Hay actores que trascienden cuantos papeles interpretan y hacen un personaje de sí mismos. Indiscutiblemente, Jean Gabin (París, 1904-1976) era uno de ellos. Recordémosle incorporando a esos parias a los que dio vida en algunos de los mejores títulos del realismo poético de los años 30 —Jeannot, uno de los parados elegidos por la suerte en La belle équipe (Julien Duvivier, 1936); Jean, el desertor de Muelle de las brumas (Marcel Carné, 1938); Jacques, el ferroviario misógino de La bestia humana (Jean Renoir, 1938)…—, y evóquense, acto seguido, a esos burgueses y demás personajes asentados a los que recreó en los años 50: Henri Danglard, el productor teatral de French Cancan (Jean Renoir, 1955); Julien Lamy, el juez de menores, siempre bien dispuesto, de Perros perdidos sin collar (Jean Delannoy, 1955); el comisario Maigret de la cinta homónima del 58, también debida a Delannoy, que inicia una trilogía en la que nuestro intérprete recrea al famoso comisario de Georges Simenon… Sea cual sea el caso, Jean Gabin siempre es él, antes que el personaje que incorpora. El Respetable le ve a él primero, antes que al legionario, el desertor o el héroe individualista del proletariado —verbigracia el François de Le jour se lève (Marcel Carné, 1939)— que vaya a recrear en cada filme.
El del joven Gabin fue un tiempo en el que los actores de cine no tenían más formación que su intuición y su fotogenia. Lo de los conservatorios y las academias quedaba para los provenientes del teatro, no obstante lo cual, en el realismo poético —escrito por auténticos poetas, reconocidos entre los vates del francés de su tiempo, tal fue el caso de Jacques Prevert— menudeaban los intérpretes provenientes de la Comédie-Française o de los grandes escenarios del país: Louis Jouvet, Pierre Brasseur, Fernand Ledoux… Y como el propio nombre de aquel movimiento que hizo de la pantalla francesa el mejor cine de los años 30 nos indica, una buena parte de su lirismo se expresaba en diálogos que parecían versos. Recordemos la incontinencia verbal del pintor de Muelle de las brumas, ese artista, desesperado y sin nombre, encarnado por Robert Le Vigan, que allí donde ve a un nadador imagina a un ahogado.
En los años 30, la psicología aún estaba por llegar a la interpretación cinematográfica. Frente a tanta gloria escénica, en Gabin, hijo de unos actores de cabaret —en el que no llegó a estrenarse hasta las diecinueve primaveras— sus orígenes se antojan más próximos a esos héroes del proletariado, que recrea en el realismo poético, que a la bohemia que se les supone a los hijos del cabaret. En cualquier caso, su escuela no es otra que la de la experiencia, interpretar lo que sea en donde sea, ya sean películas, espectáculos de variedades o piezas de vodevil. En este sentido, esa experiencia se asemeja mucho más a la del suizo Michel Simon que a la de esos grandes rapsodas de Molière provenientes de la Comédie-Française.
En activo desde los albores del sonoro —Chacun sa chance (René Pujol y Hans Steinhoff, 1930) es su primer largometraje—, en aquellas cintas se daba un aire con Carlos Gardel, imagen, sin duda, de los seductores de la época. Antes de que Marcel Carné le uniese por primera vez a Michèle Morgan en Muelle de las brumas, Gabin ha tenido como partenaire a actrices como Brigitte Helm —la musa más fascinante de la pantalla germana de aquel tiempo—, con quien protagoniza, entre otras cintas, L’étoile de Valencia (Serge de Poligny, 1933). Con Madeleine Renaud, quien será una de sus compañeras de reparto más frecuentes, incluso en el realismo poético, ya ha protagonizado Maria Chapdelaine (Julien Duvivier, 1934) y con Josephine Baker, una de las grandes musas del París de entre guerras, Zouzou (Marc Allegret, 1934).
Pero es con Michèle Morgan, en Muelle de las brumas precisamente, con quien Jean Gabin integra la pareja canónica del realismo poético francés de los años 30, dentro de esta estética con ética que fue aquella pantalla. Jean Grémillon —para quien el actor ya había protagonizado, junto a Mireille Balin, Cara de amor (1937)— los unirá de nuevo en Remordimientos (1941). En esta historia, Gabin da vida a André Laurent, capitán de un remolcador bretón. Especializado en llevar a puerto a los barcos que encallan en la costa, se debe a su mujer enferma, Yvonne, (Madeleine Renaud), pero se enamora de Catherine (Michèle Morgan), una fascinante superviviente de un naufragio. Sobre un libreto de Charles Spaak, junto a Prevert el guionista por excelencia del realismo poético, Remordimientos —rodada ya durante la ocupación— puso el punto final a aquella gloriosa pantalla gala de los años 30, de la que su imagen más precisa —la ilustración, de hecho, de los capítulos que se le dedican en las historias del cine— es la de Jean Gabin y Michèle Morgan tras el cristal, o mirándose a punto de besarse entre las sombras de Muelle de las brumas.
En la primavera de 1941, negándose a rodar para los alemanes, en una experiencia muy semejante a la de Pierre Gilieth, el legionario de La bandera (Julien Duvivier, 1935), pasa clandestinamente a España. Es tan famoso que obtiene un visado en el consulado estadounidense de Barcelona sin mayor problema y cruza el Atlántico para ir a reunirse con la pequeña diáspora francesa en Hollywood: Duvivier, Morgan, Renoir, Rene Clair… Cuando se va, entre el Respetable, se habla de ir “a ver una película de Jean Gabin”, tal es el caso de los actores que están por encima de los personajes que recrean. Sus legionarios, desertores y héroes individualistas del proletariado le han convertido en uno de los primeros iconos tanto del realismo poético como del polar, que, en los años 30, a menudo corren parejos en la cartelera gala.
Su experiencia estadounidense no va más allá de las tentativas e historias fallidas. En Hollywood, entre sus romances con Ginger Rogers, Marlene Dietrich y demás estrellas de aquel firmamento, consigue protagonizar Marea de Luna (Archie Mayo y Fritz Lang, 1942). Se trata, más o menos, de una reinterpretación a la americana de los ambientes y los asuntos del realismo poético francés. Ese puerto de Le Havre, que Carné nos mostró entre las brumas, en Marea de Luna es San Pablo (California) y Gabin, Bobo, un estibador que vagabundea por Estados Unidos, junto a un tipo de pasado turbio: Tiny (Thomas Mitchell). La chica es Anna (Ida Lupino) y, entre todos ellos conforman una suerte de melodrama noir.
Cuando vuelve a Francia, al acabar la guerra, Jean Gabin es todo un héroe del ejército de la Francia Libre, la hueste del general De Gaulle. Pero de los legionarios y los desertores del realismo poético solo queda el recuerdo. De los personajes prototípicos que le convirtieron en un mito en los años 30, si acaso solo quedan los hampones, eso sí, envejecidos. André Bazin, sin duda uno de quienes escribieron con más acierto sobre nuestro actor, nos hace ver que, cuando vuelve a Francia después de la Guerra, hasta el pelo se le ha quedado blanco. A partir de ahora recreará a personajes de edad más o menos avanzada, ladrones que fueron grandes otrora y se mantienen fieles a los códigos de honor de los criminales de antaño ante la osadía de los nuevos, exconvictos que tras la excarcelación quieren dar un último golpe o incluso comisarios de policía tan apacibles como Maigret.
Ahora bien, la impronta de nuestro actor, ya con la calidad de los mitos —y a través de él del polar más genuino— ha arraigado en Hollywood: “No es exagerado considerar a Jean Gabin como un icono del cine negro, más que un mito emblemático del realismo poético francés. Este actor nunca muestra un sentimentalismo expansivo, a pesar de que esta corriente estética se resiente de una exteriorización avasalladora en el trabajo de los actores, excitados por una oleada de diálogos de autor”, escribe Noël Simsolo. Y en el siguiente párrafo continúa: “Lo que llama la atención en Jean Gabin es su interioridad casi patológica. Un sufrimiento mudo frente a la podredumbre, la corrupción y el vicio. Su actuación pasa de la sobriedad total a un estallido de energía colérica de asombroso verismo”.
Defiende Simsolo que esa forma de interiorizarlo todo que tiene Gabin influyó de un modo determinante a intérpretes estadounidenses como John Garfield, Burt Lancaster y Lawrence Tierney. Porque, además de todas las introspecciones mediante las que crea sus malotes, Gabin “como tantos personajes del cine negro suele encarnar a un idealista desencantado que sobrevive con la conciencia cargada de una fatalidad inevitable. Se sabe, además, un tanto culpable y resiste hasta la ruptura brutal a pulsiones destructivas y autodestructivas”.
Pero cuando regresa a Francia, su tiempo ya ha pasado sin remisión. Aun así, consigue mantenerse en activo durante treinta años, a un ritmo frenético. Eso sí, incorporando a personajes veteranos dueños de prósperos negocios, a menudo restaurantes —el Henri Châtelard de La Marie du port (Marcel Carné, 1950), el André Chatelin de Almas perversas (Julien Duvivier, 1956)…—; juristas como el André de En caso de desgracia (Claude Autant-Lara, 1958), e incluso el hermano de la madame del burdel de La casa de Teiller, esa espléndida adaptación de varias piezas del gran Guy de Maupassant, realizada por el gran Max Ophüls en el 52 bajo el título genérico de El placer.
Cabe señalar La travesía de París, una colaboración con Autant-Lara en la que coincidió con dos de los cómicos más populares de la pantalla del país vecino —Bourvil y un principiante Louis de Funès— en una comedia ambientada en los días de la ocupación. Nos cuenta la historia de dos parisinos, quienes han de cruzar su ciudad con una maleta en la que llevan un cerdo troceado para venderlo en el mercado negro. Las sombras de la madrugada han caído sobre las calles y las patrullas alemanas acechan. Era la cinta favorita de mi suegro. Aún recuerdo cuando hablábamos de ella en todas las navidades de hace veintitantos años.
Huelga decir que, del interprete por antonomasia del realismo poético, en esas comedias populares que protagonizará en lo venidero junto a de Funès —Los grandes señores (Gilles Grangier,1962), El tatuado (Denys de La Patellière, 1968)…—, solo queda el recuerdo que sigue alimentando el mito. Desde esa posición podemos hablar del magisterio que ejerció sobre Alain Delon, el intérprete por excelencia de la edad de oro del polar, el héroe —o antihéroe— por antonomasia del cine de nuestro dilecto Melville. Les unió por primera vez Henri Verneuil en Gran jugada en la Costa Azul (1963). En sus secuencias, dos antiguos compañeros de celda planean dar un golpe en el casino de Cannes. Para Charles (Gabin) habrá de ser el de la retirada, para Francis Verlot (Delon), uno más. El final es más que previsible para cualquier aficionado al género en los días en que el crimen siempre pagaba. Lo que en verdad sorprende y conmueve es ver a Gabin, el antiguo legionario que dejaba locas a las damas del realismo poético, tener el coraje suficiente como para plantarse delante del tomavistas de Verneuil mostrando sin tapujos los estragos que ha obrado en su cuerpo la avanzada edad. Verneuil volvió a unir a los dos actores en El clan de los sicilianos (1969). El siempre dudoso José Giovanni hizo otro tanto en Dos hombres en la ciudad (1973).
El tiempo había vuelto a pasar. Corría 2019 cuando Alain Delon, emocionado, recordó a Jean Gabin como su maestro, en una entrevista concedida a CNEWS: “Fue una figura fundamental en mi vida profesional. Lo consideraba un mentor. ¡Me enseñó y me dio tanto!”.

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