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No hay memoria para las mujeres caídas

No hay memoria para las mujeres caídas

Que algo no se recuerde no significa que no haya ocurrido.

“El pasado contiene todo lo que sucedió; la historia, solo aquello que hemos decidido recordar”. Por tanto, la historia no es un reflejo auténtico ni completo de lo que sucedió antes de nosotros, sino una construcción, para nada inocente, en la que algunos acontecimientos y voces (sobre todo esto: voces) han quedado incluidos y otros tantos, muchísimos, se han perdido. Porque no se los consideró de interés, ni relevantes, porque carecían de la épica de los grandes relatos… masculinos. Podríamos decir, y no estaríamos mintiendo, que la historia como disciplina se sustenta sobre el vacío de las mujeres.

Quien escribe la acertada cita acerca del pasado con la que he arrancado este artículo es Carmen Guillén, doctora en Historia Contemporánea, profesora universitaria, divulgadora y escritora. Ella trabaja cada día con los huecos de la historia oficial, con la desmemoria. Hace más de una década, investigando sobre sexualidad femenina, Guillén se topó con una institución del periodo franquista que nunca le habían mencionado en la carrera de Historia, tampoco en ningún artículo o seminario, y que desde luego era desconocida en el relato general que la sociedad española tiene de los tiempos del franquismo: el Patronato de Protección a la Mujer.

"Para entender qué fue el Patronato, y por qué pudo mantenerse operativo hasta diez años más tarde de la muerte de Franco, el ensayo de Carmen Guillén empieza explicando el contexto en el que surgió"

Probablemente a ti tampoco te suene esta institución, ni a tu madre, ni a tu abuela. Pero pregúntales si alguna vez escucharon esta amenaza: “como te portes mal, te van a llevar donde las monjas”. Eso es otro cantar.

“Donde las monjas” no era ni más ni menos que el entramado de centros franquistas operados por distintas órdenes religiosas (las Cruzadas, las Oblatas…) que componían el Patronato de Protección a la Mujer. Después de escribir una tesis doctoral pionera en el estudio de esta institución presidida (como no podía ser de otra manera) por la mujer del dictador, Carmen Polo, ahora Carmen (Guillén) ha transformado más de una década de investigación a través de archivos incompletos y testimonios dolorosos en Redimir y adoctrinar: El Patronato de Protección a la Mujer (1941-1985) (Crítica, 2026).

Por fin. Por fin un ensayo histórico de carácter divulgativo, publicado en una editorial de amplio alcance y sólido y exhaustivo como la firma de Guillén garantiza ,que se une a una incomible lista de artículos, conferencias y otros libros que, en los últimos años, han venido sacando el Patronato de entre las sombras del desconocimiento y el olvido (impuesto). Entre ellos, destacaría el trabajo de las periodistas valencianas María Palau y Marta García Carbonell con Indignas hijas de su patria (Institució Alfons el Magnànim, 2023) y los libros autobiográficos de Consuelo García del Cid. Ella, junto a otros nombres como Paca Blanco o Pilar Dasí, son algunas de las supervivientes del Patronato que están contando su terrible testimonio a todo aquel que quiera escucharlo, a todo aquel que quiera recordar lo que nunca supo que como país había (vergonzosamente) olvidado.

"El doctor Eduardo Vela se paseaba a menudo por aquellos centros; con ese nombre, no hace falta que os cuente mucho más para saber qué fue de aquellos niños"

Para entender qué fue el Patronato de Protección a la Mujer, y por qué pudo mantenerse operativo hasta diez años más tarde de la muerte de Francisco Franco, el ensayo de Carmen Guillén empieza explicando el contexto en el que surgió. La sociedad española de posguerra era un momento muy peligroso para ser mujer. Aunque en los relatos oficiales solo se habla de “exiliados” y “fusilados”, las mujeres experimentaron múltiples formas de represión durante las décadas franquistas. Su cuerpo era, más que nunca, un campo de batalla, un escenario simbólico en el que operaba la represión de la moral, el control social a través de la vigilancia y el miedo. La ley, la escuela y el hogar enseñaban a las mujeres desde bien niñas que su único destino en la vida era convertirse en madres y esposas que perpetuasen en sus futuros hijos los valores de la patria. Toda desviación de este ideal nacionalcatólico era disidencia, delirio, corrupción y enfermedad, y aquí es donde entraban a operar los centros del Patronato de Protección a la Mujer.

En los siguientes capítulos, valiéndose tanto de los escasos documentos oficiales que nos han llegado a través de archivos provinciales locales (porque la documentación central del organismo quedó convenientemente destruida en una inundación que tuvo lugar en el Ministerio de la Seguridad Social en 1996) como de los testimonios de varias supervivientes, Guillén despliega con minuciosidad la estructura organizativa del Patronato, las clases de centros en los que se internaba a las chicas, los Centros de Clasificación y Observación y las fichas con las que se las clasificaba como completas (vírgenes) o incompletas. Todas recuerdan el silencio obligado, no fuesen a conspirar ni hacerse amigas. Rezar, rezar y rezar. Cocinar, limpiar. Humillaciones constantes y abusos verbales y físicos por parte de las monjas. Trabajos forzados cosiendo en las máquinas durante jornadas extenuantes, y a cambio, ni una sola peseta. Mientras tanto, sus hijos recién nacidos lloraban de hambre, y es que muchos de los centros del Patronato, entre los que destaca sin lugar a dudas la atroz Peñagrande (conocida oficialmente como Nuestra Señora de la Almudena), eran destino de jóvenes solteras embarazadas, algunas por relaciones fuera del matrimonio, otras muchas víctimas de violaciones intrafamiliares. El doctor Eduardo Vela se paseaba a menudo por aquellos centros; con ese nombre, no hace falta que os cuente mucho más para saber qué fue de aquellos niños.

"No hablamos de un pasado tan lejano que se desdibuja; hablamos de miles de mujeres que siguen vivas, mujeres a las que nadie ha reconocido oficialmente su sufrimiento"

Carmen Guillén señala con acierto que el Patronato de España no fue una excepción, ni un caso aislado. Se enmarcó en una lógica de represión a la mujer e imposición religiosa católica que compartían otros regímenes europeos. Acaso el más conocido sea Irlanda y sus lavanderías de la Magdalena, en las que se recluía a niñas y mujeres y se las condenaba a la servidumbre, como bien cuenta Caelainn Hogan en La república de la vergüenza (Errata Naturae, 2025). La diferencia es que Irlanda nos lleva años de ventaja en la reparación de estas mujeres. Porque cuando hablamos del Patronato no hablamos de un pasado tan lejano que se desdibuja; hablamos de miles de mujeres que siguen vivas, mujeres a las que nadie ha reconocido oficialmente su sufrimiento, mujeres a las que nadie ha pedido perdón. No forman parte de las leyes de memoria democrática, no se las reconoce a nivel institucional como víctimas de la dictadura, y por ello están peleando.

“Verdad, justicia y reparación”. Esta proclama se escuchó durante largos minutos en el acto de “perdón” promovido por la Confederación de Religiosos el pasado mes de junio de 2025. Papel mojado y cientos de brazos que alzaban un mismo cartel: NO. No hay olvido y no hay perdón. Lo gritaban —lo gritamos— juntas y unidas, fuertes, libres, como el Patronato de Protección a la Mujer nunca nos quiso.

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Autora: Carmen Guillén. Título: Redimir y adoctrinar: El Patronato de Protección a la Mujer (1941-1985). Editorial: Crítica. Venta: Todos tus libros.

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