno” o “la pera de bueno”, e incluso acumulaciones rococó tipo “¡esto es ultra mega híper interesante!”.

"¿Acaso nuestros jóvenes —y no tan jóvenes— han perdido el lexicón superlativo, o simplemente la paciencia?"

Con tan rica variedad disponible, uno se pregunta qué necesidad había de engendrar la coletilla “…, no, lo siguiente”. ¿Acaso nuestros jóvenes —y no tan jóvenes— han perdido el lexicón superlativo, o simplemente la paciencia? ¿Es pereza mental, ganas de hacerse los graciosillos, o pura pose posmoderna? Un filólogo cabal optaría por la tercera opción: estamos ante una moda lingüística, nacida quizá hace una década en el habla juvenil, que se propagó como virus por las redes sociales y las conversaciones cotidianas. Hoy divide al mundo hispanohablante entre devotos y detractores encarnizados. Tal es así que ya existe toda una cruzada de antisiguientistas declarados —sí, han leído bien: antisiguientistas, adalides de la pureza expresiva— que combaten esta frasecilla con el fervor de inquisidores ilustrados. En Twitter, por ejemplo, la cuenta @eslosiguiente se dedica a rastrear a los infractores que osan tuitear “no, lo siguiente” y a corregirlos con sorna didáctica. Si alguien escribe: “Estoy cansado no, lo siguiente”, el cruzado digital le espeta algo como: “Lo siguiente a cansado es exánime, joven padawan, para que aprenda” (no cito literal, pero casos así abundan). Confieso que, en el fondo de mi purista corazón, aplaudo semejante militancia quijotesca.

Desde la perspectiva filológica, «bueno, no, lo siguiente» encarna una hipérbole mal calibrada. Donde habría bastado un «buenísimo» o un «excelente», el hablante opta por una fórmula comodín que evita cualquier adjetivo preciso. Es como si el idioma ofreciera un amplísimo menú de sinónimos exquisitos, pero el comensal lingüístico prefiriese siempre el plato precocinado. Cierto es que la lengua evoluciona y cada generación busca sus énfasis —no seré yo quien niegue la creatividad popular—; mas en este caso la innovación sabe a recurso facilón. Es, usando un símil cultista, una comparación degenerada en muletilla: un salto al vacío del significado. Ni siquiera la gramática tradicional sabe dónde encajar “lo siguiente”: ¿un sustantivo neutro abstracto? ¿Un adverbio encubierto? ¿O tal vez un ominoso augurio apocalíptico?

"Ya lo anticipó Cervantes, a su manera, poniendo en boca de Sancho Panza una retahíla burlesca de -ísimos por doquier"

Los hablantes, dueñísimos de la lengua (como bien dijo alguien, vox populi, vox Dei), han declarado con esta frase su potestad para llevar el superlativo más allá de todo límite. Si antes creíamos que perfecto era un término absoluto (o se es perfecto o no), ya vemos que no: algo puede ser “perfecto, no, lo siguiente”. ¡El colmo! Imaginen a un Platón posmoderno diciendo que en su mundo de las Ideas hay Formas perfectísimas plus ultra, porque perfecto a secas le sabe poco. Como ya señalaba un colega mío —al que nadie citó jamás—, ¿acaso cabe un “lo siguiente” incluso después de “infinito”? Al parecer sí, porque en materia de intensificación no son los significados objetivos quienes ponen coto, sino la infinita inventiva (¿o impericia?) de los hablantes. Esta coletilla es la prueba fehaciente de que, cuando el léxico se gasta por el uso, el hablante posmoderno prefiere pegar cuatro tablas viejas para improvisar un puente nuevo, en lugar de cruzar por el vocablo que ya tenía.

Permítaseme, llegados a este punto, un arranque de falsa erudición indignada. Ya lo anticipó Cervantes, a su manera, poniendo en boca de Sancho Panza una retahíla burlesca de -ísimos por doquier, parodiando a aquellos pedantes que en el Siglo de Oro saturaban el habla de superlativos cultos. Dijo Sancho: “podréis, dolorosísima dueñísima, decir lo que quisiéredes, que todos estamos … aparejadísimos a ser vuestros servidorísimos”. Hoy, en pleno siglo XXI, nuestro buen Sancho quizá exclamara: “Señora, este desafuero es grave no, lo siguiente”, y de nuevo lograría hacernos reír mientras pone el dedo en la llaga. Porque «bueno, no, lo siguiente» causa risa a algunos —admitámoslo, tiene una chispa socarrona originalmente—, pero a otros nos resulta “cansina no, lo siguiente”, por emplear la misma estructura autorreferencialmente. Una broma que se hace vieja rápido, un tic expresivo que cansa tanto o más que aquellos “en plan” y “¿sabes?” intercalados de cada generación. En suma, un barbarismo intensificador que bien podría ser el precursor de un colapso semántico si seguimos exprimiéndolo. Quousque tandem, Catilina, abutere lingua nostra? —¿Hasta cuándo abusarás de nuestra lengua, oh hablante?— podríamos clamar parafraseando a Cicerón. Pero no nos demoremos más y pasemos a la segunda Bestia del Apocalipsis lingüístico, tan temible como la primera.

«Lo del mundo mundial»: pleonasmo globalizante

Si “lo siguiente” representa la hipérbole vaga, “lo del mundo mundial” (o simplemente “del mundo mundial”, como suele usarse) encarna la redundancia rimbombante. La escuché por primera vez en una reunión de trabajo, dicha con solemnidad, y supe que no había marcha atrás. Estamos ante un pleonasmo de los que harían sonrojar al mismo Quintiliano, aderezado con ironía castiza. La expresión se suele incrustar al final de frases superlativas: “Eres el mejor del mundo mundial”, “La croqueta más rica del mundo mundial”, “Tengo el coche más viejo del mundo mundial”. Como se observa, añadir mundial a mundo no aporta nada en términos de significado lógico —es como decir “el globo global” o “el universo universal”, un sinsentido cómico—, pero refuerza de forma humorística la magnitud de la afirmación. Es un énfasis redundante, una hipérbole pleonástica que suena deliberadamente infantil… y no por casualidad. De hecho, esta curiosa locución saltó a la fama en los años 90 en labios de un personaje infantil literario: el famoso Manolito Gafotas, creado por Elvira Lindo. En las historias de Manolito (radiofónicas primero, novelescas después), era habitual que el chiquillo hablara de cosas “del mundo mundial” para subrayar ingenuamente que algo abarcaba todo lo concebible. La autora lo empleó con intención cómica, caricaturizando la imaginación hiperbólica de un niño de barrio. ¿Quién nos iba a decir que aquella gracieta literaria acabaría colonizando la lengua real de muchos hablantes adultos?

"¡Quién iba a pensar que los filólogos terminaríamos justificando con tal eufemismo lo que a todas luces es un simpático disparate!"

Porque sí, con el paso del tiempo “del mundo mundial” se extendió en el habla coloquial, especialmente en España, como coletilla humorística. Al principio, quizá, era usada con guiño consciente —uno citaba a Manolito Gafotas sin mencionarlo, para dar a entender cierta sorna—. Pero luego la expresión cobró vida propia, al punto de que ya la escuchamos en boca de gente que tal vez ignora su origen y simplemente la dice porque “queda gracioso” o “enfatiza más”. No es raro oír en programas de televisión, tertulias radiofónicas e incluso en reuniones de trabajo expresiones del tipo: “Tenemos el mejor equipo comercial del mundo mundial” (sí, he sido testigo de horrores así). A estas alturas, “del mundo mundial” se ha convertido en un comodín enfático más, una coletilla que añade intensidad a base de duplicación redundante. La Real Academia, que todo lo ve desde su olímpica atalaya, no la incluye (¡faltaría más!) en el diccionario, pues no deja de ser una frase informal. Sin embargo, sus sabios asesores de la FundéuRAE han tenido que pronunciarse al respecto ante la avalancha de consultas: oficialmente explican que «…del mundo mundial» forma parte del habla coloquial, usada como “recurso humorístico” para reforzar la idea de mundo, “una licencia literaria” que no se considera incorrecta. Ahí lo tienen: una licencia literaria. ¡Quién iba a pensar que los filólogos terminaríamos justificando con tal eufemismo lo que a todas luces es un simpático disparate!

Técnicamente, “del mundo mundial” es un pleonasmo intensificativo. En cristiano: una redundancia deliberada, destinada a enfatizar lo mundial añadiendo el mundo —valga la ironía—. Los manuales de retórica siempre nos enseñaron que el pleonasmo puede servir para dar expresividad (piénsese en “lo vi con mis propios ojos”, donde el adjetivo propios recalca la vivencia personal). Pero también advertían contra los excesos ridículos (“subir arriba”, “bajar abajo”, etc.). Pues bien, “del mundo mundial” pertenece a esta segunda categoría: un exceso consciente. Algunos lingüistas lo clasifican con benevolencia como redundancia hiperbólica, una gracieta efectista pero inofensiva. Otros, menos indulgentes, lo tildan derechamente de chascarrillo rancio y se tapan la nariz al oírlo, como si oliera a naftalina idiomática.

"El problema viene cuando la gente lo suelta ya sin la entonación de broma, creyendo de veras que está diciendo algo muy enfático pero correcto"

No puedo negar que la primera vez que escuché “del mundo mundial” solté una carcajada. Tiene ese aire absurdo que rozando el surrealismo resulta cómico. De hecho, otras lenguas también usan formulitas semejantes en registros infantiles: en inglés, por ejemplo, existe “the whole wide world” (literalmente “el mundo entero y ancho”), que no dista mucho de nuestro mundo mundial. La diferencia es que en inglés queda relegado a canciones para niños o contextos muy coloquiales, mientras que en español se ha vuelto casi mainstream humorístico. Y aquí es donde mi yo académico saca la vara de medir: usado con moderación y consciencia lúdica, “mundo mundial” puede arrancar una sonrisa; pero cuando empieza a colarse en cualquier frase de cualquiera que quiera enfatizar “lo más de lo más”, entonces se convierte en muletilla gastada. Como bien señaló un comentarista anónimo en un foro, que algo esté de moda o haga gracia no implica que esté bien; este tipo de expresiones, si se abusa de ellas sin ton ni son, “lo único que hace es deteriorar nuestro rico vocabulario y hacernos más ignorantes”. Palabras duras, sí, pero comprensibles en boca de quien ama la diversidad léxica y ve en “del mundo mundial” un síntoma de empobrecimiento (¿por qué no decir simplemente “del mundo entero” o “del orbe entero” si nos ponemos poéticos?).

Cabe mencionar, eso sí, que muchas veces “del mundo mundial” se usa con intención paródica de la grandilocuencia. Es decir, el hablante recurre a esta frase para restarle solemnidad a una afirmación demasiado rotunda, con un guiño cómplice. Por ejemplo: “El descubrimiento científico más importante del mundo… mundial” —añadiendo ese mundial final con tono burlón, se suaviza la pretensión absolutista de “del mundo”, como diciendo: “sí, ya sé que suena exagerado, por eso lo remato en broma”—. De hecho, se suele rematar con otra coletilla: “…y parte del extranjero”, completando la chanza. (“Es el mejor futbolista del mundo mundial… y parte del extranjero”, he oído decir). Lo de parte del extranjero tiene más años entre nosotros, lo veo más integrado. Así, en cierto modo, el idioma se ríe de sí mismo con estos giros: incurre en la hipérbole, pero avisa al oyente de que lo hace de forma consciente y desenfadada. Nada que objetar cuando la intención es clara y humorística. El problema viene cuando la gente lo suelta ya sin la entonación de broma, creyendo de veras que está diciendo algo muy enfático pero correcto. Ahí es cuando el pleonasmo deja de ser figura retórica simpática y pasa a ser vicio de dicción. Mundo mundial dicho con seriedad es, sencillamente, risible por inadvertido. Es el tipo de lapsus lingüístico que un profesor maniático de la lengua aprovecharía para dar un sermón al incauto hablante sobre la riqueza semántica versus la redundancia vacua. Y aquí me tienen a mí, un poco en ese papel de profesor gruñón, impartiendo doctrina sobre esta ultrajante trivialidad.

Podríamos hacer la vista gorda, tal vez, y conceder que “lo del mundo mundial” no es lo peor que le ha pasado al español. Al fin y al cabo, sigue funcionando como chiste lingüístico más que como error genuino. La misma FundéuRAE, insisto, nos dice que es licencia humorística, por ende “no incorrecta”. Pero también recuerdo las sabias palabras (apócrifamente atribuibles) de algún académico decimonónico: “Las licencias, como las bebidas espirituosas, conviene tomarlas con moderación”. De lo contrario, uno acaba embriagado de redundancias, con la lengua balbuceando pleonasmos en cada esquina.

Conclusión: Apocalipsis lingüístico… no, lo siguiente

He aquí, queridos lectores, que hemos llegado al clímax de esta parodia erudita. Hemos diseccionado con fina brutalidad dos expresiones populares que a mi alter ego académico le saben a cicuta: «bueno, no, lo siguiente» y «lo del mundo mundial». ¿Son síntomas del Apocalipsis lingüístico moderno, como he dramatizado? Si me quito la máscara satírica por un instante, admitiré que quizás no tanto. La lengua española, vieja guerrera, ha sobrevivido siglos de modas, barbarismos y cataclismos varios. Ni los -ísimos renacentistas la destruyeron, ni la invasión de anglicismos la ha doblegado, ¿cómo va a sucumbir precisamente ante estos dos giros pintorescos? Probablemente no sucumbirá. Pero (y aquí vuelve el académico apocalíptico a guiñar el ojo), déjenme insistir en la moraleja: la adopción acrítica y desmedida de tales muletillas deteriora, en pequeña escala, la riqueza y claridad de nuestro lenguaje cotidiano. Son como pequeñas termitas que carcomen la madera noble del idioma desde dentro, sustituyendo expresiones precisas por comodines facilones, volviendo formulaico lo que debería ser inventivo. Cada “lo siguiente” que decimos porque no nos apetece buscar un adjetivo más exacto, cada “mundo mundial” que soltamos para enfatizar sin pensar, es un peldaño bajado en esa escalera hacia la pereza expresiva.

"¿Exagero? Por supuesto, ¡esa es la gracia de la sátira filológica! Al final del día, sabemos que el idioma siempre encuentra la manera de equilibrar sus cuentas"

¿Exagero? Por supuesto, ¡esa es la gracia de la sátira filológica!  Al final del día, sabemos que el idioma siempre encuentra la manera de equilibrar sus cuentas. Las modas lingüísticas pasan; lo que hoy es cool (o guay… no, lo siguiente) mañana hará arquear cejas. Es probable que dentro de unos años estas expresiones se perciban tan anticuadas como ahora nos suena un “requetebueno” de tatarabuela, o tan cargantes como aquel “osease” ochentero. Nuestros descendientes lingüísticos quizá se rían de nosotros por haber dicho cosas tan ridículas. Y la lengua seguirá adelante, compañera del Imperio o de lo que quede de él, evolucionando imparable.

Mientras tanto, yo, humilde servidor de la filología satírica, me permito despedirme con una última sentencia pseudo-latina, por aquello de reforzar el tono apocalíptico-académico de esta columna: Huiuscemodi locutiones delendae sunt. Que en román paladino quiere decir: “expresiones de este tipo han de ser eliminadas”, o al menos usadas con prudencia, antes de que llegue el día en que abramos el diccionario y nos encontremos, horror de los horrores, la entrada: “LO SIGUIENTE. loc. adv. coloq. Úsase para intensificar el significado de un adjetivo previamente mencionado.” o “MUNDO MUNDIAL. loc. adj. pleon. U. en fr. coloq. para enfatizar carácter superlativo, p. ej., «la mejor del mundo mundial»”. Si tal día llega, señoras y señores, entonces sí podremos decir que el apocalipsis lingüístico ha descendido sobre nosotros… bueno, no, lo siguiente, y no precisamente para bien.

5/5 (1 Puntuación. Valora este artículo, por favor)
Notificar por email
Notificar de
guest

0 Comentarios
Feedbacks en línea
Ver todos los comentarios