Para conmemorar el 90º aniversario de la Guerra Civil, José Ángel Mañas recrea en Zenda, día por día en esta sección, lo que aconteció en 1936, quizá el año más trascendental de toda la historia reciente de España. En los dos primeros meses cuenta con la colaboración de Íñigo Palencia.
(Anteriormente, en 1936…)
En las elecciones de febrero, el Frente Popular, liderado por el republicano Manuel Azaña, ha arrasado frente a unas derechas que no han podido oponer, como en 1933, un frente homogéneo, dado que la CEDA se alió en algunas circunscripciones con monárquicos y carlistas y en otras con el centro derecha republicano, situación agravada por la presencia en las elecciones de una tercera opción centrista encabezada por el jefe del Gobierno, Manuel Portela Valladares.
Con una participación de más del setenta por ciento —la más alta de la Segunda República— las izquierdas, gracias a su ligerísima ventaja, han logrado una mayoría holgada. En espera de que se repitan las elecciones en Granada y Cuenca, con los consiguientes puestos vacantes, y mil embrollos en la comisión de Actas, la composición provisional de la cámara quedó así: la CEDA ciento y un escaños, el PSOE ochenta y ocho, Izquierda Republicana setenta y nueve, Unión Republicana treinta y cuatro, Esquerra Republicana de Cataluña veintidós, el Partido del Centro Democrático veintiuno, Comunión Tradicionalista quince, el Partido Comunista catorce, la Lliga Catalana doce, PNV doce, Renovación Española diez, y a partir de ahí una veintena de formaciones se reparten el resto. Quizá lo más llamativo haya sido la práctica desaparición del Partido Radical de Alejandro Lerroux, que ha pasado de ciento cuatro diputados en 1933 a los cinco actuales.
Con un panorama semejante, la tentación del golpe de Estado es grande y tanto José María Gil-Robles, líder de la CEDA, como el monárquico Calvo Sotelo o el propio general Franco, aún jefe del Estado Mayor del Ejército, han intentado presionar al Gobierno de Manuel Portela para que declare el estado de guerra y traspase el poder a las autoridades militares.
Sin embargo, todas estas gestiones han fracasado y, tras un precipitado relevo de poder, el nuevo jefe del Gobierno en funciones acaba de enviar a los principales generales antirrepublicanos —Mola, Franco, Goded— a las provincias más alejadas…
Martes, 18 de febrero de 1936: La resaca electoral
Al morir la tarde, ya se sabía que aquella no iba a ser una noche tranquila. A lo largo del día se sucedieron motines de presos en las cárceles. El pueblo pedía a voces la readmisión de los trabajadores despedidos con motivo de la revolución del 34. También, en alguna ciudad, UGT y CNT declararon una huelga general. Esa huelga, en Zaragoza, fue respondida por la declaración del estado de guerra por parte del general Cabanellas y la manifestación fue disuelta por la Guardia de Asalto. Balance: un muerto y varios heridos.
La ciudad hervía con rumores que corrían de piso en piso, de corrala en corrala, de café en café. Nombres de generales y políticos conspiradores, convencidos de que la vía política estaba muerta, salpicaban informaciones que a veces parecían inciertas y otras se consideraban hechos contrastados.
Dando un paseo nocturno por General Ricardos, mi abuelo Pepe Mañas oyó lo que se decía en un corrillo.
—¿No os habéis enterado de lo de Franco y lo de Cuatro Vientos?
Alguien aseguró que Franco había pedido al inspector general de la Guardia Civil que influyera cerca del ministro para declarar el estado de guerra. Unos decían que había dado la orden de sacar la Guardia Civil a la calle y que esta, como en el 31, no se movía. Otros añadían que Gil-Robles irrumpió a las cuatro de la mañana en las habitaciones del Palace, para exigirle al todavía jefe del Gobierno saliente, Manuel Portela, que proclamara de inmediato el estado de guerra.
—¿Y por qué no lo hace todavía?
—Pues porque don Niceto —así llamaban muchos al presidente Alcalá-Zamora— se ha negado, y el ministro de la Guerra ha desautorizado a Franco.
Era sabido que, a media mañana, el general Goded había tratado de sublevar al cuartel de la Montaña. Se dispararon unos cuantos tiros en Cuatro Vientos, un lamentable fiasco. Pero se empezaba a saber que, tras fracasar, Goded se había reunido con el general Fanjul y que entre ambos le pedían a Franco que sondeara el espíritu de las guarniciones. Por suerte, se decía, al ejército le faltaba moral para sublevarse.
Pepe Mañas se encogió de hombros y, mientras esquivaba al sereno, de camino a casa, consideró si había hecho bien en votar como hizo en la mañana del domingo.


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